La Tramontana de los muertos ⚓ 20. El Nudo Marinero
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⚓ 20. El Nudo Marinero

Carles Joan cerró la puerta de madera con un clic casi imperceptible en el pestillo de hierro.

En el instante exacto en que los pasos de Santana y el motor del coche patrulla de Albert Torrent se alejaron por el Carrer del Mar, la fragilidad de su cuerpo se evaporó.

El viejo pescador dejó caer el bastón de pino sobre el paragüero y sus dedos, que un segundo antes temblaban con la torpeza del reuma ante el joven agente, se cerraron con la firmeza de un cabo de arrastre.

Su rostro bonachón mutó en una mueca de piedra caliza, fría y calculadora.

El teatro de la artritis había funcionado una vez más, pero Carles sabía que la tecnología de los de Barcelona y la obstinación de Santana habían dejado su tiempo de actuación reducido al mínimo.

El cerco ya no era una posibilidad lejana; estaba en el umbral de su casa.

El viejo descendió las escaleras hacia el sótano de la vivienda, guiado por la penumbra que tanto amaba.

Encendió el flexo sobre la mesa de trabajo, donde el mapa manuscrito de los búnkeres de las Planasses compartía espacio con las herramientas de despiece y los frascos de ácido neutralizado.

Carles Joan no era un asesino impaciente.

Su fanatismo se alimentaba de la pulcritud y la paciencia del mar, pero la visita de Santana le había demostrado que el joven policía no tardaría en encontrar una fisura en el sabotaje informático que Albert Torrent estaba intentando mantener en la comisaría.

Santana era el verdadero cabo suelto. Un cabo suelto que ponía en peligro no solo su vida, sino la sagrada misión de purgar L'Escala.

Acarició el ancla de plata de su cuello con el pulgar.

Pensó en Albert, en el hijo de su mejor amigo que se estaba destruyendo por dentro para encubrirlo.

Carles sentía aprecio por el muchacho, respetaba el conflicto moral que le desgarraba las entrañas, pero el mar de L'Escala no entendía de debilidades familiares ni de juramentos policiales.

El laúd L'Estima ya estaba en el punto de mira de la Unidad Central de Desaparecidos de Barcelona y si Santana seguía tirando de la cuerda de las llaves del almacén de salazón, acabaría rompiendo el escudo que Albert había alzado en la jefatura.

Con una parsimonia espeluznante, Carles extrajo del cajón una vieja libreta náutica de tapas de hule negro.

En ella anotó con caligrafía pulcra y angulosa las horas de las mareas de la próxima noche de luna nueva y los nombres de los inspectores de la capital que controlaban los pantalanes del puerto deportivo.

La metodología del asesino en serie solitario exigía un último y definitivo movimiento estratégico.

Si la policía de la gran ciudad quería pescar un monstruo en el Golfo de Roses, él les daría una captura que colapsaría el sistema desde dentro.

Carles Joan comenzó a afilar la hoja de su cuchillo de calafatear con un ritmo constante, sabiendo que la marea estaba a punto de subir por última vez y que el joven Santana sería el próximo en comprobar la profundidad del Silencio de las Planasses.