⚓ 26. La Coartada del Ausente
El aire en la comisaría de Figueres era tan denso que casi podía cortarse con un cuchillo de salazón.
Los inspectores de la Unidad Central de Desaparecidos de Barcelona habían recogido gran parte de sus terminales informáticos, frustrados por el informe técnico de cortocircuito que el agente Santana les había puesto sobre la mesa.
La teoría del fallo del sistema debido a la filtración salina en el puerto de L'Escala había desactivado la urgencia política de los mandos de la capital.
Estaban a punto de marcharse, dejando el caso bajo la jurisdicción local de un aliviado Albert Torrent.
Fue en ese preciso instante de calma chicha cuando el teletipo de emergencias de la Guardia Civil de Mar de l'Estartit hizo saltar por los aires los plomos de la jefatura.
«Atención, central de Figueres. Localizado cadáver flotando en las inmediaciones de la Reserva Marina de las Islas Medas.
El cuerpo presenta signos evidentes de violencia macabra y ensañamiento.
Identificado de forma preliminar como el concejal de Urbanismo del Ayuntamiento de L'Escala, huido de la prensa tras el escándalo de los sobornos inmobiliarios. »
Albert Torrent sintió que la sangre se le convertía en granizados de sal dentro de las venas.
Miró de reojo a Santana, cuyo rostro palideció hasta adquirir el color de la cal de las paredes.
La maquinaria de la purga marina seguía en marcha, pero la realidad matemática de ese nuevo crimen planteaba una paradoja física espeluznante: el concejal había sido asesinado y arrojado al agua esa misma madrugada, justo durante las horas en que Torrent y Santana sabían, con certeza absoluta, que Carles Joan había desaparecido por completo del puerto tras el golpe de mar.
El viejo pescador estaba huido, su barca L'Estima estaba fría y bajo la custodia vigilante de los de Barcelona, y su casa del casco antiguo permanecía completamente desierta.
El inspector jefe de la capital detuvo su marcha hacia el aparcamiento, arrojando el maletín sobre la mesa de Torrent con un golpe seco que retumbó en todo el despacho.
—¡Me habías dicho que el pueblo estaba tranquilo, Torrent!
—bramó el mando de Barcelona, con las pupilas inyectadas en rabia—.
El principal implicado político en la trama de los sobornos de Vilallonga aparece flotando con el estómago abierto en las Medas tres horas después de que cerremos los puertos.
Esto ya no es un secuestro fortuito. Es una limpieza de testigos en toda regla ejecutada por un profesional.
—Inspector jefe, la línea de investigación sobre el viejo pescador, el tal Carles Joan, queda completamente descartada con este nuevo hecho —interrumpió Santana, dando un paso al frente con una soltura desesperada, utilizando la propia desaparición de Carles como su mejor escudo defensivo—.
Mis hombres confirmaron que la barca de ese anciano no se movió del muelle viejo en toda la noche y que él ni siquiera se encuentra en condiciones físicas de navegar hasta las Medas bajo un temporal de tramontana de cien kilómetros por hora.
Quienquiera que haya liquidado al concejal, ha tenido que usar una embarcación de gran tonelaje equipada con motores cabinados de alta mar para resistir el oleaje del golfo.
El viejo Joan queda libre de toda sospecha técnica.
Físicamente, es imposible que haya estado en dos sitios a la vez.
El mando de la capital apretó los dientes, sopesando los datos objetivos de la capitanía marítima.
La realidad forense y los registros de amarras obligaban a la Unidad Central a caer por completo en la trampa logística, descartando a Carles Joan como el sospechoso principal de la matanza.
Para la policía del Estado, el anciano de la salazón volvía a ser simplemente un jubilado desvalido con artritis severa que dormía ajeno a las conspiraciones de la comarca.
La investigación criminal se fragmentaba de nuevo hacia los entornos oscuros de los sicarios de la mafia del ladrillo de Girona, pero Albert Torrent, mientras firmaba las órdenes de levantamiento del cadáver, sentía una paranoia asfixiante golpeándole las sienes.
Si Carles Joan estaba desaparecido de la faz de la tierra y su barca estaba precintada en el puerto...
¿quién demonios acababa de abrir en canal al concejal de Urbanismo en mitad de la noche?
El monstruo de L'Escala ya no tenía el rostro de un solo hombre, y los dos policías, atrapados en sus propias mentiras de encubrimiento, comenzaron a comprender que el Silencio del pueblo ocultaba un abismo mucho más profundo de lo que su cordura individual era capaz de soportar.