⚓ 9. El Espejo de la Memoria
El pueblo de L'Escala amaneció bajo un estruendo que no provenía del oleaje contra los espigones, sino de los quioscos y las pantallas de los televisores en la plaza de la Iglesia.
Las portadas de los diarios de Barcelona abrían a cinco columnas con letras de un molde negro y rotundo: "La Mafia del Ladrillo en la Costa Brava: Destapada una red de sobornos millonarios del promotor Aleix de Vilallonga a altos cargos municipales".
El subinspector Albert Torrent caminaba despacio por las calles adoquinadas del casco antiguo, esquivando a corrillos de vecinos que gesticulaban con el periódico bajo el brazo.
El ambiente estaba extrañamente agitado, pero vibraba en él una alegría contenida, ruda y marinera.
La gente comentaba la noticia en la puerta de la lonja con una satisfacción mal disimulada; ese tipo influyente que venía a hormigonar sus recuerdos ya no jugaría más en sus calles.
El escándalo político y judicial acababa de sepultar la urgencia de la investigación policial del secuestro por el que suspiraba la jefatura de Figueres.
La cortina de humo de Carles Joan era perfecta para la prensa, pero inútil para el hombre que llevaba una pipa escondida en el bolsillo de la chaqueta.
Albert se detuvo frente a una pequeña puerta de madera carcomida por el salitre, en un callejón estrecho que conducía directamente al muelle viejo. Ajustó el arma reglamentaria en su cinturón, tragó saliva y llamó tres veces con los nudillos.
Unos pasos lentos y pesados, acompañados por el arrastrar rítmico de un bastón, sonaron en el interior de la vivienda.
La puerta se abrió despacio. Carles Joan lo recibió con su habitual rostro afable, una sonrisa mansa grabada en sus arrugas y un ademán cálido que habría desarmado a cualquier investigador forense del Estado.
Llevaba puesto un jersey de lana viejo y mantenía las manos encogidas, con los dedos rígidos pegados al bastón en un estudiado teatro de la artritis.
Sin embargo, bajo esa máscara de anciano desvalido, Albert detectó de inmediato una tensión latente en sus pupilas claras.
El viejo estaba en suspense; sabía perfectamente que el hijo de su mejor amigo no venía a hacer una visita de cortesía.
—Pasa, Albert, pasa. Menudo día de locura tenemos en el pueblo con lo de ese constructor corrupto, ¿eh?
Dios finalmente pone a cada uno en su lugar —dijo Carles, apartándose con torpeza fingida para dejarle sitio en el angosto recibidor que olía a cera de aparejos y a humedad vieja—.
Siéntate en la mesa, te prepararé un café.
Con estas manos mías tardo un poco, pero...
—No te molestes por el café, Carles —le cortó Albert, manteniendo una voz gélida y distante, una dureza profesional que hizo que la sonrisa del pescador se congelara un milisegundo—. Siéntate. Tenemos que hablar.
Ambos hombres se acomodaron a los lados de una mesa de madera de pino desgastada por los años.
La luz grisácea que se colaba por el ventanuco apenas iluminaba el espacio entre ellos.
Albert no anduvo con rodeos. Introdujo la mano en la chaqueta, extrajo la pipa de brezo oscuro y la puso con un golpe seco sobre la mesa, justo en el centro, entre los dos.
El silencio que siguió fue absoluto, roto únicamente por el silbido lejano de la tramontana en el tejado.
Carles Joan miró el objeto. Durante unos segundos largos e insoportables, intentó sostener su mentira, arrugando el entrecejo con una expresión de desconcierto ensayada frente al espejo.
—¿Una pipa, Albert? No entiendo... En el pueblo casi todos los viejos fumamos lo mismo. No sé qué me quieres decir con esto.
—No me mientas, Carles. Por el amor de Dios, no a mí —Albert se inclinó hacia delante, apoyando los antebrazos en la madera, con los ojos fijos en el pescador—.
Esta pipa estaba debajo de la silla donde amarraste a Aleix de Vilallonga.
La recogí antes de que la científica la viera en el almacén de la salazón.
Sé lo de las tres muescas en la boquilla de ebonita.
Sé que te las hiciste mordiendo el vástago en las noches que salías a faenar con mi padre.
Lo sé todo. Así que mírame a la cara y deja de actuar como si fueras un pobre viejo que no puede doblar los dedos.
Al verse presionado del todo, acorralado por las pruebas biológicas y la mirada implacable del policía, el teatro de la fragilidad física de Carles Joan se desmoronó por completo.
Dejó caer el bastón al suelo con un ruido sordo.
Sus hombros se enderezaron y sus manos, duras como el cuero de una bota, se apoyaron con firmeza sobre la mesa.
La expresión bonachona desapareció, dando paso a una frialdad matemática, gélida y rotunda.
—La encontraste, entonces —confesó Carles, con una voz baja y calmada que no denotaba ni un ápice de temor o arrepentimiento—. Pensé que se me había caído en el mar. Las prisas son malas consejeras en la cubierta.
—¿Por qué, Carles? —preguntó Albert, con un deje de dolor en la voz—. El turista de las Planasses, el anticuario Narcís Dalmau... Los hiciste desaparecer sin dejar rastro. Eres un asesino en serie, Carles. La ley penal te va a sepultar en una celda el resto de tus días.
Carles Joan soltó una risa amarga, seca, clavando sus ojos claros en el subinspector. El viejo se reclinó en la silla, entrelazando sus dedos funcionales, y su mirada pareció perderse en un flashback doloroso de su propia existencia.
—¿La ley penal, Albert? ¿Dónde estaba tu maldita ley cuando yo era un chaval y las playas de L'Escala eran de arena fina y limpia, donde las barcas de madera descansaban bajo los pinos y el agua curaba las heridas?
—la voz del viejo cobró una intensidad magnética—.
Toda mi vida la he dejado en este mar. He visto la dureza de la pesca, el frío que te cala los huesos en invierno, la miseria de los años malos.
Lo aguantamos todo porque la tierra y el mar nos daban dignidad.
¿Y qué tenemos ahora? Esos parásitos vienen de fuera con sus millones o sus botellas a cagar de desprecio en nuestra memoria.
El turista maltratando la fauna por pura diversión, el anticuario robando los huesos de los hombres que levantaron este pueblo para venderlos como mierda de perro en Figueres...
Y ese Vilallonga... ese monstruo quería sepultar las dunas bajo una mortaja de hormigón.
Tú los llamas víctimas, Albert. Yo los llamo basura que contamina el agua de mis ancestros.
Alguien tenía que limpiar el mar. Alguien tenía que ser el filtro.
Albert Torrent sintió que las palabras del pescador le golpeaban el pecho como un mazo.
El debate moral que llevaba arrastrando días estalló con una violencia inusitada dentro de sus sienes.
El policía sabía perfectamente que Carles tenía razón en su diagnóstico del dolor, pero los métodos eran intolerables para un hombre con placa.
—Esa no es tu función, Carles. No eres Dios para decidir quién vive y quién muere —replicó Albert, aunque la firmeza de su voz flaqueaba—. La justicia ordinaria se encargará de ellos. Ya has visto los periódicos de hoy. La fiscalía va a destrozar a Vilallonga.
—¿La justicia ordinaria? No seas ingenuo, muchacho —Carles se inclinó de nuevo, bajando la voz hasta volverla un susurro sibilante—.
Vilallonga saldrá libre con una fianza que paga con los intereses de una tarde.
Y no es el único. Tu maravillosa ley penal no va a detener al biólogo y consultor medioambiental que acaba de firmar el informe falso sobre los vertidos químicos en las aguas de las Planasses.
Ese técnico de fuera de la provincia ha cobrado un soborno para decir que el veneno industrial es apto para el baño, condenando a las praderas de posidonia a una muerte lenta.
Su informe ya está firmado, Albert. Los tribunales tardarán diez años en revisar el caso, y para entonces, el mar de L'Escala estará muerto.
¿Vas a esperar a que tu ley limpie el agua o vas a dejar que el guardián haga su trabajo?
La revelación sobre el biólogo corrupto cayó como una losa de plomo sobre la conciencia del policía.
Torrent se quedó sin argumentos, mirando fijamente la pipa sobre la mesa.
Se dio cuenta de que si esposaba a Carles Joan en ese instante, estaría salvando la vida de un técnico corrupto que iba a envenenar el mar de sus propios hijos.
Su brújula moral se quebró en mil pedazos.
El peso de la placa se volvió insoportable en su cinturón.
Tras un minuto de silencio absoluto donde solo se oía el latido de sus propios pulsos, Albert Torrent se levantó lentamente de la silla. No sacó los grilletes. Con un movimiento pausado, recogió la pipa de brezo de la mesa y se la volvió a guardar en el bolsillo interior de la chaqueta.
—Esta pipa me la quedo yo, Carles —dijo Albert, con un tono sombrío y desprovisto de toda calidez—.
No habrá orden de registro para tu casa, ni patrullas en tu puerta.
He desviado la investigación hacia las mafias del ladrillo de Girona y Santana se ha creído la historia.
Estás a salvo del radar de Figueres. Por ahora.
Carles Joan lo miró de abajo arriba, con una mueca que mezclaba el respeto por el hijo de su amigo y la fría superioridad del que sabe que ha ganado la partida psicológica.
—Sabía que la sangre de tu padre corría por tus venas, Albert. Tú también amas este mar.
—No te equivoques, viejo —le interrumpió Torrent, deteniéndose junto al umbral de la puerta con la mano apoyada en la cerradura, creando una atmósfera cargada de un suspense denso y ávido de más—.
No lo hago por ti. Lo hago por L'Escala.
Pero escúchame bien: el almacén de salazón está quemado.
La policía vigila el puerto de día y de noche.
Si vuelves a mover una sola barca a deshoras, si vuelves a afilar un solo cuchillo fuera de la lonja, o si ese biólogo del que hablas desaparece...
vendré a por ti yo mismo. Y no me importará la memoria de mi padre.
Has estirado la cuerda todo lo que podías, Carles.
No dejes que la tramontana te barra a ti también.
Albert abrió la puerta y salió al callejón sin esperar respuesta, dejando al viejo pescador a oscuras, solo con su delantal de cuero y su bastón caído en el suelo.
La tregua entre el policía y el asesino era tan frágil como la espuma de las olas, y el aire de L'Escala seguía oliendo a tormenta inminente.