⚓ 31. La Muralla de Sal
Los dos liquidadores de la corporación de Girona, tipos corpulentos de mandíbula rígida y ojos habituados a la violencia de los despachos oscuros, no tardaron en perder las pocas formas urbanas que traían de la capital.
El fracaso de la policía del Estado les importaba bien poco; ellos necesitaban respuestas inmediatas para salvar las contratas millonarias del complejo hotelero de Sant Martí d'Empúries.
Su primera parada fue la cantina del muelle viejo, un rincón de madera carcomida por el salitre donde el aire apestaba a café recalentado y a tabaco de galera.
El más alto de los matones, un tipo con una cicatriz fina junto al ojo izquierdo, golpeó la barra con la palma de la mano abierta, haciendo temblar los vasos de cristal corto.
—Vamos a empezar de nuevo, abuelo, y más vale que uses la memoria —escupió, inclinándose sobre el tabernero, un marinero jubilado que limpiaba un plato con parsimonia—.
Buscamos a un viejo de este puerto. Pescador, solitario, de ojos claros.
Alguien que frecuenta el almacén de salazón abandonado de la periferia.
¿Quién coño tiene las llaves de ese secadero?
El tabernero continuó frotando la cerámica con el trapo sucio. Levantó la vista muy despacio, mostrando unos ojos opacos, vacíos de cualquier rastro de miedo. Adoptó una expresión de absoluta demencia senil, parpadeando con una lentitud exasperante.
—¿Llaves? Uy... En la salazón ya no queda nada, muchachos —respondió con una voz trémula y mansa, encogiéndose de hombros—.
Las llaves se las llevó la riada del ochenta y dos.
O quizás el reuma se las comió. Aquí ya casi nadie tiene de eso.
Si buscan anchoas, la veda está cerrada hasta la primavera. ¿Quieren un café corto?
El liquidador soltó una maldición entre dientes y le agarró por la solapa del chaleco de lona, tirando de él hacia delante con una violencia brutal que tiró dos cafeteras al suelo con un estruendo metálico.
—¡No te hagas el tonto conmigo, viejo decrépito! —bramó el matón, hundiéndole los dedos en el pecho—. Sabemos que el empresario Vilallonga estuvo atado en ese secadero. Alguien de este muelle lo metió allí. Si no me das un nombre ahora mismo, voy a reventar esta barra con tu cabeza. ¡Habla!
En las mesas de la cantina, cuatro marineros que remendaban redes en silencio ni se inmolaron.
Levantaron la vista, cruzando una serie de miradas cómplices, sutiles y burlonas.
Nadie se levantó para defender al tabernero, nadie gritó.
Simplemente le miraban con una serenidad espeluznante, como si el ataque de los forasteros fuera un espectáculo aburrido de títeres.
—Dejen al hombre, señores —dijo Jaume desde la mesa esquinera, aspirando su pipa con total tranquilidad—.
El pobre padece de la cabeza desde que volcó su barca en el cabo.
Si buscan a un viejo de ojos claros, en este pueblo somos todos primos o hermanos.
Con este viento de tramontana, las caras se nos ponen a todos iguales.
Vuelvan a Girona, allí el hormigón es más blando que la piedra de nuestras calas.
El segundo liquidador, ciego de rabia al verse vacilado por una pandilla de ancianos rudos, caminó hacia la mesa de Jaume.
Sin mediar palabra, le arrebató la pipa de la boca de un manotazo y la estampó contra el suelo de baldosas, destrozando la madera de brezo en mil pedazos.
Sacó una navaja automática del bolsillo interior de su gabardina; el chasquido del acero al abrirse cortó el zumbido del viento exterior.
—¡Escuchadme bien, paletos de mierda! —amenazó el matón, apoyando la punta de la hoja directamente sobre la mesa, a escasos centímetros de los dedos de Jaume—.
El juego se ha terminado. Vamos a ir cooperativa por cooperativa, barca por barca.
Si tenemos que empezar a quemar los laúdes del muelle o a romperle las piernas a cada jubilado que se cruce en nuestro camino para encontrar al psicópata del mazo, lo haremos.
La constructora no va a perder millones por culpa de un viejo chalado.
¿Quién sabe dónde vive el marinero de la salazón?
Los pescadores mantuvieron el silencio. Un silencio de hierro, denso y asfixiante, la misma muralla de sal que L'Escala alzaba cada vez que los de fuera intentaban violar sus normas ancestrales.
Se hacían los desentendidos, miraban las bridas del suelo, ponían caras de no saber de qué demonios les estaban hablando, pero sus ojos seguían sonriendo de forma gélida.
Desde la ventana exterior de la cantina, el subinspector Albert Torrent observaba el despliegue con la mano apoyada en la culata de su pistola.
Los liquidadores de la mafia estaban cada vez más enfadados y se comportaban de una forma cada vez más violenta, pero el policía, al ver la calma mística de sus vecinos, comprendió la magnitud del error de los matones.
Esos hombres de ciudad creían que estaban lidiando con ancianos indefensos, sin saber que acababan de meterse por su propio pie en mitad de una cofradía de verdugos comunitarios que ya estaba calculando el peso del hierro que necesitarían para hundir sus trajes caros en el fondo del Golfo de Roses.