⚓ 21. El Código de Acceso
La tormenta de tramontana parecía haber concentrado toda su furia sobre los ventanales de la comisaría de Figueres.
En el despacho principal, el aire era espeso, saturado por el olor a café recalentado y la tensión eléctrica que desprendían los tres hombres de la Unidad Central de Desaparecidos de Barcelona.
El inspector jefe de la capital permanecía de pie, con las manos apoyadas en los bordes de la mesa de Albert Torrent, mirándole con una fijeza que recordaba a la de un juez de instrucción antes de dictar sentencia.
A su lado, el agente Santana observaba la escena en un silencio sepulcral, con los brazos cruzados y una expresión que mezclaba la decepción con la frialdad forense.
—Subinspector Torrent —comenzó el inspector jefe de Barcelona, con una voz modulada, pausada y carente de cualquier atisbo de colegialidad—.
Hace dos horas, los analistas informáticos de la central de Sabadell terminaron de auditar los servidores provisionales que instalamos en el Club Náutico de L'Escala.
Estaban buscando el motivo por el cual los datos de geoposicionamiento del laúd L'Estima daban un registro tan absurdo en aguas internacionales la noche de la desaparición del biólogo. Y han encontrado algo muy interesante.
Albert Torrent no se movió. Mantenía las manos ocultas debajo de la mesa, apretando los puños para evitar que el temblor de sus dedos delatara el abismo que se abría bajo sus pies. Miró de reojo a Santana, pero el joven chaval de la gran ciudad desvió la mirada hacia el suelo.
—El sistema informático de la policía no olvida, Torrent —continuó el mando de la capital, deslizando un folio impreso sobre el secante de cuero verde—.
Los metadatos del radar marítimo no se corrompieron por la tormenta, como usted intentó hacernos creer.
Fueron modificados manualmente a las dos de la madrugada de ayer.
Alguien alteró las coordenadas geográficas de la barca del viejo pescador para sacarla del sector de las Planasses y meterla en una ruta fantasma cerca de la frontera.
Y para realizar esa reescritura de datos, el intruso utilizó una tarjeta de acceso corporativa muy concreta.
La suya, subinspector. Su código de seguridad personal quedó grabado en el registro del servidor.
El silencio que siguió a la acusación fue tan denso que el crujido de las planchas de zinc del tejado exterior pareció retumbar en las sienes de Albert.
La trampa se había cerrado. Su intento de sabotear la investigación para salvar al viejo amigo de su padre había dejado una huella digital imborrable en el sistema informático del Estado.
—Tiene una oportunidad para explicar esto antes de que procedamos a suspenderle de sus funciones y a retirarle la placa, subinspector —dijo el inspector jefe, cruzándose de brazos—.
Santana nos ha informado de su extraña visita nocturna a la casa de Carles Joan y de sus repetidos intentos por desviar el foco de la investigación hacia las mafias del ladrillo de Girona.
¿Qué tipo de relación contractual o familiar mantiene usted con ese pescador jubilado para destruir pruebas y jugarse la carrera de esta manera?
Albert Torrent tragó saliva, sintiendo que el aire de la habitación se volvía de plomo.
Miró la hoja impresa con su código de acceso, sabiendo que ya no había coartadas posibles ni tecnicismos legales que pudieran salvarle.
El subinspector de los Mossos d'Esquadra se encontraba completamente acorralado en su propia comisaría, y la sospecha individual que Santana había plantado acababa de dinamitar los últimos restos de su uniforme, dejando el destino de la investigación colgando de un hilo en mitad de la tormenta.