⚓ 34. El Límite del Acero
El coche camuflado del subinspector Albert Torrent permanecía aparcado en el mirador desierto que dominaba la cala de las Planasses.
Desde el asiento del conductor, Torrent contemplaba la negrura del mar embravecido, donde el oleaje chocaba contra las rocas calcáreas con un estruendo que vibraba en la chapa del vehículo.
En el asiento del copiloto, la libreta de cuero negro y la pipa de brezo de Carles Joan eran los únicos testimonios de una investigación que ya no pertenecía a los despachos policiales.
El subinspector apuró el último trago de un café frío, creyendo que la desaparición absoluta de Carles le daría un margen de tiempo para procesar la muerte de Santana.
Fue un error de cálculo forense. La mafia de Girona, asfixiada por la frustración de haber encontrado la casa del pescador completamente vacía y sin rastro de vida, decidió cambiar radicalmente de objetivo de forma fulminante.
Al verse acorralados por el Silencio del pueblo, los dos liquidadores de la corporación del ladrillo comprendieron que el policía local era el único eslabón que unía los crímenes con la realidad del puerto.
Si el viejo de la salazón se había desvanecido de la faz de la tierra, harían cantar al subinspector a base de fuerza bruta.
El asalto fue de una violencia geométrica y sorpresiva.
Un todoterreno de gran tonelaje, con las luces apagadas, irrumpió en el camino de tierra batida a toda velocidad, embistiendo el lateral izquierdo del coche oficial de Torrent con un impacto brutal que hizo saltar los cristales de las ventanillas en mil pedazos.
El vehículo policial patinó sobre la grava, quedando encajado contra el borde de la regala de protección que daba al precipicio.
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Antes de que Torrent pudiera reaccionar o echar mano a su funda de dotación, la portezuela del conductor fue arrancada de cuajo.
El matón de la cicatriz lo arrastró hacia el exterior por el cuello de la chaqueta, dejándolo caer sobre el barro arcilloso empapado por la lluvia de la tramontana.
El segundo liquidador, Mateo, se abalanzó sobre él con rapidez, hincándole una bota pesada en la muñeca derecha para inutilizar su acceso al arma reglamentaria, mientras le propinaba un violento puntapié en las costillas que le cortó la respiración de golpe.
—¡Se acabó el juego del policía de pueblo, Torrent!
—bramó el liquidador de la cicatriz, arrodillándose sobre su pecho y hundiéndole el cañón gélido de una pistola con silenciador directamente bajo la mandíbula hinchada—.
Hemos peinado el Carrer del Mar y ese viejo psicópata se ha evaporado.
Tú estabas allí anoche. Sabemos que borraste los radares del Club Náutico y que estás encubriendo la carnicería de nuestros jefes.
¿Dónde coño está Carles Joan? Habla ahora mismo si no quieres que te volemos los sesos y te tiremos al mismo pozo que a tu compañero Santana.
El dolor en las costillas y la sangre que comenzaba a mezclarse con el agua de la lluvia en su rostro habrían quebrado la resistencia de cualquier funcionario de ciudad, pero Albert Torrent era hijo de la sal.
Había crecido lidiando con temporales en el golfo y la dureza de su estirpe marinera emergió con una furia helada.
A pesar de la violencia extrema del asalto, el subinspector no se dejó doblegar.
Clavó sus ojos claros, inyectados en rabia, en las pupilas del matón, sosteniendo la presión del acero contra su piel sin emitir un solo gemido de sumisión.
—No vais a encontrar nada en este pueblo, forasteros —escupió Torrent entre dientes, con una sonrisa sangrienta y mansa que desconcertó por completo a sus agresores—.
Podéis apretar ese gatillo si queréis, pero en L'Escala el mar no acepta las órdenes de los millonarios de Girona.
Si me matáis aquí, no saldréis vivos de esta comarca. No sabéis dónde os habéis metido.
Mateo levantó la bota listo para machacarle la mano, perdiendo la paciencia ante la imperturbable fijeza del policía, cuando un destello sutil en mitad de la pinada circundante congeló el movimiento de los dos liquidadores.
El crujido de las ramas rotas bajo el azote del viento de la tramontana comenzó a adoptar un ritmo acompasado, y las luces de posición del todoterreno de la mafia iluminaron, de forma paulatina, las siluetas oscuras de tres pescadores de la lonja que avanzaban por el camino de tierra en un silencio sepulcral, cerrando las salidas del mirador con la parsimonia de quien recoge una red de arrastre profunda.