La Tramontana de los muertos ⚓ 35. El Sabor del Hierro
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⚓ 35. El Sabor del Hierro

El destello de los faros del todoterreno cortaba la cortina de lluvia, iluminando las siluetas de los tres pescadores que avanzaban por el camino de barro.

En ese milisegundo de distracción, el subinspector Albert Torrent comprendió que no habría tregua legal ni refuerzos de Figueres.

Era la ley de la tierra o la muerte en el fango.

El acero gélido de la pistola del liquidador seguía presionando su mandíbula, pero la fijeza protectora de su estirpe emergió con la violencia de un golpe de mar.

Con un rugido de rabia que le desgarró la garganta, Torrent arqueó la espalda y clavó los dedos de su mano izquierda, duros como anzuelos, directamente en los ojos del matón de la cicatriz que lo retenía en el suelo.

El grito del liquidador fue un aullido animal cuando las uñas del policía se hundieron en los lagrimales.

El dolor obligó al agresor a desviar el cañón de la pistola en el mismo instante en que apretaba el gatillo; el disparo con silenciador apenas produjo un soplido sordo, desviando la bala hacia la grava mojada.

Torrent no esperó. Aprovechando que la bota del segundo matón, Mateo, había perdido estabilidad por la sorpresa, el subinspector giró sobre su propio eje en el barro y propinó un brutal codazo en la rodilla de Mateo.

El crujido de la rótula al romperse sonó limpio, un restallido seco que precedió a la caída del mafioso sobre el capó del coche patrulla.

Lo que siguió en la penumbra del mirador de las Planasses se convirtió en una pelea a muerte, sádica y descarnada, donde el barro, la sangre y el acero se mezclaron bajo el azote inmisericorde de la tramontana.

Torrent se incorporó a trompicones, pero el matón de la cicatriz, ciego de un ojo y con el rostro bañado en un fluido espeso y oscuro, se abalanzó sobre él con la navaja automática abierta en la mano.

El primer tajo rasgó la gabardina del policía, abriéndole una herida profunda en el antebrazo que comenzó a sangrar profusamente.

Torrent, anestesiado por la adrenalina, agarró una pesada llave de cruz para cambiar neumáticos que había quedado suelta tras el impacto del todoterreno y la descargó con toda su fuerza sobre el hombro del agresor.

El metal partió la clavícula del liquidador, pero este, mostrando una resistencia psicópata, le clavó la navaja directamente en el muslo.

El dolor fue un latigazo gélido. Torrent cayó de rodillas, pero antes de que el matón pudiera hundirle el acero por segunda vez en el cuello, el subinspector lanzó un golpe ascendente con la llave de cruz, impactando de lleno en la mandíbula del agresor.

El golpe desfiguró el rostro del matón de forma macabra: los dientes estallaron en una lluvia de marfil y sangre, y la mandíbula quedó desencajada, colgando de forma grotesca hacia un lado.

Mateo, a pesar de tener la rodilla destrozada, intentó arrastrarse hacia su pistola tirada en el barro.

Torrent, poseído por una furia ciega, se abalanzó sobre él.

Agarró la cabeza de Mateo por los pelos y, con una crueldad metódica que asustaría a los analistas de Barcelona, la estampó tres veces consecutivas contra el borde afilado de la regala de protección de hierro del mirador.

El hormigón y el metal se tiñeron de una masa encefálica gris y pastosa mezclada con sangre negra.

El cuerpo de Mateo sufrió un espasmo violento antes de quedar completamente flácido, con las pupilas fijas en la negrura del cielo. Había muerto en el fango.

El liquidador de la cicatriz, viendo a su compañero destrozado en el suelo y observando cómo las siluetas de los tres viejos pescadores estaban ya a escasos metros sosteniendo bicheros de hierro y cabos gruesos, comprendió que L'Escala era una trampa mortal.

Con el rostro deshecho, ensangrentado y emitiendo un gemido ronco a través de su mandíbula rota, se arrastró hacia el todoterreno.

Arrancó el motor con un rugido desesperado y dio marcha atrás a ciegas, golpeando los pinos antes de huir a toda velocidad por la carretera del norte, dejando el cadáver de su socio abandonado bajo la lluvia.

✽✽✽

Albert Torrent se quedó de rodillas junto al cuerpo inerte de Mateo, presionándose la herida del muslo con una mano empapada en sangre y barro, respirando de forma agónica. La linterna, tirada en el suelo, iluminaba de perfil el horror de la escena.

Los tres marineros de la lonja se acercaron con paso lento y acompasado.

Jaume, el estibador retirado, se agachó para recoger la pistola con silenciador del mafioso muerto y la guardó en su chubasquero con la misma tranquilidad con la que se recoge un sedal limpio.

No miró el cadáver con asco ni sorpresa; sus ojos claros seguían fijos en el subinspector.

—Has aguantado bien el embate, Albert. Tu padre tenía la misma fuerza en las manos cuando el oleaje venía de babor —dijo Jaume con una voz melódica, gélida y pausada, ofreciéndole una mano dura como la encina para ayudarle a incorporarse.

—Se ha escapado uno... —gimió Torrent, apoyándose en el marinero mientras sentía el dolor lacerante del tajo en el muslo—. Va a ir a Girona. Lo va a cantar todo a los jefes de la constructora.

—Ese no llegará a la autopista, muchacho. Los chicos del cruce de Viladamat ya están esperándole con los camiones de la cooperativa. El mar de L'Escala no deja cabos sueltos en la carretera —respondió el segundo pescador, un marinero de la cofradía antigua, con una sonrisa mansa.

Jaume hizo un gesto con la cabeza hacia el todoterreno que los marineros habían utilizado para llegar.

Llevaron a Torrent hasta el asiento trasero, donde el calor de la calefacción apenas lograba mitigar el temblor de su cuerpo herido.

Pero lo que verdaderamente congeló la cordura del policía no fue la hipotermia, sino lo que Jaume desplegó sobre sus rodillas: una pesada caja de herramientas metálica, oxidada por el salitre.

Al abrirla bajo la luz interior del coche, Albert sintió que la realidad se transformaba en una revelación monumental.

La caja no contenía anzuelos ni aparejos.

Contenía decenas de carpetas clasificadas, copias de transferencias bancarias de las cuentas de Andorra de Aleix de Vilallonga, grabaciones telefónicas originales tomadas desde las oficinas municipales y los expedientes personales confidenciales de cada promotor, concejal y biólogo que alguna vez había intentado firmar un informe falso para degradar la Costa Brava.

—¿De dónde habéis sacado esto? —susurró Torrent, con los ojos desorbitados por el impacto de los papeles—. Carles Joan... Carles me dijo que él había robado estos documentos.

—Carles Joan solo era el brazo que sostenía el mazo, Albert —sentenció Jaume, clavando su mirada cómplice en las pupilas del policía—.

¿De verdad creías que un solo viejo de ochenta años podía burlar los radares del puerto deportivo, desactivar las cámaras del Club Náutico, mover los coches oficiales hacia la frontera y mantener limpios los búnkeres de las Planasses sin que nadie en el pueblo viera nada?

La información no la robó Carles. La conseguimos nosotros.

El secretario del ayuntamiento es el primo de la pescadera; el técnico que limpia los ordenadores del club es el hijo del patrón del Sant Ramon; y las llaves del secadero las tenemos todos los socios de la cofradía.

Albert Torrent miró los papeles y luego las caras serenas de los tres marineros.

La verdad apoteósica e inesperada le abofeteó la conciencia: el "asesino en serie solitario" que él y Santana habían estado persiguiendo y encubriendo de forma aislada nunca había existido como un individuo independiente.

El guardián de L'Escala no era un hombre...

era el pueblo entero. Una red de verdugos comunitarios e institucionales incrustada en las raíces ancestrales del municipio que utilizaba la fachada del viejo pescador con artritis como un escudo perfecto ante la ley del Estado.

Y ahora que él había asesinado en defensa propia, manipulado los radares y firmado el informe falso de la muerte de Santana, las cadenas de la sal se habían cerrado sobre su propio uniforme para siempre.