⚓ 19. El Peso de la Sospecha
Para entender cómo el agente Santana terminó con la ficha manuscrita de Carles Joan entre sus manos en mitad de la noche, había que descender a los detalles más mecánicos de la burocracia policial.
Aunque el subinspector Albert Torrent había saboteado con éxito los metadatos de geoposicionamiento en el ordenador central de Barcelona, desviando el laúd hacia aguas fronterizas, el joven Santana no trabajaba solo con pantallas digitales.
Conservaba en su bloc de notas el registro físico que la primera patrulla local había rellenado en su ronda por los almacenes del puerto: una lista manuscrita de los marineros jubilados que aún poseían llaves del secadero de salazón abandonado.
Solo había tres nombres en esa lista. Dos de ellos tenían coartadas confirmadas por sus familias la noche del secuestro de Vilallonga.
El tercero era Carles Joan, el anciano al que Torrent había defendido con una vehemencia desproporcionada en el despacho de Figueres, argumentando una "artritis severa".
Al cruzar la fijeza protectora de su superior, la manipulación nocturna de la terminal digital y el hematoma en la mandíbula del subinspector, Santana unió los puntos con la lógica implacable del desconfiado: Torrent no estaba protegiendo a una mafia internacional; estaba encubriendo, de forma puramente individual y corrupta, a un viejo amigo de su difunto padre por una cuestión de lealtad familiar o afinidad ideológica.
Aprovechando que Torrent se había desplazado a la planta baja del Club Náutico para firmar unos formularios de intendencia, Santana deslizó la ficha de Carles del archivador físico de la mesa de control, anotó la dirección del casco antiguo en un trozo de papel secante y abandonó el recinto sin avisar a nadie.
El chico de la gran ciudad decidió actuar por su cuenta, dispuesto a reventar el caso y destapar la corrupción interna de su superior.
✽✽✽
Cuando Albert Torrent regresó a la sala de control del puerto con los impresos firmados, el vacío de la habitación le golpeó las pupilas con la fuerza de un impacto físico.
La tableta de Santana estaba apagada sobre la mesa, pero lo que desató el pánico definitivo en el subinspector fue el desorden en las fichas manuscritas de los marineros. Faltaba una. La de Carles.
Albert registró la mesa con movimientos frenéticos, tirando bolígrafos y carpetas, hasta que sus ojos se clavaron en el bloc de notas de la esquina.
Santana había presionado el bolígrafo con tanta fuerza al escribir que el relieve de la dirección del casco antiguo había quedado perfectamente grabado en el papel secante inferior: Carrer del Mar, número 14.
Un frío gélido, punzante y asfixiante le recorrió la espina dorsal.
Santana iba directo a la casa del asesino solitario.
La tregua armada que Albert había pactado con el viejo pescador estaba a punto de estallar en mil pedazos ante los ojos de un policía de Barcelona.
Si Santana presionaba a Carles Joan, el fanatismo del viejo saldría a la luz a base de cuchillo o mazo, desatando una masacre en mitad de los callejones oscuros de L'Escala.
Albert salió de la sala de control corriendo, bajando los escalones del Club Náutico de tres en tres bajo el azote inmisericorde de la lluvia.
Arrancó el motor de su coche camuflado con un chirrido de neumáticos que resonó en todo el pantalán y se lanzó en una carrera desesperada contra el reloj, devorando los semáforos en ámbar y adentrándose de forma frenética en el laberinto de adoquines del centro histórico.
Cada segundo que pasaba era un paso más hacia el abismo para los tres.
✽✽✽
En el Carrer del Mar, la penumbra de la noche estaba apenas rota por el parpadeo amarillento de una farola municipal que vibraba por el viento de la tramontana.
El agente Santana llamó a la puerta del número 14 con firmeza, manteniendo la mano derecha oculta bajo la chaqueta, rozando la culata de su pistola reglamentaria.
Su corazón latía con fuerza contra las costillas; estaba convencido de que estaba a punto de irrumpir en el nido de un criminal peligroso amparado por la policía local.
La puerta se abrió despacio, quejándose sobre sus viejas bisagras de hierro.
Carles Joan apareció en el umbral, iluminado por la luz mortecina del recibidor.
Vestía un camisón de lona tosco y sostenía una vela en una mano, mientras que con la otra se aferraba con temblor evidente a su bastón de pino.
Al ver al joven agente uniformado, el viejo no mostró ira ni miedo.
Su rostro surcado de arrugas adoptó esa mansa y tierna expresión de abuelo desvalido que el pueblo adoraba, desplegando de inmediato su teatro de la fragilidad física ante el intruso.
—Buenas noches, agente... ¿Ocurre algo malo en el puerto? —preguntó Carles, con una voz trémula, melódica y quebrada por una tos fingida.
Santana dio un paso al frente, obligando al anciano a retroceder hacia el pasillo estrecho que olía a humedad vieja y salitre.
El joven policía recorrió el cuerpo de Carles con una mirada inquisitiva y afilada, buscando rastros de sangre, fuerza o la rigidez de un secuestrador.
Sin embargo, lo que sus ojos registraron echó por tierra todas las hipótesis peliculeras que había construido en el coche.
Las manos de Carles Joan, que sostenían la vela con una oscilación constante, tenían los nudillos visiblemente inflamados y los dedos deformados, doblados hacia dentro de una forma que hacía físicamente imposible que ese hombre pudiera cerrar el puño con fuerza, levantar un mazo de hierro o arrastrar el cuerpo de un empresario de noventa kilos hasta el maletero de un vehículo.
Santana sintió que el peso de la lógica forense le abofeteaba la cara.
Un hombre tan mayor, un anciano que apenas podía mantenerse erguido sin el apoyo del bastón y cuyas articulaciones estaban devoradas por un reuma crónico evidente, no podía matar a nadie ni forcejear en mitad de un almacén de salazón.
Un sentimiento de profunda frustración y rechazo hacia sus propias sospechas invadió la mente del joven agente.
Descartó a Carles Joan como sospechoso en ese mismo segundo exacto.
Comprendió que la hipótesis del "ajuste de cuentas entre constructoras de Girona" que su subinspector Torrent defendía al principio era, después de todo, la única verdad lógica sobre el terreno.
El viejo de la salazón era solo un pobre jubilado de L'Escala que no se enteraba de nada de lo que ocurría en su costa.
—No, no ocurre nada, señor Joan —respondió Santana, bajando el tono de voz y relajando los hombros, desprovisto ya de cualquier tensión—.
Disculpe las molestias a estas horas. Estábamos revisando el censo de los almacenes del muelle viejo y su nombre figuraba en el registro de llaves antiguas.
Una rutina de la central de Figueres, ya sabe.
Carles sonrió con una calidez mansa, asintiendo con la cabeza mientras apagaba la llama de la vela con dos dedos temblorosos.
—No se preocupe, muchacho. Cumpla con su deber. Bastante dura es ya la noche con este aire de mil demonios...
✽✽✽
Fue en ese preciso instante cuando el chirrido ensordecedor de unos frenos bloqueados resonó al final del callejón.
El coche camuflado de Albert Torrent se detuvo cruzado en mitad de la calzada, con las luces de posición iluminando los adoquines mojados.
Torrent bajó del vehículo de un salto, con el rostro pálido por la carrera contrarreloj, empujando la puerta de la vivienda con violencia justo cuando Santana se disponía a salir al porche.
El subinspector irrumpió en el estrecho recibidor con la respiración entrecortada y la mano apoyada en la culata de su arma, listo para el peor de los desenlaces.
Al ver a Santana de espaldas y a Carles Joan manteniendo su postura de anciano desvalido junto al bastón, Albert se detuvo en seco, con el corazón saliéndole del pecho.
La mirada que cruzó con el viejo pescador duró apenas un milisegundo, un destello gélido de entendimiento mutuo donde el asesino le hacía ver al policía que la situación estaba bajo control gracias a su actuación teatral.
—¡Santana! ¿Qué demonios haces aquí solo?
—bramó Torrent, forzando un tono de furia autoritaria para ocultar el pánico que le atenazaba las entrañas—.
Has abandonado la sala de control sin mi autorización y te has llevado material clasificado de la investigación.
¿Te crees que esto es una puta serie de televisión?
Santana se giró despacio, mirando a su superior con una mezcla de cansancio y resignación, totalmente ajeno a la verdad monstruosa que se ocultaba tras los ojos claros del anciano que les observaba desde la penumbra del pasillo.
—Tranquilícese, subinspector —respondió el joven agente, pasándose una mano por el pelo empapado por la lluvia—.
Solo quería comprobar la pista de las llaves del secadero por mí mismo.
Pero ya ve... El señor Joan apenas puede sostener la vela con la artritis que tiene.
Es imposible que este hombre tenga nada que ver con el secuestro de Vilallonga o la desaparición del biólogo.
El culpable sigue estando en los entornos mafiosos de Girona, tal y como usted decía. He perdido el tiempo.
Albert Torrent guardó silencio, tragando saliva mientras sentía el contorno metálico de la pipa de Carles presionándole el costado desde el interior de su chaqueta.
Miró al viejo pescador, que le dedicó una última y mansa sonrisa de despedida desde la oscuridad del recibidor, una mueca cargada de un suspense denso y ávido de más.
El subinspector había salvado la piel de su cómplice una vez más, pero al ver la fijeza en los ojos de Carles, Albert comprendió que el juego psicológico de la tierra estaba lejos de terminar, y que el joven Santana acababa de firmar su propia sentencia de muerte al meter las narices en los secretos más tétricos de toda L'Escala.