La Tramontana de los muertos ⚓ 7. El Contraataque del Fantasma
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⚓ 7. El Contraataque del Fantasma

El amanecer en el casco antiguo de L'Escala no trajo el sol, sino una luz grisácea y sucia que la tramontana empujaba desde los acantilados.

Carles Joan se encontraba sentado en el borde de su cama de hierro, en la pequeña habitación que olía a madera vieja y a cera para aparejos.

Tenía los ojos fijos en la palma de su mano derecha.

Buscaba algo que no estaba allí. Con dedos temblorosos, palpó una y otra vez los bolsillos de su chaleco de lona, luego el cajón de la mesita de noche, y finalmente el suelo debajo del jergón.

Nada.

La pipa de madera de brezo oscuro, su fiel compañera de galeras durante los últimos treinta años, la misma que su pulgar había pulido hasta dejarla suave como la seda, había desaparecido.

Un sudor frío, impropio de un hombre acostumbrado a los inviernos gélidos de alta mar, le brotó en la nuca.

Memoria. Necesitaba hacer memoria. Visualizó el forcejeo en el almacén de salazón: el estallido de adrenalina del empresario, los cuerpos rodando por el hormigón, el impacto brutal de la estantería de hierro contra su frente.

Se tocó la ceja izquierda; la costra de sangre ya estaba dura y seca.

Fue ahí. En el momento en que las latas oxidadas cayeron con estruendo sobre ellos, la pipa debió de deslizarse de su bolsillo.

Carles se levantó de golpe, sintiendo el crujido de sus rodillas.

Si la policía científica encontraba esa pipa, estaba acabado.

Cada rincón de su mente, antes un templo de orden y frialdad matemática, se vio invadido por una paranoia punzante.

Limpió la herida de la ceja con un trapo empapado en alcohol, se caló la gorra marinera hasta las orejas para ocultar la brecha y salió a la calle, arrastrando los pies con el bastón en la mano.

Debía actuar como si fuera un jueves cualquiera.

Su mejor escondite era su propia rutina.

✽✽✽

El puerto pesquero era un hervidero de murmullos sordos bajo el viento.

Las lanchas de la Guardia Civil y los coches camuflados de los Mossos d'Esquadra rodeaban los accesos al club náutico, rompiendo la actividad normal de los pescadores que descargaban las cajas de pescado en la lonja.

Carles avanzó por el muelle con su paso cansado de abuelo desvalido.

Saludó con un leve gesto de cabeza al patrón del Sant Ramon y se sentó en un bolardo de hierro a observar el despliegue.

—Están buscando a un asesino, Carles —le susurró Jaume, un viejo estibador jubilado que se acercó a su lado compartiendo un cigarrillo—. Dicen que anoche intentaron degollar a un pez gordo de Girona en uno de los almacenes viejos de la salazón. El pueblo está lleno de secretas.

Carles forzó una mirada de asombro y horror, abriendo los ojos claros con fingida inocencia.

—¿En la salazón? Virgen santa, Jaume... Ya no se puede estar seguro ni en tu propia casa. ¿Y saben quién ha sido?

—Qué van a saber. Dicen que el de Girona está ingresado y que habla de una mafia que venía a por sus millones.

Pero los jóvenes de la policía andan como locos mirando las barcas.

A ti no te dirán nada, con esas manos tuyas que no pueden ni sujetar un sedal —Jaume soltó una carcajada ruda, dándole una palmada afectuosa en el hombro antes de alejarse hacia la cantina.

Carles se quedó solo, sintiendo que el aire se le congelaba en los pulmones.

Miró de reojo hacia la carretera del acantilado y divisó el coche patrulla del subinspector Albert Torrent regresando del almacén.

El cerco estaba activo. La policía estaba pisándole los talones y él carecía de la capacidad física para enfrentarse a un cuerpo del Estado.

Si querían atrapar a un "pescador mayor", peinarían el pueblo hasta dar con él.

Fue en ese instante de máxima presión cuando la mente de Carles Joan dio un giro estratégico fundamental.

Comprendió que si seguía usando el cuchillo y el mazo en un pueblo sitiado, caería en cuestión de horas.

La violencia física ya no era un arma útil.

Tenía que cambiar su metodología. Si el empresario hotelero lo había arrastrado al fango de la persecución policial, él arrastraría al empresario al fango de la justicia pública.

Destruiría al monstruo del hormigón utilizando los mismos secretos podridos que la mafia del ladrillo ocultaba.

✽✽✽

Carles regresó a su casa del casco antiguo con un objetivo claro.

En el sótano de la vivienda, oculto tras una pared falsa de ladrillo donde guardaba los mapas antiguos de los búnkeres de las Planasses, conservaba una caja metálica que le había pertenecido a un antiguo trabajador del ayuntamiento, un hombre que había muerto años atrás dejándole en herencia los trapos sucios del municipio.

Durante las tres horas siguientes, Carles Joan no fue un pescador; fue un archivero de la infamia.

Extendió sobre la mesa del comedor una serie de documentos confidenciales, planos originales del Parque Natural de las Dunas de Sant Martí d'Empúries y copias de transferencias bancarias emitidas por la empresa de Aleix de Vilallonga.

La información era demoledora: el empresario no solo planeaba construir el complejo hotelero ilegal, sino que había pagado más de trescientos mil euros en sobornos a tres concejales y al propio alcalde de L'Escala para modificar las lindes del suelo protegido y declarar "zona urbana" un ecosistema virgen.

Carles ordenó los papeles con una precisión quirúrgica. Documentó al detalle cada nombre, cada cuenta corriente en Andorra y cada plano falsificado. Confeccionó un dossier impecable, sin una sola anotación manuscrita que pudiera revelar su caligrafía.

Al caer la tarde, metió los documentos en un sobre acolchado grande.

Caminó hasta la oficina de correos de la localidad vecina de Torroella de Montgrí, evitando las cámaras del centro de L'Escala, y envió el paquete por correo certificado urgente con destino directo a la redacción del principal diario de Barcelona y a la Fiscalía Anticorrupción de Cataluña. No incluyó remitente.

Al regresar a L'Escala por los caminos interiores, viendo cómo las primeras luces del paseo marítimo se encendían bajo el azote de la tramontana, Carles sintió que el ancla de plata de su cuello se aligeraba.

Sabía que al día siguiente la tortilla se daría la vuelta.

El "pobre empresario secuestrado por mafias rusas" pasaría a ser el delincuente financiero más buscado del país.

La atención de la central de policía de Figueres se fragmentaría y el escándalo político enterraría la investigación del secuestro en el almacén.

Sin embargo, mientras guardaba el coche en el garaje, Carles miró el hueco vacío en su chaleco donde solía llevar la pipa.

El dossier estaba enviado y la mafia del ladrillo sentenciada ante la opinión pública, pero la prueba física seguía perdida.

La investigación policial sobre el asesino silencioso continuaba su curso subterráneo, y Carles Joan sabía que, por muy brillante que fuera su contraataque, el subinspector Torrent seguía siendo el cabo suelto más peligroso de toda la Costa Brava.