La Tramontana de los muertos ⚓ 16. La Lealtad de la Sal
40%

⚓ 16. La Lealtad de la Sal

La llegada del equipo de la Unidad Central de Desaparecidos de Barcelona transformó la comisaría de Figueres en un hervidero de abrigos largos, maletines tecnológicos y órdenes tajantes.

Los inspectores de la capital no entendían de tramontanas ni de sensibilidades locales; para ellos, la desaparición del biólogo y el secuestro del empresario hotelero eran casillas en un tablero de delincuencia organizada que debían cerrarse con arrestos inmediatos.

El subinspector Albert Torrent se vio relegado a un papel secundario de enlace, una posición que aprovechó para salir de las oficinas antes de que los nuevos analistas empezaran a cruzar los datos de las antenas repetidoras de L'Escala con los registros de los vecinos del puerto.

Con el motor del coche camuflado encendido y la calefacción al máximo para combatir el gélido viento que levantaba remolinos de arena en la playa de Riells, Albert condujo directo hacia el casco antiguo.

La mandíbula aún le dolía al hablar y un hematoma verdoso comenzaba a dibujarse bajo su oreja izquierda, pero el dolor físico era una minucia comparada con la fractura psicológica que le destrozaba por dentro.

Aparcó a dos calles de distancia y caminó hacia la pequeña casa de madera carcomida por el salitre. No llamó a la puerta de forma educada; empujó el tablón con el hombro, adentrándose en el recibidor que olía a cera de aparejos.

Carles Joan estaba sentado junto a la mesa de pino, remendando con parsimonia una red de arrastre con una aguja de madera noble. Al ver entrar al policía con el rostro demudado, el viejo no se inmutó. Dejó la red sobre sus rodillas y le dedicó una mirada limpia, mansa y desprovista de hostilidad.

—Has venido temprano, Albert —dijo el viejo pescador con suavidad—. ¿Quieres ese café ahora?

—¡Cállate, Carles! ¡Cállate de una puta vez!

—el grito de Albert resonó en las vigas del techo, cargado de una rabia que llevaba conteniendo horas—.

Mírame. Mira lo que me has hecho en la cara.

Me golpeaste como a un perro en ese maldito búnker.

Me engañaste con tus historias de mi padre y tus recuerdos de la infancia para que bajara la guardia.

No solo me has hecho daño físico, Carles.

Me has roto por dentro. He jurado proteger la ley y ahora soy el encubridor de un asesino sádico.

Cada vez que miro mi placa en el espejo siento asco de mí mismo.

Me has arrastrado a tu fango y me has convertido en un monstruo igual que tú.

Carles Joan escuchó la tormenta del policía sin pestañear, manteniendo las manos quietas sobre la red. La calidez regresó a sus ojos cansados, un silencio respetuoso que aplacó los gritos de Albert hasta dejarlos reducidos a una respiración jadeante.

—Tenía que hacerlo, muchacho —respondió el viejo con un tono dulce y firme—.

Si no te hubiera dormido, habrías tenido que elegir entre dispararme o ponerme los grilletes.

Te ahorré la decisión. El biólogo ya es parte del fondo del golfo; las posidonias se lo están cobrando.

Tu conciencia está limpia porque tú no empujaste el bidón.

—¡Nada está limpio aquí! —Albert dio un paso al frente, apoyando las manos sobre la mesa y acortando la distancia con el pescador—.

No he venido a pedirte explicaciones ni a escuchar tus delirios poéticos sobre el mar.

He venido porque han llegado los inspectores de Barcelona.

Traen equipos de rastreo por satélite que nosotros ni soñamos en Figueres.

Han detectado que el teléfono del biólogo se apagó exactamente en las Planasses, a escasos metros de tu búnker.

Santana sigue creyendo la historia de las mafias rusas, pero los de la central no son idiotas.

En cuanto crucen los horarios de las barcas que salieron esa noche, tu laúd, L'Estima, va a cantar en sus pantallas.

Van a peinar el puerto de L'Escala con lupa, Carles.

El viejo entornó los ojos, asimilando la gravedad técnica de la advertencia. Por primera vez, la sombra de la preocupación cruzó su frente surcada de arrugas. Miró al subinspector, detectando que la dureza de sus palabras ocultaba un sentimiento mucho más profundo que el simple pánico profesional.

—¿Y por qué me cuentas esto, Albert? Si me dejas caer, tu placa volverá a estar limpia ante tus jefes de Barcelona —dijo Carles, clavando sus pupilas claras en las del policía.

Albert desvió la mirada hacia la ventana, viendo cómo la tramontana azotaba los tejados del casco antiguo. Apretó los dientes, sintiendo el peso del amuleto del ancla de plata que el viejo llevaba al cuello, el mismo amuleto que su padre respetaba.

—Te lo digo porque te aprecio, viejo chalado —confesó Albert con la voz quebrada por la emoción y una profunda melancolía—.

Te lo digo porque eres lo único que me queda del mundo de mi padre y porque, en el fondo de mi maldita cordura rota, sé que compartimos el mismo dolor.

Yo también quiero lo mejor para L'Escala.

Quiero que este mar siga vivo, quiero que estas calas sigan limpias y odiaría ver cómo el dinero de los corruptos termina por hormigonar las dunas de mi infancia.

Si te atrapan, la mafia del ladrillo ganará y el pueblo se convertirá en un circo mediático que destruirá lo poco que nos queda de dignidad.

No voy a dejar que te lleven esos forasteros de Barcelona.

Pero tienes que desaparecer, Carles. Tienes que amarrar L'Estima en el rincón más oscuro del puerto y no volver a encender el taser ni a pisar los búnkeres.

El juego se ha terminado. Si vuelves a moverte, la red se cerrará sobre los dos y la marea nos arrastrará al abismo.

Carles Joan sonrió de medio lado, una mueca mansa y cargada de un suspense denso. Se levantó despacio, recogiendo su aguja de madera, y dio una palmadita suave en el hombro del policía, justo en el lado donde la mandíbula no estaba hinchada.

—El mar de L'Escala sabe quiénes son sus hijos, Albert —susurró el viejo, dejando el aire de la habitación suspendido en una tensión ávida de más—.

Has hecho bien en decírmelo. El guardián sabe cuándo debe replegar las redes y cuándo debe esperar a que la tormenta pase.

Pero recuerda... la tramontana siempre vuelve.

Albert Torrent dio media vuelta y salió de la casa sin despedirse, sintiendo que la incómoda alianza entre la ley de los hombres y la ley de la tierra acababa de sellar su destino con un nudo marinero que nadie en Barcelona sería capaz de desatar.