⚓ 25. El Silencio de los Pantalanes
El agua de la lluvia se colaba por los puños del chubasquero de Albert Torrent mientras ayudaba a Santana a subir de nuevo al pantalán flotante.
El laúd L'Estima, con las amarras sueltas, cabeceaba a la deriva en el canal interior del puerto pesquero, golpeando de forma sorda su casco de madera contra la pasarela.
No había rastro de Carles Joan. El mar se lo había tragado o los callejones del casco antiguo lo habían devorado en cuestión de segundos.
—Subinspector... ¿Qué hacemos con la barca? —preguntó Santana, con la voz quebrada por el frío y el hilo de sangre que le bajaba por la sien—. Si los de Barcelona la ven flotando a la deriva y vacía, se desatará el pánico. Sabrán que estuvimos aquí. Sabrán que el viejo ha huido.
Torrent miró hacia el fondo del puerto deportivo, donde los potentes focos halógenos de la Unidad Central de Desaparecidos cortaban la cortina de agua a menos de un kilómetro.
No tenían tiempo. Si los inspectores de la capital decidían adelantar el peinado del muelle viejo, los cazarían en mitad de una escena del crimen manipulada.
—Sube a bordo, Santana. Rápido —ordenó Albert, saltando de nuevo a la cubierta mojada—.
Tenemos que amarrar L'Estima firmemente, borrar nuestras huellas y dejar el tambucho cerrado.
Nadie puede saber que la barca ha sido tocada esta noche.
Si nos preguntan, estuvimos inspeccionando los caminos rurales del norte buscando el coche del biólogo. Es nuestra única coartada.
Trabajaron con una sincronización frenética y muda, espoleados por el miedo a ser descubiertos por sus propios compañeros.
Santana utilizó un trapo para limpiar cualquier rastro de su propia sangre en el mamparo de madera noble donde se había golpeado, mientras Torrent aseguraba las amarras de proa y popa al bolardo de hierro del muelle con los nudos tradicionales que su padre le había enseñado.
Cerraron la portezuela del tambucho, dejando el quinqué apagado y las bridas industriales ocultas en la penumbra de la cabina.
Para un ojo inexperto que pasara por el pantalán, la barca de Carles Joan parecía simplemente otra embarcación tradicional descansando bajo el azote de la tempestad.
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Cuando el utilitario particular de Santana regresó al aparcamiento del Club Náutico, los dos policías de paisano se tomaron un milisegundo para mirarse al espejo retrovisor antes de bajar del vehículo.
Tenían las ropas empapadas, los rostros pálidos y las manos entumecidas, pero lo que verdaderamente les unía era una fractura moral irreversible.
El chico de la gran ciudad y el subinspector arraigado a la tierra acababan de cruzar juntos la línea de la legalidad; ya no importaba quién había saboteado el radar o quién había ocultado la pipa, ambos eran prisioneros del Silencio de L'Escala.
Al cruzar la puerta acristalada de la improvisada sala de control, el ambiente que se encontraron era de un descontrol absoluto.
El inspector jefe de Barcelona caminaba de un lado a otro del comedor de caoba, gritando órdenes por su teléfono corporativo, mientras dos técnicos informáticos tecleaban con furia en sus ordenadores portátiles.
—¡Me da igual lo que digan en Sabadell! —bramaba el mando de la capital por la línea telefónica—. ¡Quiero que se verifique el servidor perimetral ahora mismo! Hemos tenido un desfase de datos en las transmisiones de radio del sector norte.
Santana dio un paso al frente, asumiendo su papel en el teatro policial con una soltura que sorprendió al propio Torrent.
—Inspector jefe, acabamos de regresar del peritaje técnico en los repetidores del norte y de la consola local del puerto —anunció Santana, manteniendo la voz firme a pesar del dolor de su brecha en la frente—.
Las sospechas del subinspector Torrent eran correctas.
La tormenta de tramontana ha provocado un cortocircuito por filtración de agua salina en la caja de conexiones del pantalán secundario.
Eso explica el parpadeo de las cámaras y el error en los metadatos del radar.
No ha habido manipulación humana desde el interior de la comisaría, el código del subinspector quedó registrado por un bucle del propio software de seguridad al intentar reconectarse de forma automática.
El informe de Sabadell estaba sesgado por un fallo del sistema físico.
El inspector jefe de Barcelona se detuvo en seco, bajando el teléfono despacio mientras procesaba la información técnica que el joven agente le brindaba.
Miró a Torrent, fijándose en su postura rígida, y luego a Santana, analizando la seguridad con la que defendía a su superior.
La ambición por encontrar una red criminal internacional comenzó a flaquear ante la aplastante realidad de un supuesto fallo técnico provocado por los elementos de la Costa Brava.
—¿Estás seguro de eso, Santana? —preguntó el jefe, entornando los ojos—. ¿El laúd L'Estima no se movió de su amarre entonces?
—Confirmado, señor —mintió Santana sin pestañear, sellando su propia corrupción ante el mando del Estado—.
La barca está amarrada en el muelle viejo, fría y cubierta por las lonas.
El viejo pescador está en su casa del casco antiguo durmiendo.
Hemos perdido el tiempo persiguiendo un fantasma digital.
El biólogo tuvo que ser sacado por carretera o en una embarcación de gran tonelaje desde aguas abiertas, fuera de nuestra jurisdicción costera.
Albert Torrent soltó el aire que contenía en los pulmones, sintiendo que la pipa de brezo oculta en su despacho seguía a salvo del radar de la capital.
El sabotaje de la memoria había funcionado a la perfección gracias al giro del factor humano.
Habían ganado una tregua con la policía de Barcelona, salvando la piel de su cómplice invisible, pero al mirar el mar embravecido a través del gran ventanal acristalado, Albert se dio cuenta de que Carles Joan seguía libre en mitad de la noche, y que la marea de L'Escala aún guardaba muchos secretos por desenterrar.