⚓ 8. El Hilo de Ariadna
El subinspector Albert Torrent mantenía la persiana de su despacho a medio bajar, bloqueando la luz grisácea que se filtraba desde el aparcamiento de la comisaría de Figueres.
Sobre la mesa, justo encima de un secante de cuero verde que había pertenecido a su antecesor, reposaba la pipa de brezo oscuro que había sustraído del almacén de salazón.
La observaba sin tocarla, como si fuera un artefacto explosivo a punto de detonar.
El aroma a tabaco de galera, rancio y denso, aún emanaba de la cazoleta de madera.
Era el mismo olor que impregnaba los recuerdos de su infancia; el olor que desprendía la ropa de Carles Joan cuando lo llevaba a pescar en L'Estima y le enseñaba a interpretar el color del agua para predecir la llegada de un temporal.
Albert sacó de su cajón una lupa de precisión y, con movimientos lentos y profesionales, examinó la boquilla de ebonita negra.
No necesitaba un laboratorio genético para confirmar lo que sus ojos ya veían: en la parte inferior de la boquilla había tres pequeñas muescas paralelas, marcas profundas hechas por el tic nervioso de Carles al morder el vástago cuando el sedal se tensaba.
La prueba era irrefutable. El asesino que había aterrorizado a la comarca con desapariciones perfectas era el hombre al que su padre llamaba hermano.
El sonido de los nudillos golpeando la puerta rompió el silencio del despacho. Albert deslizó la pipa al interior de su cajón y lo cerró de golpe justo antes de que el agente Santana asomara la cabeza.
—Subinspector, disculpe que lo moleste —dijo el chaval, con los ojos abiertos por la excitación y un fajo de folios impresos en la mano—.
Acaban de llegar los primeros informes de telefonía y aduanas sobre el entorno de Vilallonga.
La hipótesis del ajuste de cuentas se está complicando de una manera alucinante.
—Adelante, Santana. Siéntate y habla —ordenó Albert, forzando una calma profesional que distaba mucho de lo que sentía en las entrañas.
Santana se sentó al otro lado de la mesa, extendiendo los papeles con entusiasmo cinematográfico.
—Hemos cruzado las llamadas de Vilallonga de las últimas cuarenta y ocho horas antes del secuestro.
No hay mafias rusas, subinspector. Hay políticos.
El tipo estuvo llamando de forma insistente a tres números ocultos que corresponden a tarjetas de prepago registradas a nombres falsos.
Pero lo mejor es que el geoposicionamiento de una de esas tarjetas da señal repetidamente en el mismísimo Ayuntamiento de L'Escala.
Estaban cerrando un trato gordo. Quienquiera que lo asaltara en el Club Náutico, sabía perfectamente que Vilallonga se movía con información muy sensible.
Albert tamborileó los dedos sobre la mesa. La deducción de Santana, aunque seguía orientada hacia una conspiración criminal abstracta, se acercaba peligrosamente al núcleo del motivo: la destrucción urbanística del pueblo.
—Bien trabajado, Santana —dijo Albert, ganando tiempo—. Pero los indicios del almacén siguen siendo ambiguos. ¿Qué dice la científica sobre las cuerdas?
—Cáñamo común, subinspector. Del que se compra en cualquier ferretería industrial o almacén agrícola de la provincia —respondió el joven agente, encogiéndose de hombros—.
No hay huellas dactilares aprovechables en las latas ni en la silla.
El secuestrador trabajó con guantes gruesos, probablemente de cuero o goma industrial.
El laboratorio dice que el cloroformo utilizado es de una pureza altísima, de uso hospitalario o de laboratorios de salazón de pescado antiguos, donde se usaba para conservar ciertas muestras de tejido marino en los años ochenta.
Cada detalle técnico que Santana aportaba como un callejón sin salida era, para Albert, una confirmación absoluta.
El cáñamo, el cloroformo obsoleto, el conocimiento del secadero...
El hilo de Ariadna se tensaba cada vez más alrededor del cuello de Carles Joan.
El subinspector comprendió que la investigación estaba entrando en una fase crítica: la central de Figueres no tardaría en enviar un equipo de refuerzo si el caso no se resolvía en los próximos días, y esos agentes no tendrían miramientos con los viejos del puerto.
—Escúchame, Santana —Albert se inclinó hacia delante, fijando una mirada gélida en su compañero—.
Quiero que sigas tirando del hilo de los teléfonos del ayuntamiento.
Olvídate de los marineros por ahora. Desplázate a Girona y solicita el registro de las cuentas bancarias de la constructora de Vilallonga.
Si hay un móvil financiero o político detrás de esto, las respuestas están en sus libros de contabilidad, no en las redes de pesca de L'Escala.
—Entendido, subinspector. Me pongo a ello ahora mismo —dijo Santana, recogiéndose los informes y saliendo del despacho con la sensación de estar persiguiendo a una gran red de corrupción internacional.
Al quedarse solo de nuevo, Albert Torrent sacó la pipa del cajón.
La sostuvo entre las manos, sintiendo el peso de la traición y la responsabilidad.
Su estrategia de desviar la atención de la policía hacia las mafias del ladrillo le daba un margen de tiempo precioso a Carles Joan, pero el policía sabía que no podía mantener esa cortina de humo eternamente.
Tenía que confrontar al viejo. Necesitaba mirarlo a los ojos y entender el alcance de su locura antes de que el sistema judicial, o la propia mafia que Vilallonga lideraba, destrozaran lo que quedaba de la paz en el Empordà.
El hilo estaba en sus manos, y el final del laberinto se encontraba en la plaza de la Iglesia de L'Escala.