La Tramontana de los muertos ⚓ 29. El Veredicto de la Caliza
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⚓ 29. El Veredicto de la Caliza

La lluvia caía con tal densidad que las luces de posición del coche patrulla apenas lograban cortar la negrura de la carretera de los acantilados.

El subinspector Albert Torrent permanecía estático tras el volante, con el motor al ralentí y la mirada fija en el salpicadero, donde la placa metálica y la pistola reglamentaria del agente Santana brillaban bajo el reflejo intermitente de los testigos del cuadro de mandos.

El chaval de la gran ciudad se había marchado a pie, tragándose la noche bajo el agua, decidido a reventar el Silencio del Empordà frente al fiscal de guardia de Girona.

Albert sintió que la mandíbula se le tensaba con la fuerza de un cabo de arrastre.

Si Santana llegaba a la carretera general y llamaba a la central, la cortina de humo se disiparía en cuestión de minutos.

No solo caería Carles Joan; caería la memoria de su padre, caería el equilibrio de L'Escala y él mismo terminaría sus días en el penal de Figueres.

La ley de los hombres, implacable, burocrática y ajena al dolor de la tierra, se disponía a engullir el paraíso de su infancia.

El subinspector comprendió que para salvar el entorno y proteger la Cofradía del Cilencio, el policía tenía que hacer algo definitivo para no dejar cabos sueltos.

Tenía que fabricar una verdad oficial que el sistema pudiera archivar sin hacer preguntas.

Puso el coche en marcha lentamente, avanzando sin encender las luces largas, siguiendo el rastro invisible de los pasos de su compañero entre la maleza que bordeaba el precipicio de las Planasses.

✽✽✽

A menos de medio kilómetro de allí, Pablo Santana avanzaba a trompicones por el arcén de tierra, con el agua calándole el pelo y la gabardina pesada pegándosele a las piernas como una mortaja húmeda.

La adrenalina del estallido moral comenzaba a dejar paso a un frío entumecedor.

El chaval caminaba con los dientes apretados, repitiendo mentalmente las palabras de su confesión, buscando desesperadamente aferrarse a los últimos restos de su dignidad legal.

Fue en mitad de la curva más pronunciada del acantilado, justo donde la roca caliza se cortaba a plomo sobre una caída libre de sesenta metros de altura, cuando la tempestad pareció contener el aliento. El viento de la tramontana cesó durante un segundo eterno.

Una silueta oscura y compacta apareció de forma fantasmal en mitad de la calzada, emergiendo de la cortina de agua con una naturalidad que desafiaba la física del paisaje.

Era Carles Joan. El viejo pescador no llevaba su bastón ni mostraba el menor rastro de debilidad; vestía su chubasquero de lona oscura, chorreando agua salada, y sus ojos claros destellaban en la penumbra con la fijeza gélida de un faro apagado.

No traía herramientas, ni taser, ni cuchillos de salazón.

Solo traía consigo el Silencio del Golfo.

Santana se detuvo en seco, con el corazón dándole un vuelco violento dentro del pecho. Al encontrarse desarmado, habiendo dejado su arma en el salpicadero del coche, el pánico biológico regresó con la fuerza de un impacto.

—Tú... tú estás muerto... desapareciste en el muelle —consiguió articular Santana, dando un paso hacia atrás, sintiendo que sus talones ya rozaban las piedras sueltas del borde del precipicio.

—El mar de L'Escala no devuelve lo que necesita, muchacho —susurró el viejo pescador, con una voz melódica y rotunda que parecía brotar de las propias entrañas de la roca—.

Te lo advertí en la barca: aquí tus leyes de papel no tienen peso.

Has intentado romper el nudo marinero que protege la costa.

Has elegido el bando de los corruptos que traen el veneno a la sal.

—¡Yo sigo la ley! —gritó Santana, desesperado, buscando un espacio para esquivarlo—. ¡Prefiero la cárcel a ser un monstruo como vosotros!

Carles Joan no atacó. No hizo falta. Dio un solo paso al frente, alzando una mano curtida por la salmuera en un ademán que pareció convocar una racha súbita de la tramontana.

En ese mismo instante, los faros del coche patrulla de Albert Torrent aparecieron tras la curva, iluminando la escena con un haz de luz cegador.

El destello repentino desorientó a Santana.

Al intentar dar un paso lateral para huir de la silueta del viejo, sus zapatos resbalaron de forma catastrófica sobre el barro arcilloso y la grava suelta que bordeaba la regala del acantilado.

El chaval perdió el equilibrio de golpe.

Emitió un grito ahogado, un sonido seco que el viento cortó de inmediato, mientras su cuerpo caía al vacío, despeñándose rítmicamente contra las salientes de piedra caliza antes de ser tragado por el oleaje feroz que rompía con violencia en la base de las Planasses.

✽✽✽

Albert Torrent frenó el vehículo en seco y bajó del habitáculo a trompicones, corriendo hacia el borde del precipicio con la linterna encendida.

Barrió la negrura del abismo con el foco; abajo, las olas de espumeante agua negra chocaban contra las rocas vivas, devorando cualquier rastro biológico en cuestión de segundos.

Santana se había retirado de la faz de la tierra para siempre, convertido en un desecho más de la fosa del golfo.

El subinspector se giró despacio, buscando la silueta de Carles Joan, pero la calzada estaba completamente desierta. El viejo pescador se había disuelto de nuevo entre los pinos y la cortina de lluvia, dejándole solo frente al vacío.

Albert se pasó una mano temblorosa por el rostro empapado, asimilando la realidad forense de lo que acababa de presenciar.

No había huellas de forcejeo, no había marcas de violencia en el barro; la naturaleza y el azar se habían aliado para ejecutar la limpieza.

Con una frialdad quirúrgica que denotaba que su mente ya pertenecía por completo a la ley de la tierra, Albert regresó al coche patrulla.

Tomó la pistola reglamentaria de Santana y su placa de los Mossos d'Esquadra.

Confeccionó mentalmente el informe preliminar que presentaría ante la Jefatura de Figueres a primera hora de la mañana: el joven agente Pablo Santana, abrumado por el estrés postraumático de la investigación criminal y desorientado por la nula visibilidad de la tramontana, había tenido un trágico accidente por el acantilado durante una ronda de reconocimiento rutinaria en las Planasses.

Encontraron sus pertenencias en el vehículo oficial, pero el mar se había cobrado su cuerpo.

La verdad oficial quedaba sellada, limpia de cabos sueltos para el Estado, mientras Albert Torrent ponía el coche en marcha con destino al muelle viejo, sabiendo que el precio de salvar el paraíso de L'Escala acababa de cobrarse la vida de su propio compañero.