La trampa de terciopelo
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Sabine
Existe una forma muy concreta de mirar a un hombre para que se crea el rey del mundo justo antes de caer de cabeza al pozo.
Basta con desplegar el abanico con cierta desidia, ladear el cuello un par de grados y sostener la mirada un segundo de más.
Todos, sin una sola excepción, confunden ese gesto con la rendición.
Se creen los vencedores de una batalla que ni siquiera han empezado a librar.
Surte un efecto mágico. Lo mismo con los caballeros que fingen interesarse por mi conversación mientras hacen números con mi herencia, que con los que me rozan los nudillos bajo la excusa de la cortesía y se retiran hinchados de orgullo, convencidos de que ese segundo les pertenecía.
Pobres diablos. Ninguno sospecha que, mientras me contemplan embobados, soy yo quien decide qué van a hacer a continuación.
Esta noche, sin embargo, no me apetece hacerme la distraída a la sombra de una columna.
Hoy me he reservado el mejor papel: el de observadora.
Créeme, para una mujer en este Londres de oropel y apariencias, mirar en lugar de ser mirada es un lujo rarísimo.
A nosotras nos entrenan desde la cuna para ser exhibidas como jarrones de porcelana; jamás para estudiar a la pieza.
He necesitado treinta años, ocho de matrimonio y tres de viudez para aprender a dar la vuelta a la tortilla sin despeinarme.
El salón de lady Wrexham brilla con tantas velas que dan ganas de entornar los ojos.
Huele a cera caliente, a azahar descompuesto y a ese sudor dulzón que ni la seda más cara logra ocultar cuando doscientas personas bailan apretujadas bajo mil llamas.
La orquesta desafina una contradanza a la que nadie presta atención, mientras las madres más espabiladas arrastran a sus hijas de grupo en grupo con la destreza de un pastor que conduce sus ovejas al mercado.
Es martes, a mitad de abril, y media Inglaterra ha decidido que la primavera se celebra asándose en traje de gala.
Yo me limito a escuchar el chasquido incesante de los abanicos.
El mío es negro, con varillas de ébano y un borde de nácar que solo se ve cuando lo abro del todo; un regalo que me hice a mí misma el día que dejé de llevar luto.
Lo sostengo con la mano izquierda, pegado a la falda, y bajo el murmullo de la sala distingo el nombre que lleva semanas rondando los rincones de Mayfair como un pecado delicioso.
Tampoco se me escapa que a mí también me vigilan.
Una viuda joven, rica y sin la menor intención de volver a pasar por la vicaría es un enigma que la alta sociedad no sabe en qué cajón archivar.
No soy una doncella a la que casar, ni una matrona venerada; soy una anomalía con excelentes rentas.
Las anomalías de mi clase dan muchísimo de qué hablar tras las plumas.
Que hablen. Cada minuto que gastan criticándome a mí es un minuto que no emplean en arruinarle la vida a otra. Además, una mujer sola aprende deprisa que la maledicencia ajena, bien manejada, es la mejor de las murallas.
— Lady Merrow, está usted deslumbrante esta noche.
—Se materializa a mi derecha sir Hugh Danforth.
Me ofrece una copa de champán que no le he pedido y ejecuta una reverencia tan exagerada que se oye el crujido de sus rodillas—: Osaría jurar que ni la estrella más brillante del firmamento compite con su belleza.
—Osaría usted, sir Hugh, porque las estrellas no pagan rentas y usted mide cada brillo según el saldo de la cuenta.
—Acepto la copa por mera educación. Le concedo ese famoso segundo sobre los nudillos, pero se lo cobro al instante con mi sonrisa más afilada—.
Vaya con Dios. Sobre todo, vaya hacia la sala de juego, que sus acreedores lo reclaman allí con bastante más ímpetu que yo.
Él parpadea, desconcertado.
—Es usted cruel, milady .
—Soy clara, que es muy distinto. Aunque entiendo que a los hombres les cueste horrores diferenciar ambas cosas.
—Cierro el abanico con un chasquido seco.
Audiencia terminada—. Márchese, sir Hugh.
Si algún día regresa a mi lado, traiga una conversación ingeniosa en lugar de champán.
Del segundo voy sobrada; de la primera ando muy necesitada.
Se retira farfullando un cumplido atropellado que ya no me molesto en escuchar.
Despliego de nuevo el abanico y entrego su champán, intacto, a un lacayo que pasa.
Un pretendiente derrotado no merece más atención que un guante viejo.
Son todos tan ridículamente sencillos que aburren hasta el bostezo; pretenden mi mano como quien sopesa una bolsa de monedas en el mercado, sin molestarse en averiguar qué hay dentro de la cabeza de la dueña.
Él sí se lo preguntaría. Esa, y no otra, es la enorme diferencia. Por eso lo he elegido a él entre todos los canallas de esta ciudad.
El conde de Vaughan se encuentra al otro lado del salón.
Sobresale entre la multitud, alto, con ese cabello oscuro peinado hacia atrás con indolencia y una sonrisa de moneda falsa que reparte a manos llenas, seguro de que nadie se atreverá a morderla para comprobar el metal.
El Diablo de Vaughan. Así lo llaman las madres alarmadas mientras apartan a sus hijas de su lado, y así lo nombran esas mismas hijas por la noche, en la oscuridad de sus alcobas, cuando sueñan con todo lo que no se atreven a expresar de día.
El apodo le sirve a la vez de advertencia y de reclamo.
Una reputación intachable es aburrida; la suya, en cambio, es fascinante.
Me mira una vez, de pasada, por encima del hombro de una viuda de turbante y papada.
Una sola. Hace un año me miró de otra manera —no como a una cartera con piernas ni como a un enigma por descifrar, sino como se mira a un adversario que acaba de hacer una buena jugada—, en el salón de los Ellsby, cuando yo despachaba a un barón con una frase que aún circula por White’s.
Ni una invitación, ni una súplica. Un reconocimiento.
Llevo doce meses viviendo de esa mirada como otras viven de una carta guardada en el corsé.
¿Qué encontraría yo, para variar, si mordiera esa moneda? ¿Qué hay bajo el baño de oro?
Le conozco el juego antes de que lo empiece.
Mientras encandila a la viuda de turno con palabrería barata, sus ojos calculan.
Ese pequeño detalle se le escapa a todo el mundo, menos a mí.
La mano enguantada se le demora un segundo de más en el puño de la levita —de corte impecable, sí, pero de la temporada pasada, arreglada con maña para que nadie sospeche que las arcas están vacías— y la mirada se le desvía hacia la sala de naipes antes de regresar a su papel de conquistador.
Hambre. Hambre voraz disfrazada de hastío aristocrático. Eso es lo que veo.
«Estás arruinado hasta el cuello», pienso, y la idea me produce una calidez en el estómago bastante más peligrosa de lo que debería. «Nadie en este dichoso salón lo sabe salvo yo».
Debería bastarme esa ventaja para entretenerme un rato, pero hay una verdad que ni siquiera le confieso a mi abanico: lo deseo.
Lo deseo desde la primavera pasada, desde la primera vez que lo vi cruzar una estancia con la arrogancia de quien se cree dueño del mundo y, sin embargo, se detuvo a escuchar una réplica mía antes de reírse de ella.
Una mujer que ha enterrado a un marido sabe de la vida bastante más que las jovencitas que debutan.
Yo bajé a la cripta al vizconde de Merrow hace tres años.
Me sacaba cuatro décadas, me exhibía de su brazo como quien luce un reloj de bolsillo recién comprado, con orgullo de propietario y cero interés por lo que latía dentro.
No fue un hombre cruel; fue algo peor: indiferente.
La indiferencia enseña a una mujer a espabilar mucho más rápido que la crueldad.
Tenía diecinueve años cuando mi padre me entregó a Merrow como se entrega una yegua de cría: con papeles en regla y la mirada puesta en la dote que volvía a casa.
Nadie me preguntó nada. En su mansión aprendí lo que cuesta pertenecer a un hombre.
Cuando lo enterraron, descubrí lo que cuesta volver a ser dueña de una misma.
Sus primos y sus abogados dieron por sentado que una viuda sin señor era una propiedad vacante que debía ser administrada.
Tuve que pelear peniques, documentos y escándalos para conseguir lo único que quería en esta vida: no volver a depender de nadie.
Salí de aquella guerra rica, libre y con una fama de mujer peligrosa que me viene de perlas.
El miedo, bien administrado, protege mejor que un apellido ilustre.
Por eso no me siento a esperar. Esperar es de mujeres que confían en ser elegidas, y a mí ya me eligieron una vez sin pedirme permiso. Ahora elijo yo.
Incluso la famosa apuesta de la que todos hablan la he sembrado yo.
Hace seis semanas, en una cena en casa de Bee, le pedí a su hermano Edmund Ashcombe —socio de White’s, dueño de la lengua más suelta de St. James’s y un hombre incapaz de guardar un secreto si se lo piden bien— que dejara caer en el club, con el aire de quien comenta el tiempo, una sola frase: « Lady Merrow está cansada de los tontos y solo ha mirado dos veces a un hombre: el conde de Vaughan».
Edmund la repitió con tanta indiferencia que el rumor se hizo carne en dos tardes.
La bolsa llevaba dos años engordando con cada necio que rebotaba contra mí.
Yo solo le puse nombre y apellido. Lord Pell, que lleva el libro con Ashcombe, recogió el hilo con la avidez de quien huele dinero fácil, subió la suma y anotó una cláusula con el nombre de Vaughan al lado.
Los hombres están siempre convencidos de que las grandes ideas se les ocurren a ellos. Pobres ingenuos. Casi siempre hay una mujer detrás que ha sembrado la semilla y espera, con paciencia de jardinera, a que la planta brote justo donde ella quiere.