La Tramontana de los muertos ⚓ 30. El Pacto de Hierro
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⚓ 30. El Pacto de Hierro

El despacho del Comisario Jefe en la central de los Mossos d'Esquadra de Figueres se había transformado en un búnker de alta tensión política.

Albert Torrent permanecía sentado frente al escritorio de caoba, manteniendo la espalda recta y las manos apoyadas sobre las rodillas.

Sobre la mesa del superior reposaban, limpias y húmedas, la placa metálica y la pistola reglamentaria del agente Pablo Santana.

Frente a él, además del Comisario, se encontraban dos inspectores de la División de Asuntos Internos llegados de urgencia desde Sabadell.

La presión para que el subinspector diera explicaciones de por qué Santana había muerto era asfixiante; la pérdida de un agente en acto de servicio en mitad de una investigación por corrupción urbanística era un escándalo que el Ministerio del Interior no podía permitirse archivar a la ligera.

—Aclaremos la secuencia una vez más, Torrent —ordenó el inspector de Asuntos Internos, cruzándose de brazos—.

Santana baja solo a L'Escala por una supuesta pista técnica sobre la consola del Club Náutico.

Tú vas tras él porque intuyes que el chaval está actuando de forma temeraria fuera de la cadena de mando.

¿Y me estás diciendo que te lo encuentras ya despeñado en los acantilados de las Planasses por culpa de la nula visibilidad?

—Así fue, inspector —respondió Albert Torrent, forzando una voz monótona, vacía de emoción, la frialdad de quien ha memorizado un guion escrito con sangre—.

La tramontana soplaba a más de cien kilómetros por hora y la lluvia era torrencial.

Santana pecó de inexperto. No conocía el terreno de los acantilados calcáreos.

Bajó del coche particular para inspeccionar a pie un sendero suelto y el barro arcilloso cedió bajo sus botas.

Cuando yo llegué con las luces de posición, solo pude ver el rastro de su deslizamiento hacia el precipicio.

El mar se cobró el cuerpo en cuestión de segundos debido a la resaca fuerte.

No hubo forcejeo, no hubo terceras personas.

Fue un trágico accidente laboral provocado por los elementos de la Costa Brava.

Los auditores de Sabadell revisaron el informe forense preliminar y el peritaje del vehículo oficial.

No había huellas de lucha en la calzada, ni marcas biológicas de Carles Joan, ni un solo indicio físico que contradijera la declaración del subinspector.

La burocracia del Estado, atada por la falta de pruebas físicas en el fondo del mar, no tuvo más remedio que tragar con la versión del accidente.

Sin embargo, Albert sabía que la cortina de humo de la policía solo era la mitad del problema.

✽✽✽

No podía ser que murieran o desaparecieran sus peones corruptos y la cúpula financiera de la constructora no moviera un solo dedo para investigar qué demonios estaba ocurriendo en L'Escala.

Sabían que el dinero negro y las contratas hoteleras corrían peligro si una fuerza oculta seguía purgando sus ramificaciones.

Al mediodía de ese mismo lunes, dos hombres con trajes oscuros de corte italiano y gabardinas caras se presentaron en la cantina del puerto de L'Escala.

No eran policías de paisano ni investigadores del Estado; eran los liquidadores de la corporación del ladrillo de Girona, hombres con maletines llenos de dinero y ojos acostumbrados a la violencia financiera que venían a realizar su propia auditoría de sangre sobre el terreno.

Se sentaron en la mesa esquinera, allí donde los marineros jubilados tomaban el café corto, y comenzaron a interrogar de forma agresiva al tabernero y a los patrones de las barcas, exigiendo saber quién tenía las llaves del almacén de salazón y quién era el "viejo del puerto" que el empresario Aleix de Vilallonga había mencionado antes de quedar bajo custodia judicial.

La mafia de Girona ya no confiaba en los juzgados ni en los Mossos de Figueres; venían a cazar al justiciero de la sal por sus propios medios para proteger el complejo hotelero de las dunas.

Albert Torrent, que observaba el despliegue de los hombres de Girona desde su coche camuflado en el paseo de la playa de las Barques, sintió que el ancla de plata que guardaba en su memoria le recordaba el tamaño de su compromiso.

La investigación penal de Barcelona se estaba retirando tras la muerte de Santana, pero la guerra real entre la mafia del hormigón de la gran ciudad y el silencio sádico de L'Escala acababa de declarar su primera batalla abierta en los pantalanes.

Los corruptos querían respuestas, y Albert sabía que el mar del golfo ya estaba preparando la próxima noche de luna nueva para darles una captura que enterraría sus millones para siempre en el fondo de las Planasses.