La Tramontana de los muertos ⚓ 28. La Fractura del Cristal
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⚓ 28. La Fractura del Cristal

El silencio dentro del coche patrulla era tan denso que el zumbido de la radio policial parecía un zarpaje constante contra los nervios de los dos hombres.

Albert Torrent conducía de regreso a la comisaría de Figueres, manteniendo la vista fija en los adoquines mojados que reflejaban la luz mortecina de las farolas de L'Escala.

A su lado, el agente Santana permanecía inmóvil, con la mirada perdida en la cortina de lluvia que golpeaba el parabrisas.

De repente, sin previo aviso, Santana estiró el brazo y golpeó el salpicadero con el puño cerrado. El impacto hizo crujir el plástico del salpicadero.

—Para el coche, Torrent. Para este puto coche ahora mismo —la voz de Santana no era un susurro paranoico; era una orden quebrada, afilada por un límite psicológico que acababa de estallar.

Albert frenó en seco, dejando el vehículo cruzado en el arcén de tierra batida, justo bajo las siluetas de los pinos que custodiaban la entrada a las ruinas de Empúries. El motor quedó al ralentí, vibrando rítmicamente contra la tempestad.

—¿Qué te pasa, Pablo? —preguntó Albert, girándose hacia él con el entrecejo arrugado—. Si los inspectores de Barcelona ven que nos detenemos aquí...

—¡Me da igual Barcelona, me das igual tú y me da igual este maldito pueblo de locos!

—bramó Santana, volviéndose hacia su superior con las pupilas completamente dilatadas y el rostro desencajado—.

Se acabó, Albert. Me echo atrás. No pienso dar un solo paso más en esta ciénaga.

No voy a seguir con esta doble vida de mierda.

El subinspector intentó ponerle una mano en el hombro para calmar el estallido, pero el joven agente la apartó de un manotazo violento, abriendo la puerta del coche para dejar que el viento gélido de la tramontana y la lluvia inundaran el habitáculo.

—Yo juré una placa, Torrent. ¿Entiendes lo que significa eso para mí?

—gritó Santana, con la voz rota por las lágrimas de frustración que comenzaban a mezclarse con el agua de la lluvia en sus mejillas—.

Yo juré por la ley. Juré proteger a los débiles, juré limpiar las calles de criminales, pero siguiendo las malditas normas del juego.

No convirtiéndome en el juez, en el jurado y en el verdugo.

Entré en este cuerpo para meter a los corruptos en prisión, no para ver cómo un viejo sádico los abre en canal en búnkeres militares mientras yo le borro las huellas digitales del radar y le ato las barcas en el muelle.

¡Eso no es justicia, Albert! ¡Eso es una carnicería salvaje!

Albert Torrent contempló a su compañero, sintiendo que la rigidez institucional del chico de la gran ciudad regresaba con la fuerza de un resorte oxidado que se rompe.

El factor humano de la posidonia y el asma de su hermana le habían ablandado durante unas horas, pero el horror real del concejal flotando en las Medas y las sonrisas cómplices de los pescadores habían provocado un cortocircuito definitivo en su psicología. El cristal se había fracturado.

—Pablo, escúchame... Si vas al juez ahora, la mafia del ladrillo se irá de rositas y nosotros terminaremos en el penal de Figueres antes del amanecer —advirtió Albert con un tono sombrío, gélido y desesperado—. Ya no hay marcha atrás. Estás dentro del nudo marinero.

—Pues que me encierren —sentenció Santana, sacando su pistola reglamentaria del cinturón con movimientos mecánicos y depositándola con desprecio sobre el salpicadero, junto a su placa metálica de los Mossos d'Esquadra—.

Prefiero pudrirme en una celda sabiendo que soy un policía que cometió un error, a seguir caminando por la calle recibiendo las sonrisas de complicidad de una secta de marineros asesinos.

Mañana a primera hora voy a presentarme ante el fiscal de guardia de Girona.

Voy a cantarlo todo. Lo del almacén, lo de la pipa, lo del radar...

todo. Voy a salvar los últimos restos de mi dignidad, Torrent.

Aunque tenga que destruir este pueblo para conseguirlo.

Santana bajó del coche patrulla dando un portazo ensordecedor y comenzó a caminar a pie bajo la tormenta en dirección a la carretera general, dejando su placa y su arma atrás sobre el plástico húmedo.

El ritmo de la historia acababa de cambiar de forma radical e imprevisible: el cómplice individual se había revelado, la cortina de humo se desmoronaba y Albert Torrent se quedaba solo en mitad de la noche, sosteniendo los trozos rotos de una investigación que ya no conducía a un asesino solitario, sino a una guerra abierta entre la ley del Estado y el silencio sangriento de toda L'Escala.