La Tramontana de los muertos ⚓ 15. El Despertar del Cómplice
38%

⚓ 15. El Despertar del Cómplice

Un dolor punzante en las sienes, rítmico como el latido de un motor diésel, fue lo primero que devolvió a Albert Torrent a la realidad.

Abrió los ojos despacio, pero la oscuridad que lo rodeaba seguía siendo casi absoluta.

Tardó unos segundos en comprender que no estaba en su cama, sino tumbado de lado sobre el hormigón gélido del búnker.

Al intentar incorporarse, un violento mareo le obligó a apoyar las manos en el suelo áspero, cubierto por una fina capa de salitre y polvo.

Se tocó la mandíbula; la zona estaba hinchada y caliente. El golpe de Carles Joan había sido limpio, seco y ejecutado con la precisión de quien sabe exactamente dónde golpear para apagar un cerebro sin romper un hueso.

Con un esfuerzo supremo, Albert se puso en pie a trompicones.

Buscó a su alrededor con las manos extendidas hasta que sus dedos tropezaron con la mesa metálica de despiece.

Estaba vacía. Completamente limpia. Pasó la yema de los dedos por la superficie de acero inoxidable y no encontró rastro de sangre, ni de las bridas de nailon, ni de la sonda gástrica.

El biólogo corrupto se había desvanecido de la faz de la tierra.

En el ambiente ya no olía a tabaco de pipa, sino a un aroma asfixiante y puro a lejía industrial y ácido neutralizado.

El viejo pescador había aplicado su protocolo definitivo con una pulcritud espeluznante mientras el policía dormía su inconsciencia forzada.

Albert buscó su linterna en el suelo. Al encenderla, el haz de luz blanca iluminó un estante de piedra cercano: allí, depositada con un cuidado casi respetuoso, descansaba su pistola reglamentaria. Carles no se la había llevado. No quería su arma, solo había querido su silencio.

Al salir al exterior del búnker, la tramontana lo recibió con un latigazo de aire gélido que le salpicó el rostro con agua de mar.

El coche del biólogo, que horas antes descansaba en el arcén, ya no estaba.

Carles Joan se había encargado de mover el vehículo, probablemente conduciéndolo hasta alguna estación de tren lejana o despeñándolo en un punto ciego del Cap de Creus para simular una fuga voluntaria del consultor con el dinero de los sobornos.

No quedaba ni un solo cabo suelto en las Planasses.

Albert regresó a su coche camuflado sintiéndose un fantasma dentro de su propio uniforme.

Ya no era el subinspector que investigaba un caso; era un cómplice activo que cargaba con el peso de un asesinato perfecto sobre la conciencia.

✽✽✽

El regreso a la comisaría de Figueres fue un trayecto agónico.

Albert se lavó la cara con agua fría en una gasolinera de la carretera general, intentando disimular con el cuello alzado de la chaqueta la inflamación de la mandíbula.

Cuando cruzó el umbral del despacho a primera hora de la mañana, se encontró al agente Santana rodeado de tazas de café vacías, con la corbata floja y una pila de carpetas nuevas sobre la mesa.

El chaval no había dormido en toda la noche.

—¡Subinspector! Menos mal que llega —exclamó Santana, levantándose de golpe con un brillo de obsesión en los ojos—. Le he estado llamando al móvil pero no daba señal. Supongo que la tramontana habrá tirado alguna antena en la costa.

—Sí... la cobertura en las Planasses es pésima —mintió Albert, con la voz rota, sentándose despacio en su silla y evitando fijar la mirada en su compañero—. ¿Qué tienes, Santana? Te veo alterado.

—He pasado la noche cruzando los datos bancarios que nos llegaron de la central de Girona. Tenía razón con lo de no centrarnos en los marineros del pueblo. Esto es mucho más gordo de lo que pensábamos, pero nos ha surgido un nuevo cabo suelto que lo cambia todo.

Albert sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Apretó los puños debajo de la mesa para ocultar el temblor de sus dedos.

—Habla, Santana.

—El biólogo, el tal consultor que firmó los informes falsos...

Ayer por la tarde geolocalizamos su teléfono móvil personal.

La última señal que emitió la antena repetidora antes de apagarse por completo no fue en Barcelona, ni en Girona, ni en ninguna carretera general —Santana se inclinó sobre la mesa, poniendo un mapa satelital frente a Albert y señalando un punto con el bolígrafo—.

Su teléfono se apagó a las diez de la noche exactamente aquí, en los acantilados del norte de L'Escala. Cerca de las Planasses.

Albert contuvo la respiración. El monitor de la comisaría parecía zumbar con más fuerza.

—¿Y qué conclusión sacas de eso? —preguntó el subinspector, forzando un tono de escepticismo profesional que le costó la vida mantener.

—Que la mafia del ladrillo se nos ha adelantado de nuevo —afirmó Santana con rotundidad, totalmente convencido de su hipótesis peliculera—.

El biólogo vino al pueblo ayer para ratificar su informe falso, pero los mismos que secuestraron a Vilallonga sabían que este técnico era el eslabón más débil de la cadena.

Si la Fiscalía lo presionaba, terminaría cantando y tirando de la manta contra los jefes de Girona.

Lo han cazado aquí, subinspector. Lo han silenciado o lo han sacado del país a la fuerza en una lancha rápida desde las calas.

El coche del biólogo ha aparecido abandonado esta madrugada en un camino rural cerca de la frontera con Francia, limpio de huellas. Es una operación profesional de manual.

Albert Torrent miró el mapa satelital. La jugada de Carles Joan de mover el coche hacia la frontera había encajado perfectamente en la mente del joven agente.

El cerco policial seguía desviado hacia los fantasmas de las mafias internacionales, pero el subinspector sabía que la geolocalización del teléfono en las Planasses era una huella digital que la central de Figueres no pasaría por alto.

El cerco de la investigación criminal seguía estrechándose de forma invisible, y el policía, atrapado entre las mentiras que debía contar y los crímenes que debía ocultar, sintió que el silencio del golfo comenzaba a cerrarse también sobre él.