La Tramontana de los muertos ⚓ 14. La Melancolía del Hierro
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⚓ 14. La Melancolía del Hierro

El aire gélido del búnker pareció congelarse entre los dos hombres.

El brazo de Albert Torrent seguía firme, sosteniendo la pistola reglamentaria que apuntaba directamente al pecho de Carles Joan, pero el temblor de su dedo sobre el gatillo delataba la tormenta que arreciaba en su interior.

El biólogo, con la sonda mordida entre los dientes, emitía gemidos sordos y desesperados, revolviéndose inútilmente contra las bridas industriales.

Carles Joan soltó el bidón de plástico con una lentitud calculada, dejando que reposara sobre la mesa metálica junto al instrumental de despiece.

No hizo ningún ademán brusco. En lugar de adoptar la postura defensiva de un asesino acorralado, sus hombros se relajaron y su rostro recuperó esa mansa y melancólica calidez que todo el pueblo amaba.

Miró al policía con unos ojos claros que desprendían una ternura casi paternal, la misma mirada con la que, treinta años atrás, lo observaba desde el timón de L'Estima.

—Mírate, Albert... —susurró Carles, con una voz melódica, arrastrada por la fatiga y cargada de una profunda añoranza—.

Tienes exactamente la misma postura que tenía tu padre, Joan, cuando el viento del norte nos sorprendía en mitad del golfo y él se aferraba a la botavara para que la mar no nos volcara.

Tenía tu misma mirada. Una mirada limpia.

Un hombre que no sabía lo que era la traición.

El subinspector tragó saliva, sintiendo que el nombre de su padre se le clavaba en la garganta como un anzuelo. El cañón del arma bajó apenas unos milímetros, de forma casi imperceptible.

—No metas a mi padre en esto, Carles —consiguió articular Albert, aunque la dureza de su tono flaqueaba—. Él era un hombre de ley. Jamás habría aprobado esta locura.

—Tu padre amaba este mar más que a su propia vida, muchacho —continuó el viejo, dando un paso corto, lento y pausado hacia el policía, arrastrando ligeramente los pies sobre el cemento húmedo—.

¿Te acuerdas de cuando eras un crío? Tendrías ocho o nueve años.

Tu padre y yo te subíamos a la barca en las noches de agosto para enseñarte a pescar al curricán.

Nos quedábamos en silencio, bajo las estrellas, escuchando el rumor de las olas contra los acantilados de las Planasses...

El agua era tan pura entonces que parecía un espejo de cristal.

Tu padre se sentaba a tu lado, te ponía la mano en el hombro y te decía: «Mira este mar, Albert.

Mientras lo cuides y lo respetes, él nunca te dejará pasar hambre. Esta es nuestra única patria».

Un nudo doloroso se formó en el pecho de Albert.

El haz de su linterna, que descansaba sobre la mesa iluminando el techo, dibujaba sombras que le devolvían los fantasmas de su infancia.

Recordaba el olor a tabaco de galera de su padre, el crujido de la madera noble de L'Estima y la seguridad que sentía cuando aquellos dos hombres curtidos por la sal lo protegían de la inmensidad del mar.

La melancolía de un mundo que ya no existía, devorado por la masificación y el asfalto, ablandó las últimas defensas del policía.

El arma comenzó a pesarle una tonelada en la mano.

—Ese mundo ya no existe, Carles —gimió Albert, con los ojos empañados por el recuerdo—. Pero matando a este hombre no vas a traerlo de vuelta.

—No lo traigo de vuelta para mí, Albert.

Yo ya soy un viejo que se encamina al cementerio marinero —Carles dio otro paso, acortando la distancia de forma sutil, con los brazos caídos a los lados, mostrando una vulnerabilidad absoluta que desarmaba cualquier sospecha—.

Lo hago por ti. Por los hijos que tendrás.

Lo hago para que, cuando camines por el paseo de L'Escala, no tengas que apartar la mirada del agua por el asco y la vergüenza de verla muerta.

La ley que tú defiendes está escrita en despachos de Barcelona por hombres que nunca han tenido las manos agrietadas por la salmuera.

Mi ley... nuestra ley... está escrita en las rocas de estas calas.

Carles estaba ya a menos de un metro. Su rostro amable estaba tan cerca que Albert podía oler el tabaco rancio y el salitre de su jersey.

El subinspector, completamente desarmado psicológicamente por la carga emocional y la nostalgia de su infancia, bajó la guardia por completo.

Su brazo derecho cayó exánime a lo largo del cuerpo, con la pistola apuntando inútilmente hacia el suelo.

Estaba roto, entregado a la lógica perversa de la tierra.

—Dios mío, Carles... —susurró Albert, cerrando los ojos por el agotamiento moral.

Fue en ese milisegundo de capitulación absoluta cuando la calidez del viejo pescador se evaporó.

Con la velocidad felina y la fuerza descomunal que solo el fanatismo y una vida de esfuerzo físico podían otorgar, Carles Joan cerró la distancia.

No usó un cuchillo. Su mano derecha, dura como un bloque de encina, se estrelló con un golpe seco, corto y preciso en la mandíbula de Albert, mientras su rodilla impactaba en el plexo solar del policía para cortarle la respiración.

El subinspector no tuvo tiempo ni de emitir un gemido.

El impacto le desconectó el cerebro de inmediato.

La pistola resbaló de sus dedos sueltos, resonando con un eco metálico contra el hormigón, mientras el cuerpo de Albert Torrent se desplomaba a plomo, quedando inconsciente y tendido en el suelo gélido del búnker.

Carles Joan se quedó de pie sobre el cuerpo del policía durante unos segundos, respirando de forma acompasada.

Se agachó, recogió el arma reglamentaria del suelo y la colocó con cuidado sobre un estante de piedra, fuera del alcance del subinspector.

Luego, se volvió a ajustar el delantal de cuero grueso y miró hacia la mesa de despiece.

El biólogo, que había asistido a la escena con una esperanza efímera que acababa de morir, comenzó a temblar con una violencia incontrolable.

El viejo pescador tomó de nuevo el bidón de metales pesados y reacomodó la sonda gástrica entre los labios de la víctima con una frialdad matemática.

—Como te decía, amigo —susurró Carles, con la misma voz pedagógica e implacable de antes—, vamos a comprobar qué tal le sienta tu informe a tu propio estómago. El mar no puede esperar.

El rugido de la tramontana volvió a sacudir los muros exteriores del búnker, sepultando los gritos ahogados del biólogo bajo el silencio de las Planasses mientras el filtro de L'Escala reanudaba su macabra tarea.