Inicio #2
Edmund pasa a mi espalda en este mismo instante, rubicundo, con su copa y un aire de absoluta inocencia que no engaña a nadie, y murmura sin detenerse:
—Cuatro mil libras, querida Sabine. Pell se lo propone esta semana, antes del domingo.
—Cuatro mil —repito con los labios apenas separados—. Qué cifra más redonda.
—Redonda y con tu nombre dentro. Yo en tu lugar me asustaría.
—Tú en mi lugar no durarías ni un baile.
Se aleja riendo. Cuatro mil. Cuando una mujer se convierte en el premio de una bolsa de cuatro mil libras, tiene dos opciones: ofenderse o cobrar. Yo no pienso hacer ninguna de las dos. Me limito a mover la pieza que corresponde.
Ahora solo me queda hacerme la difícil. Resistirme con elegancia hasta que caiga de bruces.
Ceder una pulgada para que avance y negar dos para que se queme.
Que se crea el cazador; cuanto más seguro esté de su victoria, más profunda será la caída en el foso que le estoy cavando bajo los pies mientras le sonrío desde la otra punta del salón.
—Mi hermano acaba de pasar a tu lado con cara de gato que ha desayunado canario. —Bee aparece con dos copas y esa expresión de sabueso que ha olido la pólvora a leguas—. Dime que no te ha contado nada que yo tenga que fingir ignorar.
—Me ha contado que el tiempo mejora.
—Edmund no habla del tiempo ni bajo tortura. —Entorna los ojos—. Estás tramando alguna desgracia. Reconozco esa cara de santa, Sabine. Es la misma que pones justo antes de arruinarle la vida a un pobre infeliz.
—No voy a arruinarle la vida a nadie. —Acepto la copa, aunque no tengo la menor intención de probarla—. Voy a arruinarle la temporada, que es mucho más entretenido.
—Madre mía. —Sigue la dirección de mis ojos y suelta un resoplido dramático al descubrir el objetivo—. Vaughan. De todos los libertinos de este país, tenías que poner el ojo en el único al que ni las madres más desesperadas ni las amantes más astutas han conseguido meter en cintura.
—No he puesto el ojo —la corrijo al instante, demasiado deprisa.
Bee alza una ceja, divertida. Once años de amistad le han enseñado a leerme la comisura de los labios.
—Se te ha escapado antes de tiempo —replica—. Cuando una no ha puesto el ojo en algo, no contesta antes de que acabe la frase.
—Contesto rápido porque mi lengua corre más que tu oído.
—Eso te lo admito. Lo que no te concedo es la tranquilidad.
—He decidido, que no es lo mismo. —Recupero la compostura—. Resulta bastante más peligroso.
—Contigo todo es peligroso. Hasta pedir una limonada. —Me da un golpecito en el brazo con su abanico cerrado—. Solo te pido una cosa, querida: ten cuidado. A ver si el diablo resulta tener corazón, y tú también. Los planes tan perfectos suelen romperse justo por la costura que creías más firme.
—Pues la coseré dos veces. Con hilo doble y aguja nueva. No te preocupes por mí, Bee. A mí se me secó el pozo de las ilusiones hace mucho tiempo.
—Eso dices tú. —Bebe un trago de su copa y luego otro de la mía, con absoluta desfachatez—. Solo recuerda una cosa antes de dar el salto: las trampas de terciopelo también atrapan las manos de quien las fabrica.
No le contesto. Responderle sería darle la razón, y a Bee no se le concede la razón un martes por la noche en medio de una fiesta si no quieres escucharla hasta el amanecer.
—Tu hermano no sabe callar —añado, por cambiar de tema.
—Mi hermano sabe hacer justo lo que le conviene. Es lo más cerca que ha estado nunca de la virtud.
Ella cree que juego por capricho, por la adicción a ganar.
La dejo pensarlo. Yo lo llamo caza y desquite contra un mundo que me vendió a plazos; suena a bandera, a causa justa.
Lo que de verdad hay debajo me lo guardo para las cuatro de la madrugada, que es la única hora a la que me permito admitirlo: llevo tanto tiempo siendo intocable que he olvidado cómo se siente.
Quiero saber si existe en Inglaterra un solo hombre capaz de quererme sin codiciar mi dinero; quiero comprobarlo, no fiarme.
Como los experimentos de verdad requieren que el sujeto no sepa que lo es, voy a llevarlo hasta el borde mismo del altar, hasta que no le quede duda ni a él ni a Londres de que mi mano es suya.
Entonces lo dejaré caer con todo su peso en el foso forrado de seda.
Si resulta que me quería a mí, sabré lo que cuesta un hombre.
Si resulta que quería mi dinero, sabré lo que valen todos.
Es un plan precioso. La mano me tiembla apenas sobre el abanico y lo achaco al calor.
El conde de Vaughan aún no lo sabe, pero lleva mi nombre marcado a fuego desde el mismo instante en que ha cruzado esa puerta. Cuando una mujer como yo se propone algo, no es un capricho: es una guerra ganada de antemano.
Cierro el abanico con un golpe seco.
Al otro lado del salón, como si el chasquido de la madera hubiera atravesado el ruido de la orquesta, el Diablo de Vaughan gira la cabeza. Sus ojos recorren la estancia entre el tumulto de vestidos y casacas hasta dar conmigo. Tiene la puntería afinada de un depredador.
Le sostengo la mirada. Un segundo. El tiempo justo, ni uno más. Se la retiro despacio, con esa lentitud calculada de quien no huye, sino de quien concede audiencia.
«Ven cuando quieras, milord», me digo, sonriendo para mis adentros, allí donde nadie puede verme. «El foso ya está listo. Te prometo que el terciopelo es suave de narices».