⚓ 10. La Marea de la Traición
La presión política tras el estallido del escándalo de corrupción urbanística convirtió la comisaría de los Mossos d'Esquadra de Figueres en un hormiguero de llamadas de alta tensión.
El contraataque de la mafia del ladrillo de Girona no se hizo esperar.
Con su líder, Aleix de Vilallonga, acorralado por la Fiscalía Anticorrupción tras la filtración anónima de Carles Joan, los socios invisibles de la corporación movieron sus hilos en los despachos de Barcelona.
El objetivo de la red criminal era claro: cortar de raíz la investigación y descabezar al equipo policial antes de que salieran a la luz más trapos sucios.
Intentaron, por todos los medios civilizados de la presión institucional, apartar al subinspector Albert Torrent del caso.
Argumentaron ante la Jefatura Regional que el policía, al ser nativo de L'Escala, carecía de la objetividad necesaria y mantenía sesgos personales que entorpecían la captura del "supuesto comando mafioso" que Vilallonga insistía en denunciar.
Pero no lo consiguieron. El Comisario Jefe, aunque asfixiado por las llamadas del Conseller, sabía que quitar a Torrent en mitad de un terremoto mediático apestaría a encubrimiento en las portadas de los periódicos.
Albert se mantuvo al frente del timón, blindado por el mismo caos que el viejo pescador había desatado.
Mientras tanto, en la delegación de Girona, el agente Santana continuaba persiguiendo los fantasmas del dinero negro.
Siguiendo las instrucciones de Torrent de centrarse exclusivamente en los movimientos financieros de la constructora, el joven policía pasó horas cruzando facturas emitidas bajo conceptos ambiguos de asesoramiento técnico.
Su insistencia dio frutos antes de lo previsto, descubriendo un dato que complicaba la trama policial de una forma que Santana aún no alcanzaba a comprender en toda su magnitud.
Encontró que un biólogo y consultor medioambiental de fuera de la provincia había recibido un pago desorbitado —más de ochenta mil euros en una cuenta puente— esa misma semana.
La transferencia figuraba como honorarios por un "estudio de impacto ambiental de urgencia" en el sector de las Planasses.
El consultor, que todavía estaba vivo y libre, era el técnico que había estampado su firma para declarar inocuos los vertidos industriales químicos sobre las praderas de Posidonia de L'Escala.
Santana, emocionado por el hallazgo, llamó de inmediato a su superior por la línea segura.
—Subinspector, los cabos sueltos financieros se están uniendo —exclamó Santana al otro lado del teléfono—.
El biólogo que firmó la polémica licencia medioambiental cobró una fortuna de la empresa de Vilallonga justo antes del secuestro.
Esto ya no es solo una guerra entre constructores.
La constructora estaba pagando de forma sistemática para envenenar la costa con el amparo de informes científicos falsificados.
Albert Torrent escuchaba a su compañero mientras mantenía la mano metida en el cajón de su escritorio, rozando con las yemas de los dedos la madera áspera de la pipa de brezo de Carles Joan.
Su día a día se había convertido en un ejercicio tortuoso de equilibrismo psicológico.
Tenía que fingir delante de Santana y de los mandos que seguía buscando de forma implacable a un asesino o a un matón profesional ruso, mientras en su interior albergaba la certeza absoluta de quién era el verdugo.
Al escuchar el nombre del biólogo corrupto, Albert no hizo nada por protegerlo ni dio órdenes de ponerle una escolta preventiva.
En el fondo de su conciencia policial, que ya estaba irremediablemente agrietada, el subinspector sabía que lo mejor era que ese hombre desapareciera y que toda la mierda saliera a la luz a través de la marea de la justicia poética.
La ley ordinaria tardaría años en tumbar aquel informe medioambiental comprado; para cuando los jueces actuaran, el ecosistema costero de su infancia estaría destruido de forma irreversible.
La decisión interna del policía estaba tomada, sellada bajo el peso de su historia familiar: L'Escala no se tocaba.
Si el mar necesitaba otro sacrificio para mantenerse limpio, él no sería quien detuviera el mazo de Carles.
✽✽✽
El detonante que dinamitó la tensa calma del municipio ocurrió al caer la tarde de ese mismo viernes. La tramontana había dado una tregua, dejando un cielo de un azul metálico y un mar espeso que golpeaba con pereza los bloques del puerto deportivo.
Albert Torrent se encontraba revisando las novedades de la comisaría local cuando Santana entró en el despacho a trompicones, con el radioteléfono encendido y el rostro demudado por la incredulidad.
—Subinspector... no se lo va a creer. El biólogo corrupto acaba de llegar al pueblo.
Albert se incorporó despacio, sintiendo cómo los músculos del cuello se le tensaban como cabos de arrastre.
—¿Qué dices, Santana? ¿Qué hace aquí?
—Ha venido en su propio coche, directo desde su despacho de Barcelona —explicó el agente, señalando los mapas del yacimiento—.
A pesar del escándalo mediático y de que Vilallonga está en el hospital, el biólogo ha convocado una rueda de prensa de urgencia para mañana por la mañana en el club náutico.
Va a ratificar su informe falso. Se rumorea que la corporación le ha prometido doblar el pago si aguanta el tipo ante los medios de comunicación y asegura que los vertidos industriales en las Planasses son completamente aptos para el entorno.
Está desafiando al pueblo entero en su propia cara.
Albert miró fijamente por la ventana de la comisaría.
La llegada del biólogo corrupto, plantando sus pies en L'Escala para defender el veneno que mataría las aguas del Empordà, era la provocación definitiva.
El policía no necesitó mirar hacia el casco antiguo para saber lo que estaba ocurriendo en ese mismo instante.
Carles Joan ya se habría enterado de la noticia a través de los corrillos de la lonja.
El vigilante del mar estaría, sin lugar a dudas, preparando el delantal de cuero, las bridas industriales y los cuchillos de salazón en la penumbra de su sótano.
La partida de ajedrez entre la ley y la tierra entraba en su fase más peligrosa. El biólogo acababa de meterse por su propio pie en la boca del lobo, y Albert Torrent sabía que la próxima noche de tormenta no dejaría supervivientes en los acantilados de las Planasses.