⚓ 37. La Marea de Papel
La entrega del dossier en la Fiscalía Anticorrupción de Cataluña, sellado con la rúbrica oficial del subinspector Albert Torrent, desató un vendaval político y judicial que barrió los cimientos de las instituciones con la misma fuerza destructiva que una tramontana desatada en mitad del invierno.
Las portadas de los principales diarios de Barcelona y los informativos de televisión abrieron las ediciones durante tres semanas consecutivas con titulares que utilizaban tipografías de un molde negro, rotundo y asfixiante.
El "milagro inmobiliario" de la Costa Brava acababa de revelar su verdadera fisonomía: una cloaca de dinero negro, informes científicos falsificados y prevaricación institucional.
El revuelo social alteró por completo la fisonomía tranquila de la comarca del Alt Empordà.
En cuestión de setenta y dos horas, la maquinaria del Estado, espoleada por el riesgo de una filtración masiva a los medios de comunicación que ya tenían copias de los extractos bancarios de Andorra, procedió a ejecutar las órdenes de arresto de forma fulminante:
Las cuentas corrientes y los activos patrimoniales de la firma de Aleix de Vilallonga fueron congelados cautelarmente por la Audiencia Nacional.
Las excavadoras y las grúas industriales abandonaron los terrenos de Sant Martí d'Empúries antes del amanecer, dejando las dunas vírgenes a salvo de la mortaja de hormigón.
El exalcalde de L'Escala y tres concejales en activo de la corporación municipal fueron arrestados por patrullas de la Guardia Civil central cuando salían de sus domicilios particulares, imputados por cohecho agravado y delitos continuados contra el medio ambiente.
La detención del Conseller de Interior en su despacho de Barcelona, salpicado por los registros de las cuentas puente que financiaron el informe medioambiental comprado del biólogo, provocó la dimisión en bloque del gobierno regional en una sesión parlamentaria de urgencia que fue retransmitida en directo por radio y televisión.
Para la opinión pública y los mandos policiales de la Jefatura de Figueres, el subinspector Albert Torrent se transformó de manera automática en una leyenda de la judicatura penal.
Un funcionario intocable de la provincia que, sobreponiéndose a la trágica y agónica pérdida de su joven compañero Pablo Santana en un accidente de patrulla en mitad de las Planasses, había sido capaz de descabezar a la mayor organización criminal de delitos urbanísticos del mediterráneo.
El sistema judicial del Estado le condecoró con honores por haber limpiado las instituciones, sin que ningún analista de la capital alcanzara a sospechar que el "héroe del Empordà" solo había sido el peón necesario para legalizar la voluntad de una cofradía de verdugos comunitarios.
El revuelo era ensordecedor en Barcelona, pero en mitad de los muelles de L'Escala, los marineros de la lonja observaban el desfile de políticos esposados con una calma imperturbable, sabiendo que la marea de la tierra se había cobrado su deuda sin dejar un solo cabo suelto en la superficie.