La Tramontana de los muertos ⚓ 33. La Casa Vacía
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⚓ 33. La Casa Vacía

El chaval del arrastrero se quedó acurrucado en la cubierta de su embarcación, presionándose un trapo empapado en sangre contra la nariz rota.

El motor de la tormenta parecía reírse de su llanto, pero en cuanto los abrigos caros de los dos liquidadores de Girona desaparecieron tras la verja del muelle, el joven pescador se incorporó a trompicones.

El pánico que le había hecho cantar la dirección no se había disipado; mutó en una culpa aplastante, ruda y marinera.

Con las piernas temblando, saltó al pantalán y corrió hacia la hilera de almacenes donde tres de los marineros jubilados apuraban sus pitillos al resguardo del viento.

—¡Han venido a por él! —escupió el chaval entre sollozos, limpiándose la marea de sangre de la boca—. Me han puesto una navaja en el ojo... Me han obligado a cantar. Les he dado la dirección del viejo. Les he dicho lo del Carrer del Mar. Tenía mucho miedo, de verdad...

Los viejos lobos de mar no le gritaron, ni le propinaron la bronca moralista que el chaval esperaba.

Jaume, el estibador retirado, dejó caer la colilla al suelo y la aplastó con la parsimonia de quien apaga un fuego controlado.

Cruzó una mirada gélida y cómplice con los otros dos patrones de las barcas.

Nadie se sorprendió. Nadie se alteró. El engranaje silencioso de L'Escala se activó de forma inmediata sin necesidad de levantar la voz.

Uno de los marineros sacó una radio analógica de mano del bolsillo, pulsó el emisor dos veces en un código corto y seco, y la red comunitaria hizo el resto del trabajo antes de que los zapados italianos de la mafia pisaran el adoquín del centro histórico.

✽✽✽

Los dos liquidadores de la corporación del ladrillo de Girona enfilaron el Carrer del Mar con las gabardinas abrochadas hasta el cuello, arrastrando una sombra de violencia contenida que hacía que los pocos gatos callejeros huyeran a su paso.

Al llegar frente al número 14, la farola parpadeante iluminó la fachada de piedra carcomida por el salitre.

Mateo sacó la navaja automática del bolsillo, sintiendo el resorte crujir en mitad de la penumbra, mientras su compañero se apoyaba contra el tablón de madera de la puerta, listo para reventar el pestillo de un golpe.

La puerta cedió con un empujón suave, quejándose sobre sus viejas bisagras de hierro sin necesidad de forzarla. Estaba entornada.

Los dos matones irrumpieron en el pasillo estrecho con las armas en la mano, listos para abalanzarse sobre el anciano desvalido de la salazón.

Pero el silencio que los recibió dentro de la vivienda era casi absoluto, denso y helado.

Olía fuertemente a cera de aparejos vieja, a madera húmeda y a sal, pero no había rastro del aroma denso y rancio del tabaco de pipa que Vilallonga había descrito en el hospital.

Recorrieron las tres estancias de la planta baja con movimientos tácticos y profesionales.

La cocina tenía los fuegos apagados y fríos; la taza de café sobre la mesa de pino estaba completamente vacía y seca, cubierta por una fina capa de polvo que delataba que nadie se había sentado allí en horas.

Subieron las escaleras hacia la pequeña habitación de hierro de la planta superior.

El jergón de lona estaba perfectamente estirado y limpio.

Las rocas del acantilado vibraban fuera por el azote de la tramontana, pero dentro de los muros encontraron la casa vacía, sin un solo rastro de vida reciente.

—No hay nada aquí, Mateo —dijo el de la cicatriz, guardándose la navaja con un gruñido de frustración absoluta mientras abría los cajones vacíos del armario—. Este sitio parece un museo abandonado. Ese viejo nos ha tomado el pelo.

✽✽✽

No sabían lo cerca que estaban de la verdad del abismo.

No era que Carles Joan les hubiera tomado el pelo; es que Carles Joan había desaparecido por completo de la faz de la tierra.

Los liquidadores registraron el sótano, peinaron los callejones colindantes y regresaron al puerto viejo a vigilar el laúd L'Estima, pero el guardián de la sal no aparecía por ningún lado.

Su nombre seguía grabado en las fichas manuscritas de la comisaría y su sombra continuaba planeando sobre las Planasses, pero su cuerpo físico se había disuelto en mitad de la noche, borrado del mapa de L'Escala como si nunca hubiera existido.

El subinspector Albert Torrent, que observaba el frustrado despliegue de los mafiosos desde la esquina del Carrer del Mar dentro de su coche camuflado, sintió que el contorno metálico de la pipa de brezo le recordaba el tamaño de su condena.

El asesino solitario se había esfumado, la mafia del hormigón se estrellaba contra una pared de hormigón invisible, y la cofradía de pescadores del puerto seguía remendando sus redes bajo la lluvia con una sonrisa cómplice, sabiendo que en L'Escala, cuando la tierra decide tragarse a un hombre, ni la policía del Estado ni el dinero de los corruptos son capaces de volver a encontrar su rastro en la oscuridad.