La Tramontana de los muertos ⚓ 12. La Captura de la Posidonia
30%

⚓ 12. La Captura de la Posidonia

La noche cayó de golpe, sepultando los acantilados de las Planasses bajo un manto de oscuridad tan espeso que el mar y el cielo se fundieron en una sola negrura amenazante.

Con el último destello del crepúsculo, la tramontana regresó.

No llegó de forma gradual; se desató con una racha violenta que hizo crujir las copas de los pinos mediterráneos y levantó una cortina de espuma blanca sobre las rocas calcáreas.

El viento traía el frío del norte, ese aire cortante que vaciaba las calles de L'Escala y obligaba a los lugareños a atrancar sus porticones.

Era el escenario que Carles Joan consideraba el escenario sagrado para sus ofrendas.

El biólogo y consultor medioambiental apuró el paso por el sendero pedregoso que descendía hacia la cala.

Llevaba una linterna de cabeza encendida, cuyo haz de luz blanca oscilaba espasmódicamente sobre la maleza y los charcos de salmuera.

El hombre maldijo entre dientes mientras se ajustaba el cuello del abrigo.

Había bajado hasta la orilla en un último arranque de soberbia profesional, buscando tomar un par de fotografías nocturnas del agua cristalina para usarlas como soporte visual en su presentación ante los medios.

Quería demostrar que el entorno estaba "impoluto" y que los vertidos químicos invisibles que ya envenenaban el fondo marino no alteraban la superficie.

Carles Joan se movía entre las rocas con la familiaridad de un reptil que conoce cada grieta y cada desnivel del terreno.

No usaba linterna; sus ojos claros estaban hechos a la penumbra y sabían interpretar el relieve calcáreo bajo las estrellas ocultas por los nubarrones.

Había dejado su bastón escondido en el maletero del coche: la debilidad física de la artritis era un lujo que solo se permitía ante los investigadores uniformados.

En su mano derecha, oculta bajo la manga del impermeable grueso, empuñaba un dispositivo de descarga eléctrica de alta potencia industrial.

Un arma limpia, silenciosa y fulminante.

El consultor se detuvo al borde del agua, donde las olas rompían con un estruendo ensordecedor que ahogaba cualquier otro sonido en un radio de varios kilómetros. Se agachó, encuadrando la pantalla de su teléfono móvil hacia la marea alta.

No escuchó los pasos marineros tras de él. Solo sintió un gélido latigazo que le recorrió la espina dorsal cuando el taser camuflado de Carles Joan se hundió en la base de su cuello.

La descarga de alto voltaje congeló el sistema nervioso del biólogo en un milisegundo.

Sus músculos se tensaron en un espasmo violento y el teléfono salió despedido, destrozándose contra las piedras húmedas antes de ser arrastrado por la resaca.

El hombre cayó a plomo sobre el lecho de algas descompuestas, completamente paralizado, con los ojos abiertos de par en par en una expresión de terror absoluto, pero dolorosamente consciente de lo que ocurría a su alrededor.

El cloroformo había sido un error del pasado; la electricidad no dejaba margen a las crisis asmáticas ni a las descargas de adrenalina imprevistas.

Con una parsimonia espeluznante, Carles Joan se arrodilló a su lado.

La luz de la linterna de cabeza de la víctima, que había quedado tirada en el suelo apuntando hacia el cielo, iluminó de abajo arriba el rostro del pescador.

Bajo esa iluminación espectral, las arrugas de Carles parecían surcos de piedra fría y sus ojos claros destellaban con una determinación implacable.

Sin mediar palabra, el viejo extrajo de su mochila varias bridas de nailon industriales de alta resistencia.

Con movimientos mecánicos y fluidos, curtidos en mil maniobras de amarre bajo la tempestad, Carles entrelazó las muñecas del biólogo a la espalda y le aseguró los tobillos con una doble lazada que cortó la circulación del hombre.

No eran cuerdas de cáñamo que pudieran ceder con el sudor o los nudos mal tensados; el nailon industrial solo se apretaba más con cada intento de forcejeo.

Carles Joan cargó al biólogo sobre sus hombros con una fuerza que desafiaba cualquier lógica biológica para un hombre de su edad.

Comenzó a ascender por la pared del acantilado, internándose en una de las grietas ocultas por la vegetación salvaje que conducía directamente hacia las galerías de hormigón de la batería militar abandonada de la Guerra Civil.

El mar de L'Escala rugió con más fuerza desde el abismo, celebrando que el filtro de la tierra se había puesto en marcha una vez más, sin dejar un solo cabo suelto en la superficie.