⚓ 32. La Cuerda Tensada
El fracaso en la cantina no aplacó la rabia de los dos liquidadores de Girona; al contrario, la alimentó con la desesperación de los hombres que saben que sus cabezas rodarán si regresan a la capital con las manos vacías.
La "falsa ignorancia" y las miradas burlonas de los viejos marineros les habían dejado claro que por las buenas no obtendrían más que acertijos rústicos y silencios de piedra.
Necesitaban un eslabón más débil, alguien que no tuviera el cráneo tan endurecido por los años de mar ni esa lealtad mística a la sal.
Encontraron su objetivo en el muelle secundario, justo al lado de las grúas de descarga de la lonja.
Un pescador joven, de unos veinticuatro años, limpiaba los restos de carnada de la cubierta de una pequeña embarcación de arrastre.
Llevaba los auriculares puestos, ajeno al estruendo de la tramontana y a los dos abrigos caros que se aproximaban por el pantalán de hormigón.
El matón de la cicatriz no anduvo con rodeos.
Subió a bordo de un salto y, antes de que el chaval pudiera reaccionar, le agarró por los pelos desde atrás, estampándole la cara contra la regala de madera del barco.
El sonido del tabique nasal rompiéndose fue seco y limpio, ahogado por el rugido del viento.
—¡Escúchame bien, niñato! —bramó el liquidador, hincándole la rodilla en los riñones mientras el segundo matón sacaba la navaja automática y se la ponía a milímetros de la pupila—.
Tus tíos y tus abuelos en la cantina se creen muy listos jugando a las adivinanzas con nosotros, pero tú vas a cantar ahora mismo si no quieres que te vaciemos la cuenca del ojo.
¿Quién es el viejo de la salazón? ¿Dónde coño vive Carles Joan?
El chaval, con la boca llena de sangre y el rostro deformado por el impacto contra la madera, gimió de puro terror físico.
A diferencia de los ancianos de la cofradía, el pánico de la juventud le rompió la resistencia en cuestión de segundos.
El dolor y el frío del acero rozándole las pestañas destruyeron cualquier lealtad.
—¡En el casco antiguo! —escupió el joven pescador entre sollozos de sangre—. ¡Carrer del Mar... número 14! El laúd se llama L'Estima... ¡Es él, lo sabe todo el mundo! ¡Déjenme en paz, por favor!
El matón de la cicatriz sonrió de medio lado, una mueca gélida que denotaba la satisfacción del cazador que por fin encuentra el rastro. Soltó al chaval de un empujón, dejándolo sangrar sobre la cubierta de la barca, y limpió la suela de su zapato italiano contra la borda.
—Ya ves, Mateo —le dijo a su compañero, guardándose la navaja—. Solo hacía falta apretar un poco el sedal. Carrer del Mar, número 14. Vamos a hacerle una visita a ese abuelo y a terminar este trabajo antes de que la policía se despierte.
Los dos liquidadores se alejaron a paso rápido hacia el aparcamiento del puerto, bajo la lluvia persistente que lavaba la sangre del pantalán.
En la popa del barco de arrastre, el chaval seguía llorando, pero desde los ventanales de la lonja y las cubiertas de los barcos vecinos, los ojos claros de tres viejos marineros observaban la escena con una calma imperturbable.
Nadie intervino para detener a los mafiosos, nadie llamó a emergencias.
Las miradas cómplices volvieron a cruzarse en mitad de los muelles: los forasteros acababan de recibir la información que buscaban, pero en L'Escala, saber la dirección del guardián de la sal no te convertía en el cazador, sino en la próxima ofrenda que las Planasses estaba esperando devorar en mitad de la noche.