La Trastienda 1
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La Trastienda

La Trastienda

Por Veronica Cervilla

© inepub.com

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L

levo siglos aguardando para relatar mi historia, que no es solo mía, sino de todos aquellos que ingenuamente me creyeron su salvador.

Antonio Medina, conocido en su círculo como el Cabezón, era uno de esos hombres que, al igual que muchos otros antes que él, ansiaba escapar de su mediocridad.

En mi adorada década de los ochenta del siglo XX , Las Palmas de Gran Canaria se agitaba con un aire de rebeldía juvenil y un aroma salado a prosperidad.

Eran años de derroche disfrazados de crecimiento, por lo que Antonio, con su cabeza rebosante de sueños baratos, su terquedad implacable y habiendo pasado la treintena, decidió que era su turno de brillar.

La ambición humana es un vino oscuro y espeso que embriaga a quienes lo beben con la promesa de lo imposible.

Lo insaciable no se puede colmar. Pocos alcanzan a resistir su aroma.

Se desliza por la garganta como un veneno dulce y, antes de que el seso se percate, se encuentran ahogándose en su propio deseo.

¡Qué placer es observar cómo caen, uno por uno, en la red que yo mismo tejo con paciencia milenaria!

Porque al final todos terminan suplicando lo mismo, incluso cuando ni siquiera se han detenido a definirlo: el éxito.

Esa ilusión dorada que brillará, aunque sea por un instante, en sus grises vidas, para atraparlos como una llama a una polilla.

Cuando tal ansia arde como una fiebre, se convierte en la mejor herramienta de persuasión que jamás haya existido.

Los humanos siempre caen, tarde o temprano, en esa trampa dorada.

Es fascinante verlos luchar, ciegos ante el precio que finalmente deberán pagar.

Dejemos para otro momento esa inexorable salvedad de especificar bien lo que se desea, ¿de acuerdo?

Antonio no era una persona de ideas grandiosas ni de talento innato. No. Aquel era un hombre simple con una mente tan tosca como el apodo que le habían otorgado.

En lugar de resignarse a su papel de espectador, optó por montar un bar de rock.

The Rock Palace Bar , lo llamó. Un nombre pretencioso para un local que, como su dueño, apenas se mantenía en pie.

Por supuesto, creyó que unas cuantas bandas locales y una decoración inspirada en los garajes del Detroit más decadente le asegurarían prosperidad.

La realidad, sin embargo, es una amante cruel, y la música de la ilusión a menudo constituye el preludio del silencio.

Vació un par de bolsillos de los pocos amigos confiados que se tragaron su quimera para invertirlos en su bebé de hormigón y cerveza.

En la foto de la inauguración el Rock Palace Bar lució estupendo: paredes de ladrillo visto, barra de metal gastado y un sinfín de discos de vinilo; en una realidad hecha de algo más que papel y buenas intenciones, no tanto.

Las noches transcurrían y, aunque las guitarras rugían y las cervezas corrían de mano en mano, la caja registradora no rebosaba con el vil metal.

Las cuentas en números rojos se acumulaban como antigüedades olvidadas en las estanterías de un anticuario y la desesperación de Antonio crecía.

Es en ese punto, cuando el aire se carga de fracasos y suspiros amargos, que mi presencia se torna casi palpable.

Porque nada me resulta más suculento que un alma desesperada, lista para hacer cualquier cosa por un poco de gloria.

Presencié su lucha. Asistí a los intentos de Antonio de atraer a más clientes por todos los medios: rebajar el precio de las bebidas hasta casi regalarlas, organizar concursos de comilonas, e incluso abrir el bar durante el día, como si el sol pudiera iluminar su oscuro destino.

El fracaso, sin embargo, ya había clavado su sombra en él.

Ah, la desesperación... ¡Qué exquisita es!

Cuando el alma humana se retuerce bajo el peso de sus propios deseos incumplidos, mis oportunidades se multiplican.

No me aparezco con cuernos ni con fuego.

Esas vulgaridades son propias de las fantasías de unos cuantos ilusos.

No, mi presencia es más sutil, más peligrosa.

En aquel caso no era aún el momento de intervenir directamente.

Mi sopa de tentaciones se cuece a fuego lento.

En su lugar, envié a un emisario. Un pobre infeliz que me adeudaba más de lo que jamás podría pagar, un hombre cuyo destino ya estaba sellado mucho antes de que entrara en el Rock Pa lace Bar .

Se trataba de un vendedor ambulante, de esos que en aquellos días recorrían las calles con maletas repletas de enciclopedias y libros que pocos se molestaban en comprar.

Se llamaba Pedro García, un nombre tan común como su vida y, sin embargo, en sus manos portaba la llave para abrir la puerta que Antonio anhelaba.

Pedro —ojos excesivamente juntos, gafas gruesas, una oreja más grande que la otra— apareció un caluroso viernes por la tarde, justo cuando Antonio revisaba sus cuentas por enésima vez, esperanzado en hallar algún error que lo salvara de la ruina.

El vendedor entró, con un traje de chaqueta marrón, el rostro cansado y la sonrisa forzada, para ofrecer su mercancía con la desesperación de un hombre consciente de que se juega mucho más que una venta.

—¿Qué quiere? —gruñó Antonio, sin levantar la vista de los números que lo atormentaban, emborronados en un papel de cuadrícula sobre la madera de la barra.

Pedro carraspeó, nervioso.

—Traigo lo que necesita.

Se acercó, arrastrando los pies embutidos en unos zapatos de borlas.

El sudor le caía a chorros por su arrugada frente.

Antonio, intrigado por aquella afirmación, levantó la cabeza.

Con una destreza nacida de años de práctica, el vendedor abrió su maletín marrón, ajado y tan exhausto como él, y comenzó a sacar libros, uno por uno, cada cual más intrascendente que el anterior.

Primeros volúmenes de la historia de España, un diccionario médico de la A a la C, los grandes clásicos de la literatura hispanoamericana.

—¿Me has visto cara de bibliotecario? No me interesa nada de eso.

Antonio le hizo un gesto con la mano para que se marchara.

Ignoraba que Pedro era otra alma atada a su palabra y huir no se encontraba entre sus opciones.

Suspiró y, con sumo cuidado, metió la mano de nuevo en la maleta para sacar un volumen viejo y polvoriento, cuyas tapas de cuero agrietado susurraban secretos antiguos.

—Este libro —dijo— no es como los demás. Es una rareza, una amalgama de conocimientos poco común. A veces, si uno se queda callado el suficiente tiempo, se le oye susurrar. Ayer, sin ir más lejos, me murmuró el nombre de su bar.

Antonio fijó los ojos en el libro, empujado por una atracción hacia él, a sus ojos inexplicable. Algo en su interior le manifestó que aquel manuscrito era la respuesta a todos sus quebraderos de cabeza y su corazón se aceleró, taquicárdico.

Pedro, consciente de que había captado la atención de su cliente, continuó: —No es para todos, claro.

Hay que saber leer entre líneas, interpretar lo que está oculto.

Pero si usted es lo suficientemente valiente, podría encontrar en estas páginas el secreto de eso que tanto desea. La solución a sus problemas.

—¿Qué le hace pensar que tengo algún problema? —Antonio arrugó el ceño, fingiendo molestia. El orgullo es otra de las debilidades humanas que más me entretienen.

—Son las siete de la tarde de un viernes de junio y en este bar estamos usted, el hombre que acaba de ir al retrete y yo.

Pedro empujó el tomo y lo deslizó unos centímetros más cerca de su cliente. Ahí estaba. La tentación. El instante preciso en que se cavilan las posibilidades, la piel que exuda un temor ancestral a las consecuencias y aun así las acalla. Antonio cogió el libro, pero Pedro lo detuvo.

—Tiene usted que pagar el precio antes.

¡Qué sabias aquellas palabras que obtendrían un significado mucho más profundo con el tiempo! Seducido por las posibilidades que albergara el objeto, Antonio cerró la venta. No le preguntó el coste, no le importaba un agujero más en su bolsillo.

—No se arrepentirá —mintió mi querido vendedor infeliz.

Lo que Antonio ignoraba, lo que nunca habría imaginado, era que, con aquel simple acto, ya había firmado su condena. El primer paso hacia su propia perdición.

Cuando Pedro García salió del bar, dejó atrás algo más que un cliente satisfecho: una semilla, una chispa que pronto prendería fuego a la vida de Antonio.

Y, mientras el vendedor se alejaba, su propia deuda estaba un paso más cerca de ser saldada.

Soy un ser razonable. Un alma por otra es un buen trato.

Antonio, sin saberlo, acababa de abrir una puerta que no podría cerrar. Pero ¿qué son los sueños sin un poco de riesgo? Ah, los humanos, siempre tan dispuestos a arriesgarlo todo por un destello de gloria. Pronto, muy pronto, Antonio aprendería que el dinero no basta para pagar cualquier precio.

Y así, el Rock Palace Bar comenzó a transformarse en algo distinto, oscuro y vivo. Por entonces, Antonio se hallaba entretenido, sumergido en la lectura del misterioso manuscrito adquirido, sin saber que cada palabra lo acercaba más a su destino y yo, desde las sombras, sonreía inevitablemente.

Porque, después de todo, ¿qué es la ambición si no el primer paso hacia la condenación?

Qué lección tan valiosa se encaminaba a aprender mi adorado Antonio. Aunque, claro, por esa misma razón no contaría con dedos suficientes para escribir su historia.

Por eso me toca a mí.