⚓ 23. La Última Marea
El utilitario particular del agente Pablo Santana cruzó el arco de entrada al puerto pesquero de L'Escala a las tres de la madrugada.
La lluvia, densa y furiosa, golpeaba el parabrisas con tal fuerza que los limpiaparabrisas apenas daban abasto.
Santana apagó las luces del vehículo mucho antes de aproximarse al muelle viejo, dejando que la silueta del coche se camuflara entre los contenedores de redes industriales y las sombras de las casetas de los pescadores.
El chaval de la gran ciudad bajó del coche ajustándose el cuello del impermeable, sintiendo cómo el frío húmedo de la Costa Brava le calaba instantáneamente hasta los huesos.
El aire apestaba a yodo, a gasoil y a una premonición oscura que le encogía el estómago.
El muelle viejo presentaba una estampa fantasmal.
Las lanchas y las patrullas de los inspectores de Barcelona se encontraban concentradas en la zona del club náutico moderno, a casi un kilómetro de distancia, confiadas en el precinto electrónico de la lista de sospechosos.
Nadie vigilaba las viejas embarcaciones tradicionales de madera.
Santana avanzó a paso lento, con la linterna apagada en la mano izquierda y los dedos de la derecha rozando el acero de su arma oculta bajo la lona húmeda de la chaqueta.
Sus botas resonaban con un crujido sordo sobre el pavimento de hormigón cubierto de escamas secas y costras de sal.
Al final del pantalán secundario, cabeceando de forma rítmica y pesada contra los neumáticos de protección, aguardaba L'Estima.
El laúd catalán de madera noble parecía un animal marino dormido en mitad de la tempestad.
Sin embargo, Santana detectó una anomalía que hizo que se le congelara la sangre en las venas: una levísima luz amarillenta, temblorosa y clandestina, se filtraba a través de las rendijas del tambucho de la cabina de proa.
El viejo estaba a bordo. Y no estaba durmiendo.
✽✽✽
Santana saltó a la cubierta de madera con una agilidad silenciosa que sorprendió a su propio miedo.
El laúd se balanceó ligeramente bajo su peso, pero el rugido ensordecedor de la tramontana y el azote de la lluvia ahogaron el impacto de sus botas.
Con el pulso latiéndole con violencia en las sienes, el joven agente empujó la portezuela de madera del tambucho y descendió los tres peldaños hacia el interior de la cabina.
El espacio era minúsculo, asfixiante y gélido.
Olía a una mezcla letal de salmuera vieja, desinfectante puro y el aroma rancio del tabaco de galera.
Iluminado apenas por el parpadeo de un viejo quinqué de aceite, Carles Joan se encontraba de espaldas, inclinado sobre una pequeña mesa de madera atornillada al mamparo.
Vestía su delantal de cuero grueso, manchado de fluidos secos.
Con una meticulosidad quirúrgica que ponía los pelos de punta, el viejo pescador estaba frotando la hoja de un enorme cuchillo de desosar tradicional con un trapo empapado en lejía pura.
A su lado, sobre una lona impermeable, reposaban varias bridas industriales de nailon idénticas a las que Santana había fotografiado en la escena del secuestro.
El teatro de la artritis había terminado. Las manos del anciano, que horas antes temblaban con debilidad fingida frente al bastón en el Carrer del Mar, se movían ahora con una firmeza magnética, agarrando el mango de madera del cuchillo con una fuerza funcional y descomunal.
—Es un instrumento hermoso, ¿verdad, muchacho?
—dijo Carles Joan sin darse la vuelta, con una voz calmada, melódica y rotunda que cortó el zumbido del motor de la tormenta exterior—.
La sal lo oxida todo en este muelle, pero si sabes cómo cuidarlo y limpiarlo con el esmero adecuado, el acero siempre permanece fiel a su propósito.
Santana dio un paso atrás, sintiendo que la espalda le chocaba contra la estructura de madera del tambucho. Desenfundó su pistola reglamentaria de un tirón, apuntando directamente al centro del delantal de cuero del viejo pescador.
—¡Quieto! ¡Suelte el cuchillo y ponga las manos sobre la mesa! ¡Ahora mismo, Joan! —bramó el joven agente, con la voz quebrada por la adrenalina pura.
Carles Joan dejó el trapo con parsimonia, giró el cuerpo despacio y clavó sus pupilas claras y vacías de miedo en el joven policía. Sostuvo el cuchillo de desosar apuntando hacia el suelo, manteniendo una calma sobrenatural que desarmó por completo la agresividad del chaval de Barcelona.
—Albert Torrent te lo advirtió en mi casa, muchacho —susurró el viejo, con una sonrisa mansa y gélida—.
Un hombre de mi edad es inofensivo hasta que la tierra le exige limpiar la costa.
No deberías haber venido solo a L'Escala.
Aquí tus leyes de papel no tienen peso. Aquí solo importa la salud del mar.
—Sé lo del biólogo, Joan —dijo Santana, con el cañón de la pistola temblando ligeramente mientras rememoraba los informes de los vertidos químicos—.
Sé que cobró ochenta mil euros de la mafia de Girona para firmar que el arsénico y el plomo eran inocuos para las Planasses.
Mi hermana pequeña no puede respirar cuando el aire se contamina en la ciudad, sé el monstruo que era ese técnico.
Pero tú no eres la justicia, viejo loco.
Lo que hiciste en ese búnker es un asesinato sádico.
No voy a dejar que sigas purgando este pueblo a base de ácido y acero.
Carles Joan dio un paso corto al frente, acortando la distancia en el minúsculo espacio de la cabina. El destello del ancla de plata de su cuello brilló bajo el quinqué.
—Yo no busco ser la justicia de los hombres, Pablo Santana —respondió el viejo, clavando sus ojos en los del chico—.
Busco ser el filtro que vuestra ley corrupta no se atreve a aplicar.
Si me pones esos grilletes hoy, mañana el informe del veneno seguirá vigente, los yates de lujo destruirán las posidonias y L'Escala morirá bajo una mortaja de plomo.
Mírame bien. ¿Vas a disparar para proteger el dinero negro de una constructora o vas a dejar que el mar de L'Escala siga teniendo a su guardián?
El debate moral, inyectado por la motivación personal de su hermana enferma y el asco visceral hacia la corrupción inmobiliaria, estalló en la mente de Santana.
El joven agente se encontró atrapado exactamente en el mismo abismo psicológico que había destrozado al subinspector Torrent.
El arma comenzó a pesarle una tonelada en las manos y la cabina de L'Estima se llenó de un suspense denso, gélido y ávido de más, mientras el agua de la lluvia se colaba por las rendijas, sellando el destino del policía ante la ley de la tierra.