⚓ 38. La Cosecha del Cap de Creus
La marea mediática que había descabezado a la cúpula inmobiliaria de Girona comenzó a replegarse de las portadas de los diarios, dejando a L'Escala sumida en una calma chicha que apestaba a desinfectante industrial y a sumisión administrativa.
Los tribunales de Barcelona ya tenían sus cabezas políticas en los telediarios, y las dunas de Sant Martí descansaban bajo el azote menguante de la tramontana, limpias de excavadoras.
Albert Torrent había regresado a su rutina en el despacho de Figueres, cargando con el peso de los puntos de sutura en su muslo y una placa policial que ya no le pertenecía a la ley de los hombres, sino al archivo oculto del búnker calcáreo.
Fue a mediados de ese mismo otoño cuando el mar de la Costa Brava decidió escupir un cabo suelto que nadie, ni los analistas informáticos de la capital ni el propio subinspector, había incluido en el inventario forense.
El aviso saltó a las seis de la mañana en la emisora de la patrulla marítima del Servicio de la Guardia Civil de Mar de l'Estartit.
Un grupo de buceadores deportivos que realizaba una inmersión profunda en las inmediaciones de la fosa del Cap de Creus había localizado un bulto industrial de gran tonelaje.
El objeto se encontraba enganchado entre las mallas de una red de arrastre ilegal que las corrientes submarinas habían arrastrado y encajado contra las rocas calcáreas del fondo del abismo.
No era un fardo de hachís ni los restos de un naufragio ordinario.
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Cuando la grúa pesada del puerto pesquero de L'Escala alzó el contenedor a la superficie, el estruendo del motor diésel y el quejido de los cables de acero rompieron el silencio matutino de la lonja.
Una comitiva judicial, escoltada por dos patrullas de los Mossos de paisano, aguardaba en el muelle secundario bajo una lluvia fina que lavaba el hormigón.
Era un bidón industrial reforzado, de doscientos litros de capacidad, con las paredes de zinc corroídas por la sal y cubiertas de costras de percebes y algas filamentosas.
Era el mismo tipo de bidón personalizable que Carles Joan había utilizado con el biólogo corrupto en el búnker de las Planasses.
Los técnicos de la policía científica comenzaron a cortar los sellos herméticos de la tapa metálica con radiales de disco, desatando una lluvia de chispas amarillas que se apagaban al tocar el suelo mojado.
El olor que emergió de la ranura en cuanto el acero cedió no fue el gas metano de la descomposición orgánica; fue una fragancia asfixiante, química y pura que combinaba el ácido sulfúrico concentrado con los metales pesados de la salazón.
Al retirar la tapa de cuajo ante la mirada del juez de guardia, la escena congeló la respiración de todos los operarios del puerto.
El contenedor no albergaba cenizas líquidas ni tejidos desintegrados por el químico.
El volumen del ácido vertido en su interior había sido defectuoso o la baja temperatura del agua a gran profundidad había neutralizado el proceso de disolución orgánica antes de tiempo.
Flotando en el fluido espeso, apareció el cadáver perfectamente conservado de Carles Joan.
El viejo pescador del casco antiguo, el hombre con el que Torrent había mantenido el tenso cara a cara en el Carrer del Mar semanas atrás, el "asesino solitario" que supuestamente había huido en mitad del golpe de mar a bordo de L'Estima, llevaba meses muerto en el fondo del Golfo de Roses.
Su rostro surcado de arrugas toscas estaba intacto, endurecido por el formol natural de la mezcla química, y sus ojos claros permanecían fijos, abiertos de par en par en una expresión de terror y sorpresa eternos que desafiaba cualquier lógica de la investigación policial.
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Albert Torrent dio tres pasos hacia atrás, tambaleándose hasta apoyar la espalda contra la estructura metálica de una grúa, sintiendo que el pulso le taladraba las sienes con una violencia insoportable.
Una náusea gélida le recorrió el estómago.
Si Carles Joan llevaba semanas sumergido en ese bidón en el Cap de Creus...
¿con quién había estado hablando en el salón de su casa?
¿Quién le había golpeado en la mandíbula dentro del búnker militar de las Planasses?
¿A quién había estado encubriendo y advirtiendo del peligro en mitad de la noche?
El subinspector levantó la vista a trompicones, barriendo el muelle con los ojos desorbitados por el impacto forense.
A menos de veinte metros, apostados junto a las cajas de anchoas de la lonja, Jaume y los otros dos marineros jubilados observaban el levantamiento del cadáver con una calma imperturbable.
Sus rostros de piedra no mostraban asco, ni sorpresa, ni el más mínimo rastro de pánico ante el hallazgo del cuerpo del viejo.
Sostenían sus agujas de madera y sus pipas con la parsimonia de quien asiste a un trámite irrelevante.
Las pupilas claras de los pescadores se cruzaron con las del policía herido, dedicándole una última mirada cómplice, mansa y profundamente burlona.