⚓ 22. El Factor Humano
La lluvia repiqueteaba contra los cristales del despacho con la insistencia de un metrónomo.
El inspector jefe de la Unidad Central de Desaparecidos estiró el brazo para alcanzar el teléfono corporativo, dispuesto a marcar el número del juzgado de guardia y de la División de Asuntos Internos de Sabadell.
La carrera de Albert Torrent estaba terminada; la maquinaria del Estado se preparaba para engullir a uno de sus propios hijos.
—Santana —dijo el mando de la capital, sin apartar los ojos de la pantalla—.
Baja al aparcamiento y ordena a la patrulla que custodie el coche del subinspector.
Que nadie toque el vehículo hasta que llegue el equipo de registro.
Y tú, Torrent, saca tu arma reglamentaria y colócala sobre la mesa. Despacio.
Albert Torrent sintió que el tiempo se ralentizaba.
Llevó la mano derecha hacia el cinturón, rozando la culata fría de su pistola de dotación.
Sus ojos se cruzaron con los del agente Santana.
El chaval de la gran ciudad, el que se quejaba de la tramontana y del aburrimiento de los pueblos costeros, permanecía extrañamente inmóvil.
En su mirada ya no había la soberbia de los primeros días, sino un abismo de dudas que amenazaba con devorarlo.
—Inspector jefe —interrumpió Santana, dando un paso al frente de forma imprevista—. Antes de llamar a Asuntos Internos, creo que deberíamos revisar la terminal del Club Náutico una vez más.
El mando de Barcelona se detuvo con el dedo suspendido sobre el teclado del teléfono. Arrugó el entrecejo, visiblemente molesto por la interrupción de su subordinado.
—¿De qué hablas, Santana? El informe de Sabadell es definitivo. El código utilizado es el de Torrent.
—Lo sé, señor —la voz de Santana flaqueó un milisegundo, pero recuperó la firmeza con una rapidez asombrosa—.
Pero recuerde que la noche del secuestro de Vilallonga, las cámaras del puerto sufrieron un sabotaje desde la consola local.
Alguien del Club Náutico manipuló el sistema.
Si esa misma persona consiguió clonar o sustraer de alguna manera la tarjeta magnética del subinspector Torrent durante su patrulla por los pantalanes, el registro del servidor estaría falseado.
Si detenemos a Torrent ahora, alertaremos al verdadero saboteador y perderemos el laúd L'Estima.
Albert Torrent miró a su compañero, conteniendo la respiración.
Sabía perfectamente que Santana no creía en esa absurda teoría de la clonación de tarjetas; el chaval le había visto la mandíbula hinchada, le había visto manipular los ordenadores en penumbra y sabía que ocultaba la pipa del viejo.
Santana le estaba tendiendo un salvavidas en mitad de la tormenta.
Estaba mintiendo a su propio jefe para ganar tiempo.
El inspector jefe de Barcelona contempló a ambos policías de paisano, sopesando las palabras del agente. La ambición política de cerrar el caso con una red criminal internacional seguía pesando más en su cabeza que el arresto administrativo de un subinspector regional.
—Está bien —cedió el mando de la capital, retirando la mano del teléfono con un gruñido—.
Santana, baja tú mismo a L'Escala con el equipo informático y verifica la consola local del Club Náutico.
Torrent, quédate en este despacho. Considérate bajo arresto preventivo en dependencias.
Si los análisis de Santana no confirman una intrusión externa en las próximas dos horas, la fiscalía firmará tu orden de ingreso en prisión antes del amanecer. Muévete, Santana.
✽✽✽
El pasillo de la comisaría estaba desierto cuando Santana recogió su chaqueta del perchero.
Albert Torrent salió del despacho tras él, aprovechando que el inspector jefe revisaba los protocolos de Sabadell, y abordó al joven agente junto a las escaleras mecánicas que descendían al aparcamiento subterráneo.
—¿Por qué lo has hecho, Santana? —preguntó Albert en un susurro tenso, agarrándole del brazo—. Sabes perfectamente que fui yo. Sabes que modifiqué las coordenadas del radar y que el viejo de la salazón es el tipo que buscáis. ¿Por qué me has cubierto ante el jefe?
Santana se soltó del agarre con un movimiento brusco, mirándole con una fijeza que denotaba que su brújula moral también había empezado a agrietarse bajo el peso de la Costa Brava.
—No lo he hecho por ti, subinspector —respondió el chaval, con los dientes apretados—.
Lo he hecho porque he pasado la tarde leyendo los informes financieros que me llegaron de Girona sobre el tal biólogo que desapareció ayer.
Ese miserable cobró ochenta mil euros para firmar que el vertido químico en las Planasses no alteraba el agua.
¿Sabe qué componentes químicos había en ese vertido?
Arsénico y plomo en concentraciones industriales.
Mi hermana pequeña tiene asma crónica, Torrent.
Sé lo que es que a alguien le falte el aire.
Si ese informe se ratificaba mañana en la rueda de prensa, L'Escala se habría convertido en un pozo de veneno químico amparado por los millones de la constructora.
Albert sintió una oleada de respeto y comprensión hacia el joven agente. El factor humano, la empatía hacia el dolor real del entorno, había dinamitado la rigidez burocrática del chico de la gran ciudad.
—El viejo Carles Joan no es un matón de Girona, Santana —le advirtió Albert, bajando aún más la voz—.
Es un fanático. Obligó al biólogo a beberse el veneno de sus propios informes dentro del búnker antes de disolverlo en ácido.
Te lo advertí en su casa: un hombre así de mayor es inofensivo hasta que la tierra le pide una purga.
Si bajas a L'Escala con el equipo de Barcelona, el viejo se verá acorralado y no dudará en limpiar el muelle contigo también.
Santana se caló la gorra de los Mossos hasta las orejas, sintiendo el azote del viento que entraba por la rampa del garaje.
—Tengo dos horas antes de que mi jefe llame a Asuntos Internos, subinspector.
Voy a bajar a L'Escala solo, en mi coche particular, simulando que hago el peritaje técnico de la consola.
Voy a hablar con Carles Joan. Quiero mirarle a los ojos y entender si lo que hay en este pueblo es justicia o simple locura.
Si intentas seguirme o avisar a las patrullas locales, llamaré yo mismo al juez de guardia.
Esta es la última marea, Torrent. O el viejo me convence de su ley de la tierra, o yo mismo le pondré las esposas antes de que lleguen los de Barcelona.
El agente Santana se subió a su utilitario privado y cruzó la barrera del aparcamiento, perdiéndose en la cortina de agua que anegaba las calles de Figueres.
Albert Torrent se quedó solo junto a la rampa de hormigón, escuchando el rugido de la tramontana que parecía aplaudir el nacimiento de un nuevo cómplice en mitad de la noche.