La Tramontana de los muertos ⚓ 24. El Latigazo de la Tramontana
60%

⚓ 24. El Latigazo de la Tramontana

El espacio confinado de la cabina de L'Estima vibraba bajo la presión del aire estancado y la tensión de las dos armas implícitas: la pistola reglamentaria en las manos temblorosas de Santana y el cuchillo de desosar en el puño de piedra de Carles Joan.

Las palabras del viejo pescador sobre la hermana enferma del joven agente y el arsénico que envenenaba las Planasses habían detonado una crisis moral absoluta en la mente del chico de Barcelona.

El cañón de la pistola oscilaba milimétricamente, incapaz de decidir si proteger la ley penal del Estado o la ley biológica de la tierra.

Fue en ese segundo exacto de parálisis psicológica cuando la escotilla del tambucho se abrió de golpe, permitiendo que una ráfaga de lluvia y viento gélido entrara en la cabina, apagando de un soplido la llama parpadeante del quinqué de aceite. La penumbra se volvió casi líquida.

El subinspector Albert Torrent irrumpió en la cabina, empapado, con el rostro demudado por la carrera contrarreloj tras burlar su arresto en Figueres. Llegaba con el corazón saliéndole del pecho, listo para interponerse entre la placa de su compañero y el acero del asesino.

—¡Santana, baja el arma! ¡Carles, ni te muevas! —bramó Torrent, encendiendo su linterna, cuyo haz de luz blanca comenzó a saltar salvajemente entre los rostros de los tres hombres.

—¡No te metas, Torrent! —gritó Santana sin apartar los ojos del viejo—. ¡Este hombre ha confesado! ¡Mató al biólogo! ¡Sé lo del ácido! Pero también sé lo que ese monstruo le estaba haciendo al agua de este pueblo... Dios mío, no sé qué hacer...

—Si le detienes ahora, Santana, nos hundimos todos —replicó Torrent, dando un paso hacia el centro de la cabina, tratando de calmar el pulso de su compañero—.

Los de Barcelona están peinando los muelles.

Si descubren que saboteé el radar y que tú sabías la verdad, terminaremos en celdas vecinas mientras la constructora hormigona las dunas. Baja la pistola, Pablo. Por favor.

El laúd cabeceaba con una violencia creciente, golpeando sus cuadernas de madera contra los neumáticos del pantalán. Pero la verdadera tempestad no venía del cielo, sino del propio mar de L'Escala, que parecía negarse a dejar que su guardián fuera capturado por las leyes de los hombres.

De repente, una anomalía absoluta en la marea sacudió el puerto.

No fue una racha de viento ordinaria; fue un golpe de mar imprevisto, una ola colosal y traicionera nacida del oleaje profundo del Golfo de Roses que entró directamente por la bocana del muelle viejo, embistiendo la línea de flotación de L'Estima con la fuerza de un ariete hidráulico.

El impacto fue brutal y sorprendente. El laúd catalán sufrió una escora violentísima de más de cuarenta grados hacia babor. El movimiento fue tan repentino que destruyó por completo el equilibrio de los tres hombres en el minúsculo espacio de la cabina:

El agente Santana salió despedido hacia un lado, golpeándose la cabeza contra el mamparo de madera noble con un sonido seco. La pistola se le resbaló de los dedos entumecidos por el frío, rodando por el suelo de la cabina hacia la penumbra del plan de popa.

Albert Torrent intentó agarrarse a las literas laterales, pero el haz de su linterna salió despedido hacia el techo, iluminando el espacio en un ángulo caótico antes de caer al suelo y parpadear de forma errática entre los charcos de agua de lluvia.

En mitad de ese caos líquido, oscuridad y estruendo de madera crujiendo, la agilidad de Carles Joan volvió a desafiar sus supuestos ochenta años de edad.

El viejo pescador, que llevaba toda la vida asimilando los bandazos del mar en sus piernas, utilizó la inercia de la propia ola para impulsarse hacia el umbral del tambucho.

Antes de que Torrent pudiera recuperar el equilibrio o Santana pudiera incorporarse del suelo frotándose la sien ensangrentada, la silueta oscura del delantal de cuero cruzó los peldaños de madera con una rapidez felina.

Cuando Albert Torrent consiguió ponerse en pie y asomarse a la cubierta bajo el azote inmisericorde de la lluvia, la escena que se encontró en el muelle viejo le dejó con el corazón congelado.

La escotilla de L'Estima estaba abierta de par en par.

En el suelo de la cubierta flotaban las bridas de nailon industriales y el trapo impregnado en lejía, pero en el pantalán flotante no había nadie.

Las amarras de proa de la embarcación habían sido soltadas limpiamente, permitiendo que el laúd comenzara a derivar lentamente hacia las aguas oscuras del interior del puerto deportivo.

Torrent barrió el pavimento de hormigón con el haz de su linterna, buscando desesperadamente el chubasquero oscuro o el caminar parsimonioso del viejo pescador entre los contenedores de redes y las casetas de madera de los marineros.

Pero la negrura de las tres de la mañana y la cortina de agua de la tramontana eran absolutas.

Carles Joan se había desvanecido por completo en mitad del golpe de mar, como si la propia marea del Empordà lo hubiera reclamado y disuelto entre la espuma y la noche de L'Escala.

Santana subió a la cubierta a trompicones, sujetándose la cabeza con una mano y empuñando la pistola recuperada con la otra, mirando a su alrededor con los ojos desorbitados por el pánico y la frustración.

El asesino solitario, el guardián de la sal, acababa de desaparecer de la faz de la tierra en el momento más crítico de la investigación, dejando a los dos policías solos en mitad del muelle viejo, con el agua al cuello y el peso de una complicidad delictiva que ya nunca podrían borrar de sus uniformes.