⚓ 39. El Bando de la Sal
El olor a desinfectante químico y a salitre oxidado del muelle secundario aún se le agarraba a Albert Torrent en la garganta cuando cruzó el umbral de la lonja vieja.
Las patrullas de la Guardia Civil y la comitiva judicial ya se habían marchado en dirección al instituto forense de Girona, escoltando el furgón que transportaba el bidón industrial con el cuerpo preservado de Carles Joan.
El puerto había recuperado su rutina de forma casi inmediata, con esa parsimonia ruda y marinera que parecía devorar cualquier rastro de tragedia.
Albert localizó a Jaume al fondo de la nave de subastas.
El estibador de la vieja escuela permanecía sentado sobre una caja de madera invertida, raspando los restos de ceniza de su pipa con la punta de una navaja pequeña.
La luz grisácea que entraba por los ventanales de zinc dibujaba una silueta de piedra calcárea, fría y desprovista de cualquier agitación.
El subinspector se acercó a paso lento, cojeando ostensiblemente por la puñalada del muslo, que aún le supuraba y le tiraba bajo la gabardina húmeda.
Se detuvo a menos de un metro, proyectando su sombra sobre el viejo, y sacó del bolsillo la pipa de brezo que había guardado como su mayor secreto.
La puso sobre la madera de la caja, justo al lado de las manos del marinero.
—Llevaba semanas muerto en esa fosa, Jaume —dijo Albert, con una voz rota, gélida y vacía de cualquier formalismo policial—.
El forense dice que el cuerpo se congeló en el ácido antes de que el biólogo o el concejal bajaran a las Planasses.
El hombre con el que hablé en el Carrer del Mar, el que me golpeó en el búnker...
no era él. ¿Quién era, Jaume? ¿A quién he estado encubriendo todo este tiempo?
A Albert le sangraba el alma. Carles Joan no había sido un sospechoso más; había sido el hombre que le sostuvo en brazos de niño, el que ocupó el vacío de su padre muerto, el único tío real que le quedaba en un mundo en ruinas.
Descubrir que el viejo pescador había terminado sus días empaquetado como carroña industrial le causaba un dolor atroz, una rabia sorda que le quemaba las entrañas.
Jaume cerró la navaja con un clic pausado y violento, clavando su mirada en el policía.
—Te lo dije en el archivo, muchacho: Carles Joan solo era el nombre que nos poníamos cuando la tramontana soplaba —respondió Jaume, perdiendo toda la falsa melancolía y adoptando un tono de una crueldad descarnada—.
El viejo de la salazón era la fachada que vuestras leyes de papel necesitaban para no tener que mirar al resto de los vecinos.
Pero cometió el peor de los errores que un hombre de mar puede cometer.
Tuvo dudas. Se volvió blando. Y en L'Escala, la debilidad se paga cara.
El tabernero y dos marineros de la lonja se aproximaron en silencio, cerrando el círculo alrededor de los dos hombres con la misma parsimonia con la que se recoge una red de arrastre profunda. Ninguno hablaba, pero su fijeza psicológica reforzaba las palabras del estibador.
—Carles amaba L'Escala, Albert. La amaba con la misma rabia con la que tu padre y yo la cuidábamos —Jaume se levantó despacio, acortando la distancia física hasta que Albert pudo oler el tabaco rancio de su aliento—.
Pero Carles Joan nunca quiso matar a nadie.
Tenía el alma demasiado blanda para el acero y el mazo.
Al principio aceptó ser el brazo ejecutor porque la rabia por la muerte de su mujer le nublaba el juicio, pero en cuanto el joven inglés desapareció en el golfo, el remordimiento empezó a devorarle las entrañas.
Se quería rebelar y contar la verdad para que no hubiera más asesinatos.
Quería proteger las dunas y las posidonias a base de denuncias, de firmas, de burocracia...
de esa misma farsa legal que tú sabes perfectamente que solo sirve para que los corruptos de Girona ganen tiempo.
Jaume apoyó una mano dura como un bloque de encina sobre el hombro herido de Albert, apretando con una fuerza sádica que hizo que al policía se le saltaran las lágrimas de dolor por la clavícula resentida.
—¿Sabes cómo terminó tu querido tío, Albert?
—susurró Jaume, con una frialdad que helaba la sangre—.
Le pillamos aquí mismo, una noche de luna nueva, metiendo los papeles del ayuntamiento en un sobre para la prensa.
No hubo juicios ni discursos. Tres de los nuestros le sujetaron contra el suelo de hormigón mientras yo mismo le rompía las muñecas con el mazo de calafatear para que aprendiera lo que cuesta traicionar a su propia sangre.
Lloró como un crío, Albert. Rogó por su vida invocando la memoria de tu padre.
Pero en este muelle las cosas no funcionan así.
Cuando la marea sube y el veneno de fuera amenaza con destruir tu casa, no puedes andarte con medias tintas.
A veces hay que elegir un bando u otro. Hay que estar con el mar o con el hormigón.
Hay que ser el filtro o ser la basura. Y Carles, al intentar detener la purga y volverse neutral, se convirtió en el cabo suelto más peligroso que teníamos.
Ser neutral es ir en contra de L'Escala.
Es permitir que el dinero gane. Por eso le metimos vivo en ese bidón, le vertimos el ácido sulfúrico por la garganta para que se callara de una puta vez y lo tiramos a la fosa del Cap de Creus.
El Carles Joan con el que hablaste después...
solo era la Cofradía cumpliendo con su deber a través de su chubasquero.
La revelación de la carnicería comunitaria cayó sobre la conciencia del policía con el impacto forense de una losa de hormigón.
El dolor por la pérdida de su tío se mezcló con un terror biológico absoluto al mirar las caras serenas de los marineros que le rodeaban.
El misterio se aclaraba de la forma más macabra posible: el "teatro de la artritis" no había sido la treta de un anciano astuto, sino una burla colectiva ensayada por todo el municipio para mantener viva la farsa de un asesino solitario mientras el verdadero guardián ya se disolvía en ácido en el fondo del abismo.
El pueblo entero era el monstruo, y él, al haber asesinado a Mateo en el mirador y firmado el informe falso de Santana, ya había elegido su bando.
El nudo marinero se había cerrado de forma definitiva sobre su uniforme, dejándole como el archivista oficial de una ley de la tierra de la que ya nunca podría renegar sin convertirse en la próxima ofrenda de las Planasses.