La Tramontana de los muertos ⚓ 17. La Grieta en el Uniforme
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⚓ 17. La Grieta en el Uniforme

El Club Náutico de L'Escala se había convertido en el centro de operaciones provisional de la Unidad Central de Desaparecidos de Barcelona.

El contraste era insultante. Los inspectores de la capital, vestidos con trajes oscuros impecables que desentonaban con el ambiente marinero, habían desplegado ordenadores portátiles de última generación sobre las mesas de caoba donde los socios solían jugar al dominó.

El vaivén de agentes subiendo y bajando de los pantalanes y los destellos de las pantallas de radar marítimo daban al puerto una atmósfera de base militar bajo el asedio de la tramontana.

El subinspector Albert Torrent permanecía en una esquina de la sala, con los brazos cruzados y la mirada fija en el mapa digital que parpadeaba en la pantalla principal.

A su lado, el agente Santana tomaba anotaciones en una tableta.

Santana ya no era el chaval entusiasta de las primeras noches; las ojeras profundas y la tensión del ambiente habían apagado su arrogancia de ciudad.

Pero lo que verdaderamente mantenía al joven agente en silencio era una sutil, casi imperceptible, sensación de incomodidad que arrastraba desde que Albert había regresado de su supuesta "ronda rutinaria".

—Es absurdo, subinspector —susurró Santana, inclinándose hacia Albert para que los inspectores de Barcelona no le oyeran—.

He vuelto a revisar las grabaciones de las cámaras del Club Náutico de la noche del secuestro de Vilallonga.

Hubo un parpadeo técnico de siete minutos en el sector cuatro. Siete minutos exactos.

—Ya te lo dije, Santana. La tormenta provocó picos de tensión en toda la línea de la costa —respondió Albert, manteniendo la voz plana, desprovista de cualquier matiz. Sin embargo, por dentro, sentía que la pipa de brezo que guardaba bajo llave en su despacho le quemaba el pensamiento.

—Sí, eso pensé yo —insistió Santana, fijando sus ojos oscuros en el hematoma verdoso que Albert lucía bajo la oreja izquierda—.

Pero he hablado con el técnico de mantenimiento del puerto.

Me dice que el sistema de alimentación del club está blindado contra subidas de tensión.

Es imposible que un rayo o el viento tiren solo ese sector.

Alguien modificó los parámetros desde la consola local.

Alguien de aquí. Alguien que conocía las guardias.

Y otra cosa, subinspector... ¿Qué le ha pasado en la mandíbula? Ayer no tenía ese golpe.

Albert Torrent no parpadeó. Sostuvo la mirada de su joven compañero con una frialdad de piedra calcárea, la misma dureza que había aprendido de su padre cuando el mar se ponía bravo.

—Un mal paso en los acantilados de las Planasses anoche, Santana. El terreno está suelto por la lluvia y la tramontana casi me tira contra las rocas. Deberías preocuparte más por los registros de aduanas que por mi cara.

Santana asintió despacio, pero la duda ya había plantado su semilla en su mente.

El chico no era estúpido. Había notado que Torrent insistía demasiado en culpar a las mafias del ladrillo de Girona, desviando sistemáticamente cualquier pregunta de los inspectores de Barcelona que apuntara a los marineros locales o a las cofradías del puerto.

Había una contradicción invisible en el comportamiento de su superior, una grieta en el uniforme que Santana empezaba a registrar con creciente desconfianza.

En ese instante, el inspector jefe de la Unidad de Barcelona se levantó de su mesa, golpeando las manos para captar la atención de la sala.

—Señores, presten atención —anunció el mando de la capital, señalando un gráfico de barras que acababa de proyectarse en la pantalla—.

El rastreo satelital del coche del biólogo nos ha dado un dato definitivo.

El vehículo no fue conducido hacia la frontera por la carretera general.

Alguien usó los caminos interiores agrícolas de l'Alt Empordà, esquivando todos los controles de radar estandarizados.

Quien movió ese coche conoce los caminos rurales de la comarca como la palma de su mano.

No es una mafia extranjera. Es un lugareño.

Y tenemos el registro de una embarcación de recreo tradicional, un laúd de madera, que apagó su sistema de localización por radio exactamente a las diez y media de la noche en el sector de las Planasses.

Vamos a empezar a confiscar los cuadernos de bitácora y a interrogar a los propietarios de los laúdes clásicos amarrados en el muelle viejo. Empezaremos esta misma tarde.

Albert Torrent sintió que la habitación se quedaba sin aire.

El cerco técnico que los inspectores de Barcelona habían desplegado acababa de pulverizar la pista falsa de los neumáticos y los ajustes de cuentas.

La marea de la investigación criminal estaba subiendo con una fuerza destructiva y el laúd de Carles Joan, L'Estima, estaba en el primer lugar de la lista negra de la terminal de Barcelona.

Albert miró de reojo a Santana y descubrió que el joven agente lo estaba observando fijamente, analizando su reacción ante el anuncio del inspector jefe.

El policía nativo de L'Escala se encontraba atrapado en su propio laberinto: la sospecha ya estaba dentro de su equipo y el Silencio del golfo comenzaba a agrietarse bajo la presión de la tecnología de la gran ciudad.