⚓ 11. La Sombra en el Acantilado
El coche del biólogo, un utilitario gris que desentonaba con el entorno rural de L'Escala, permanecía aparcado en el arcén de tierra batida que conducía a la zona norte de las Planasses.
El motor aún desprendía un calor tenue que distorsionaba el aire gélido de la tarde.
Carles Joan lo observaba desde la seguridad que le brindaba la pinada que coronaba el acantilado.
Sus ojos claros, fijos y sin parpadeo, registraban cada movimiento del técnico con la precisión de un ave de presa marina.
El biólogo, ajeno por completo al parásito invisible que le seguía los pasos, caminaba por el borde de las rocas sosteniendo una libreta digital, simulando tomar anotaciones técnicas para la puesta en escena de la rueda de prensa del día siguiente.
Carles aspiró el humo denso de una pipa nueva que había comprado en un estanco de la carretera general.
No era su vieja pipa de brezo, la que su pulgar había pulido durante tres décadas, pero el tabaco de galera seguía sabiendo a lo mismo: a la amargura del que sabe que el tiempo corre en su contra.
El viejo pescador acarició el ancla de plata que colgaba de su cuello bajo el jersey de lana.
Sabía que la policía estaba registrando el municipio de arriba abajo y que el subinspector Torrent le guardaba el secreto bajo una tregua armada.
Pero la llegada de aquel consultor corrupto, plantando sus sucias botas sobre las Planasses para defender un informe que envenenaría las Praderas de Posidonia, era un insulto que el mar no iba a perdonar.
La purga debía ejecutarse esa misma noche.
No habría nudos que fallaran ni almacenes con estanterías oxidadas; Carles había diseñado un plan perfecto y pulcro dentro de las galerías ocultas del hormigón militar.
A menos de trescientos metros de allí, oculto tras la pantalla de matorrales que bordeaba la carretera de las ruinas de Empúries, el subinspector Albert Torrent observaba la misma escena a través de unos prismáticos desde el interior de su vehículo camuflado.
Su pulso era errático. Había dejado al agente Santana en la comisaría de Figueres revisando las últimas transferencias bancarias de la constructora, con la excusa de que él realizaría una "ronda rutinaria de reconocimiento" por los alrededores del Club Náutico.
Era una mentira burda, una traición más a su uniforme.
A través de las lentes de los prismáticos, Torrent vio la silueta de Carles Joan camuflada entre las ramas de los pinos.
Vio cómo el viejo se retiraba en silencio hacia los senderos ocultos de la roca en cuanto el biólogo guardó su libreta y se dirigió de regreso al coche.
El policía sintió el peso gélido de la pipa de Carles, guardada en el cajón bajo llave en su despacho, golpeándole la conciencia.
Sabía perfectamente lo que iba a ocurrir cuando la luz del sol se apagara del todo.
Se encontraba en mitad de una encrucijada destructiva: si arrestaba a Carles en ese instante, salvaría la vida de un delincuente de guante blanco que condenaría el ecosistema de su infancia; si miraba hacia otro lado, se convertiría de forma definitiva en el protector de un asesino sádico.
El aire de L'Escala comenzó a oler a azufre y sal, y Torrent, atrapado por el arraigo a su tierra, arrancó el motor en silencio, decidiendo que esa noche seguiría al fantasma hasta las últimas consecuencias.