⚓ 6. El Rastro en la Sal
El haz de luz de la linterna cortaba las partículas de polvo suspendidas en el aire estancado del almacén.
El suelo de hormigón agrietado, devorado por décadas de humedad marina y costras de salitre, crujía bajo las botas del subinspector Albert Torrent.
Todo en aquel espacio cerrado evocaba una época en la que L'Escala vivía exclusivamente del esfuerzo de sus marineros, antes de que el turismo transformara la costa en un escaparate de usar y tirar.
Al fondo del local, el agente Santana se movía con una excitación casi infantil.
Iba esquivando los restos de las latas de conserva oxidadas que Vilallonga había derribado en su desesperada huida.
El chaval sacaba fotos con la cámara reglamentaria desde todos los ángulos posibles, colocando pequeños marcadores numéricos de plástico amarillo junto a los cables y las cuerdas cortadas que hallaba en el suelo.
—Esto es de manual, subinspector —dijo Santana, con la voz resonando contra las paredes desnudas de ladrillo—. El forcejeo tuvo que ser brutal. Mire el ángulo en que cayó la estantería. El sospechoso se vio completamente superado cuando la víctima reaccionó.
Torrent no respondió. Se agachó cerca de la vieja silla de madera volcada, allí donde las ataduras rotas aún conservaban la forma de las muñecas del empresario.
Sus ojos, adiestrados en mil inspecciones pero guiados en esta ocasión por un presentimiento atroz, escanearon la penumbra que quedaba justo debajo del armazón invertido de la silla.
Fue en ese milisegundo cuando el corazón le dio un vuelco.
Oculta a medias por un trozo de soga deshilachada, reposaba una pipa de madera de brezo oscuro.
Tenía la cazoleta ligeramente desgastada por el roce continuo de un pulgar rudo y conservaba el aroma inconfundible, denso y rancio, del tabaco de galera.
Torrent la reconoció al instante. No necesitaba un análisis de ADN de la saliva de la boquilla para saber de quién era.
Pertenecía a Carles Joan. El viejo marinero la había dejado caer en mitad del caótico forcejeo con Vilallonga.
Un frío glacial le recorrió la columna vertebral al subinspector.
El dilema moral, que hasta entonces había sido una sombra abstracta en su cabeza, cobró una realidad física y destructiva.
Si dejaba que Santana fotografiara esa pipa, la maquinaria científica de los Mossos d’Esquadra identificaría a Carles en menos de veinticuatro horas.
El viejo amigo de su padre, el hombre que le había enseñado los secretos del golfo, terminaría sus días en una celda por intentar defender la dignidad de L'Escala.
Torrent escuchó el clic de la cámara de Santana a escasos tres metros de distancia.
Sin dudarlo, aprovechando que el haz de luz de su compañero apuntaba en dirección opuesta, el subinspector deslizó su mano enguantada por el suelo.
Con un movimiento rápido y felino, recogió la pipa de brezo y se la guardó disimuladamente en el bolsillo interior de su chaqueta, justo al lado de su placa policial.
El peso del objeto contra su pecho le pareció, en ese instante, el de una losa de hormigón.
Acababa de cruzar una línea de no retorno: había manipulado una escena del crimen.
—Subinspector, mire esto —le llamó Santana, señalando unas marcas de neumáticos difusas cerca de la puerta corredera trasera del secadero—. ¿Sabe lo que creo? Esto no lo ha hecho un pescador de aquí. Esto tiene toda la pinta de ser un ajuste de cuentas de manual.
Torrent se incorporó despacio, presionando la pipa contra su costado con el brazo para asegurarse de que no hiciera ruido. Forzó una ceja hacia arriba, adoptando su habitual máscara de escepticismo profesional.
—¿Un ajuste de cuentas, Santana? Desarrolla esa brillante hipótesis.
—Piénselo —dijo el joven agente, creyéndose el protagonista de una novela negra—.
Vilallonga maneja millones en contratas ilegales, recalificaciones y chanchullos por toda la provincia.
Ese tipo de gente siempre pisa los dedos a quien no debe.
Alguna mafia de la construcción o competidores rusos habrán contratado a un matón profesional.
Alguien que sabía que este almacén estaba abandonado para usarlo como picadero y darle un susto de muerte.
Lo del olor a tabaco y la ropa de pescador...
¡un disfraz! Una puesta en escena para despistarnos y culpar a los lugareños. Es perfecto.
Torrent contempló el rostro entusiasmado de su compañero.
La hipótesis de Santana era absurda y peliculera, carente de cualquier lógica sobre el terreno, pero representaba la oportunidad perfecta.
Si la investigación se desviaba hacia una trama de mafias del ladrillo y venganzas empresariales ajenas al pueblo, Carles Joan estaría a salvo del radar de la central de Figueres.
—No es una mala línea de investigación, Santana —comentó Torrent, fingiendo sopesar la idea con seriedad—. Vilallonga tiene más enemigos que amigos en el sector del ladrillo. Deja constancia de las marcas de los neumáticos. Podrían ser de un todoterreno de gama alta.
Antes de que Santana pudiera colgarse la medalla por su deducción, el teléfono corporativo de Torrent comenzó a vibrar con una insistencia violenta dentro de su bolsillo. En la pantalla parpadeaba el nombre del Comisario Jefe de la región.
Torrent se apartó hacia la zona más oscura del secadero, rozando con los dedos el contorno de la pipa oculta en su chaqueta, y descolgó la llamada.
—Subinspector Torrent al habla.
—¡Albert! ¿Qué demonios tenéis en ese almacén?
—la voz del comisario llegó distorsionada por las interferencias y cargada de una ansiedad puramente política—.
Acabo de colgar con la Secretaría del Conseller.
Vilallonga está removiendo Roma con Santiago desde la cama del hospital.
Dice que os estáis tocando las narices y que quiere detenciones ya.
Exigen que peinéis cada casa de pescadores de L'Escala antes de que empiece a salir la gente a la lonja.
Torrent apretó el puño libre, sintiendo cómo la rabia le encendía la sangre.
Sabía perfectamente quién era Aleix de Vilallonga.
Sabía que los informes que acumulaba en su despacho sobre los sobornos de la constructora eran reales y que el empresario no era un testigo limpio; era un criminal de guante blanco que estaba destruyendo el patrimonio natural de su infancia con total impunidad, amparado por los mismos políticos que ahora presionaban desde Barcelona.
—Comisario, dígale al Conseller que la policía científica trabaja sobre el terreno y que la precipitación solo arruinará el caso —respondió Torrent, manteniendo una calma fría y calculada mientras sostenía la prueba incriminatoria en su bolsillo—.
Las primeras inspecciones oculares no apuntan a los pescadores locales.
Estamos barajando seriamente la hipótesis de un ajuste de cuentas profesional vinculado a los negocios inmobiliarios de la víctima en Girona.
Hay rastros de neumáticos que no coinciden con los vehículos del puerto.
Hubo un silencio tenso al otro lado de la línea. El comisario suspiró, sopesando el peso de desviar el tiro hacia las mafias empresariales, algo que políticamente resultaba más complejo pero menos dañino para el turismo local de L'Escala.
—¿Un ajuste de cuentas? ¿Estás seguro, Albert? Vilallonga insiste en que era un viejo del pueblo.
—Vilallonga estaba bajo los efectos del cloroformo, en mitad de un ataque de asma y en shock hipóxico, comisario.
Ve fantasmas donde no los hay. Vamos a seguir la pista de los neumáticos y los entornos de sus competidores en la provincia.
No voy a detener a marineros inocentes basándome en los delirios de un promotor corrupto.
—Está bien, Torrent. Sigue esa línea pero muévete rápido. Si la prensa huele que hay mafias del ladrillo secuestrando constructores en la Costa Brava, el verano se va al traste. Quiero un informe preliminar en mi mesa a primera hora.
Torrent colgó la llamada sin despedirse.
Se quedó unos segundos mirando la pared de hormigón rezumante de humedad, escuchando el rugido de la tramontana que parecía aplaudir su traición desde el exterior.
Miró a Santana, que seguía midiendo el suelo con una cinta métrica.
El subinspector Albert Torrent ya no era solo el policía encargado del caso; se había convertido en el cómplice y el escudo del vigilante del mar.
La investigación continuaba, pero el cazador y el investigador ahora caminaban sobre la misma cuerda floja.