La Tramontana de los muertos ⚓ 27. La Cofradía del Silencio
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⚓ 27. La Cofradía del Silencio

La tramontana soplaba ahora con un silbido bajo y constante, barriendo los adoquines húmedos del casco antiguo y levantando un olor penetrante a brea, algas podridas y salitre estancado.

El subinspector Albert Torrent y el agente Santana caminaban despacio por el paseo de la playa de las Barques, con las manos hundidas en los bolsillos de sus gabardinas y los ojos entrecerrados para protegerse de la arena que el viento arrastraba desde los espigones.

Su misión oficial, redactada en los informes de la central de Figueres, era rutinaria: realizar un control de vecindario en L'Escala, interrogando a los lugareños en busca de algún testigo que hubiera visto un coche sospechoso o un movimiento de embarcaciones extraño relacionado con el cruel asesinato del concejal de Urbanismo.

Sin embargo, a medida que se adentraban en el laberinto de callejones que rodeaba el puerto pesquero viejo, una atmósfera densa, pesada y asfixiante comenzó a envolverlos. No era el frío del norte lo que les erizaba la piel; era el comportamiento de la gente del pueblo.

Se detuvieron primero en la puerta de la lonja, donde un grupo de marineros jubilados remendaba redes alrededor de un brasero de carbón.

Cuando Albert se acercó para preguntar si alguien había pernoctado en los muelles la noche anterior, el murmullo de la conversación cesó de golpe.

Los viejos lobos de mar levantaron la vista de forma unísona.

No había miedo en sus rostros surcados de arrugas, ni la desconfianza habitual que los lugareños muestran ante la policía de paisano.

Lo que había en sus pupilas claras y curtidas por la sal era una mirada cómplice, sutil y burlona.

—Nadie sale a la mar con esa fuerza de tramontana, subinspector —respondió Jaume, el estibador jubilado, esbozando una sonrisa mansa y cargada de dobles sentidos mientras limpiaba la cazoleta de su pipa—.

El mar de L'Escala se vuelve muy traicionero para los que tienen los bolsillos llenos de dinero sucio.

La corriente de las Medas limpia muy bien los fondos cuando hace falta.

Deberían buscar a los culpables en las autopistas de Girona, no en nuestras barcas.

Los demás pescadores asintieron en un silencio absoluto, volviendo a sus agujas de madera con una parsimonia quirúrgica. Nadie preguntó por Carles Joan, nadie mostró sorpresa por el destino del concejal. Era como si todo el pueblo hubiera leído un guion que los dos policías desconocían.

✽✽✽

Albert y Santana continuaron el paseo hacia la plaza de la Iglesia, sintiendo que cada ventana, cada porticón entornado y cada tendero que limpiaba el mostrador les seguía con la misma fijeza silenciosa.

Santana, el chaval de la gran ciudad, comenzó a acelerar el paso, abrumado por la paranoia colectiva que flotaba en el aire.

—Subinspector... esto me está poniendo los pelos de punta —susurró Santana, mirando de reojo a una pareja de ancianas que les observaba desde un banco con una serenidad espeluznante—.

No nos miran como si fuéramos la autoridad.

Nos miran como si supieran perfectamente lo que hicimos en la barca de Carles Joan.

Como si aprobaran que hayamos ocultado las pruebas.

Albert Torrent no respondió, pero sintió que el amuleto de plata que guardaba en su propia memoria familiar se volvía de plomo.

Al detenerse en la taberna del puerto para pedir información sobre los accesos por carretera de la noche anterior, el tabernero les sirvió dos cafés cortos sin que hubieran llegado a pedirlos, dedicándoles una reverencia casi imperceptible con la cabeza.

—Invita la casa, subinspector Torrent —dijo el hostelero con una voz melódica y gélida—.

Su padre estaría muy orgulloso de ver cómo cuida usted de las aguas de L'Escala.

Aquí sabemos quiénes son los buenos hijos de la sal.

No se cansen buscando huellas en los caminos.

El viento de la tramontana ya se ha encargado de borrar todo lo que no pertenecía al pueblo.

Albert clavó la mirada en el hombre, sintiendo que el suelo de la taberna se desmoronaba bajo sus pies.

El giro apoteósico e inesperado comenzaba a tomar una forma monstruosa en su cabeza: la sospecha individual que habían mantenido sobre Carles Joan como un asesino en serie solitario se estaba desintegrando por segundos.

La red de encubrimiento, el desvío de los radares y la oportuna coartada del viejo desaparecido no eran el fruto de la suerte o del error técnico de la policía.

L'Escala entera parecía estar blindando el matadero marino de las Planasses.

Los dos policías, que creían haberse corrompido de forma aislada para proteger la memoria de un anciano desvalido, acababan de comprender que eran simples peones atrapados dentro de una confabulación comunitaria ancestral incrustada en las raíces del propio municipio, una cofradía del silencio que los miraba caminar con una sonrisa cómplice mientras el mar del golfo seguía cobrándose sus deudas en la oscuridad.