La Tramontana de los muertos ⚓ 18. El Sabotaje de la Memoria
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⚓ 18. El Sabotaje de la Memoria

El sonido de la lluvia fina y persistente repiqueteaba contra los cristales del Club Náutico, diluyendo las luces de los coches de policía que custodiaban el muelle viejo.

Los inspectores de Barcelona habían comenzado el peinado sistemático de los laúdes tradicionales.

Estaban buscando cualquier fibra de nailon compatible con las bridas del secuestro, restos de cloroformo en los tambuchos o cualquier indicio químico que delatara el traslado del biólogo.

El cerco técnico sobre la embarcación de Carles Joan, L'Estima, era cuestión de horas.

El subinspector Albert Torrent sabía que la única forma de salvar al viejo pescador y, por extensión, su propia libertad, era asfixiar la maquinaria analítica de la Unidad Central de Desaparecidos desde dentro.

Valerse de la fuerza no era una opción; debía recurrir al sabotaje digital, utilizando su condición de oficial de enlace para introducirse en el sistema informático provisional desplegado por la capital.

La oportunidad se presentó a las dos de la madrugada, durante el cambio de turno de los técnicos de telecomunicaciones.

Aprovechando que el inspector jefe y el agente Santana habían bajado a los pantalanes a supervisar el precinto del tercer laúd de la lista, Albert regresó solo a la improvisada sala de control del Club Náutico.

El lugar estaba en un silencio espectral, iluminado únicamente por el parpadeo azulado de los servidores portátiles instalados sobre las mesas de caoba.

Con las manos enfundadas en finos guantes de látex y el pulso acelerado, Albert se sentó frente a la terminal principal.

Introdujo su tarjeta de acceso corporativo de los Mossos d'Esquadra.

El sistema reconoció sus credenciales como mando regional de l'Alt Empordà, abriéndole las puertas a la base de datos de los rastreos satelitales y los registros de geoposicionamiento por radio

de la costa de L'Escala.

Buscó el archivo digital de la noche del secuestro del biólogo.

Allí estaba: el registro de L'Estima, la embarcación clásica de Carles Joan, marcada con un vector rojo que indicaba el apagado repentino de su señal de radio a las diez y media de la noche en el sector de las Planasses.

Era la prueba definitiva que los inspectores de Barcelona planeaban usar esa misma mañana para justificar el asalto a la casa del viejo pescador.

Albert no borró el archivo. Sabía que una eliminación directa encendería todas las alarmas en la central de Barcelona y dejaría un rastro digital irreversible que apuntaría directamente a su usuario. En lugar de eso, aplicó un sabotaje mucho más sutil y destructivo: la alteración de metadatos.

Utilizando una herramienta de calibración de frecuencias que la propia policía usaba para corregir los desfases de los radares por las tormentas, Albert modificó las coordenadas de posición de L'Estima.

Cambió los vectores de latitud y longitud, desplazando la señal de la barca del viejo catorce millas náuticas hacia el norte, en aguas internacionales cercanas a la frontera con Francia.

Al mismo tiempo, alteró la marca temporal del parpadeo de radio, haciéndola coincidir con el registro de un arrastrero comercial de gran tonelaje que faenaba legalmente en esa zona.

El proceso requirió diez minutos de una tensión psicológica atroz.

Cada paso de la barra de carga en la pantalla parecía eterno, rivalizando con el chasquido de la lluvia en el ventanal.

Con esa sutil manipulación, el laúd de Carles Joan dejaba de ser un sospechoso atrapado en los acantilados de las Planasses para convertirse en un registro fantasma perdido en alta mar, sepultado en una masa de datos irrelevantes que los analistas tardarían semanas en descifrar.

Justo en el instante en que la terminal confirmaba la reescritura de los datos y Albert extraía su tarjeta de acceso, la puerta acristalada del club se abrió.

El aire húmedo y el olor a yodo inundaron la sala.

El agente Santana entró primero, sacudiéndose el agua del chubasquero, con el rostro demudado por el frío de la noche.

Se detuvo en seco al ver a su superior de pie junto al ordenador central en penumbra.

—¿Subinspector? ¿Qué hace aquí a estas horas solo? —preguntó Santana, entornando los ojos oscuros con una fijeza que delataba que su desconfianza seguía creciendo.

Albert Torrent se guardó la tarjeta en el bolsillo con una parsimonia de piedra, sosteniendo la linterna en la mano libre para simular que realizaba una ronda de seguridad ordinaria.

—Revisando las copias de seguridad de las transmisiones de radio de la tarde, Santana —respondió Albert, con una voz gélida y plana, desprovista de cualquier titubeo—.

La tormenta de tramontana está creando interferencias en los repetidores del norte y quería asegurarme de que los datos de Barcelona no se corrompan.

No queremos perder el tiempo por fallos del sistema.

Santana dio un paso al frente, mirando la pantalla ya en modo de espera, y luego fijó sus ojos en el hematoma de la mandíbula de Albert.

Hubo un silencio denso, asfixiante, donde solo se escuchaba el rítmico zumbido de los servidores.

El joven agente asintió despacio, sin replicar, pero en el fondo de sus pupilas Albert leyó una certeza aterradora: Santana sabía que su superior estaba mintiendo, y la grieta en el uniforme se había convertido ya en una fractura abierta en mitad de la comisaría.