⚓ 13. Las Entrañas del Hormigón
El subinspector Albert Torrent avanzaba a tientas por el sendero del acantilado, pegando el cuerpo a la pared de roca caliza cada vez que las rachas de la tramontana amenazaban con empujarlo hacia el vacío.
No encendió su linterna. Sabía que un destello en mitad de la negrura de las Planasses alertaría a Carles Joan, y el viejo pescador se movería en la oscuridad como un tiburón en su elemento.
Siguió el rastro guiándose únicamente por el sonido sordo del oleaje y un presentimiento que le oprimía el pecho con la fuerza de un tornillo de banco.
Al llegar a una de las hendiduras más profundas de la piedra, donde la vegetación salvaje ocultaba la entrada tapiada de la antigua batería militar de la Guerra Civil, Albert se detuvo.
En el suelo, medio enterrada en el barro, localizó una pequeña tapa de plástico negro: el protector de la lente de la linterna de cabeza del biólogo. Habían entrado por ahí.
El policía desenfundó su arma reglamentaria, sintiendo el frío del acero en la palma de la mano, y se deslizó por el angosto pasillo de hormigón que se internaba en las entrañas de la tierra.
A medida que avanzaba, el rugido exterior de la tormenta se transformaba en un eco sordo, lejano y vibrante que hacía temblar las paredes húmedas.
El aire en el interior del búnker era denso, gélido y apestaba fuertemente a lejía industrial combinada con el olor dulzón y rancio del tabaco de pipa.
Al final de la galería, una tenue luz amarillenta comenzó a dibujar sombras grotescas en el suelo de cemento. Albert se asomó con cautela tras el marco de una puerta de hierro oxidado y la escena que presenció le heló la sangre en las venas.
En el centro de la cámara subterránea, iluminado por el parpadeo de un quinqué de aceite, Carles Joan ya se había colocado su delantal de cuero grueso.
El biólogo corrupto estaba tendido sobre una mesa metálica de despiece, con las bridas de nailon hincándosele en las muñecas y los tobillos.
Tenía los ojos desorbitados por el pánico, pero sus músculos no respondían debido al efecto residual del taser.
Carles, con una tranquilidad espeluznante, introducía una sonda gástrica por la boca de la víctima mientras conectaba el otro extremo a un bidón de plástico que contenía los mismos metales pesados concentrados de los vertidos de las Planasses.
—El agua de L'Escala cura a los limpios, amigo, pero a los que cobran por envenenarla... a los que cobran por firmar informes falsos, los quema por dentro —susurró el viejo pescador, levantando el bidón con parsimonia—. Te daré a probar tu propia ciencia.
Albert dio un paso al frente, irrumpiendo en la sala con la pistola apuntando directamente a la cabeza de Carles Joan.
—¡Quieto! ¡Suelte ese bidón, Carles! ¡Baje las manos ahora mismo! —bramó el subinspector, con la voz quebrada por la tensión psicológica.
Carles Joan no se sobresaltó. Detuvo el movimiento del bidón de plástico con una lentitud calculada y giró la cabeza despacio hacia el policía.
Bajo la luz espectral del quinqué, sus ojos claros brillaron con una calma absoluta, casi mística.
No vio en Albert a un enemigo, sino al hijo del marinero que tantas noches había compartido su pan en alta mar.
—Llegas tarde, Albert —dijo el viejo, sin una pizca de miedo en el tono—.
La marea ya ha subido. Este hombre ha venido a nuestro pueblo a ratificar su informe comprado.
Mañana iba a mentirle a la prensa para que las empresas sigan vertiendo ácido en las calas donde se bañaran tus hijos.
Si me detienes, mañana él se irá a su casa de Barcelona con los bolsillos llenos de dinero negro y el mar de L'Escala morirá.
Dispárame si quieres proteger la ley de los corruptos.
Pero si disparas, estarás matando el futuro de tu tierra.
El dedo de Albert Torrent tembló sobre el gatillo.
El peso de la placa se volvió una tortura intolerable en su cinturón.
Miró al biólogo, que emitía gemidos ahogados a través de la sonda, y luego miró los ojos firmes del viejo pescador.
El debate moral entre la justicia ecológica y la ley penal se había resuelto dentro de él, pero ver la crudeza del castigo físico cara a cara ponía a prueba los últimos restos de su cordura.
El subinspector de los Mossos d'Esquadra se encontraba atrapado en las entrañas del hormigón, y el silencio del búnker esperaba su veredicto definitivo.