La Tramontana de los muertos ⚓ 5. El Olor de la Salmuera
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⚓ 5. El Olor de la Salmuera

El olor a antiséptico y el pitido rítmico de los monitores cardíacos del Hospital de Figueres no lograban sofocar la tensión que flotaba en la habitación de la tercera planta.

Aleix de Vilallonga ya no era el espectro descalzo que deambulaba por las ruinas de Empúries, pero distaba mucho de ser el hombre impecable que salía en las portadas de la prensa económica.

Con una bata blanca de hospital, una vía intravenosa clavada en el dorso de la mano y un apósito blanco cubriéndole la brecha de la frente, el empresario mantenía los ojos fijos en la ventana, viendo cómo los árboles del patio se retorcían bajo las últimas embestidas de la tramontana.

El subinspector Albert Torrent permanecía de pie al pie de la cama, con la libreta de cuero abierta y el bolígrafo suspendido en el aire.

A su lado, el agente Santana observaba con una mezcla de fascinación y timidez el despliegue de cables y aparatos médicos.

La actitud de Torrent era deliberadamente fría, dura e institucional.

No había rastro de compasión en sus ojos claros, solo la determinación del policía que busca datos mecánicos, un hecho que a Vilallonga no le pasó desapercibido.

—Señor Vilallonga, necesito que hagamos memoria —dijo Torrent, con una voz calmada pero carente de empatía—.

La crisis de asma está controlada y los médicos dicen que la contusión no es grave.

Necesito detalles específicos sobre el lugar donde estuvo retenido y sobre el individuo que lo abordó.

Hasta ahora solo tenemos descripciones vagas.

Vilallonga giró la cabeza despacio, clavando una mirada inyectada en rabia y soberbia en el subinspector.

La debilidad física que mostraba se disipó al instante, reemplazada por la prepotencia de quien está acostumbrado a mandar y a ser obedecido.

Le molestaba profundamente la rigidez de Torrent.

No toleraba que un policía de pueblo lo tratara como a un testigo cualquiera.

—Mire, subinspector... Torrent, ¿verdad?

—escupió el empresario, arrastrando las palabras con desprecio—.

No me venga con tonos funcionariales. Mi empresa paga más impuestos en un trimestre de los que usted va a oler en toda su miserable carrera.

He hablado hace diez minutos con el Conseller de Interior.

Está al tanto de cada paso que dan. Si antes del amanecer ese viejo psicópata no está entre rejas, me encargaré personalmente de que su placa termine en el fondo de un cajón en el destino más remoto del Pirineo.

¿Le queda claro? Déjese de protocolos y haga su puto trabajo.

Quiero protección en la puerta de esta habitación YA.

Santana se movió incómodo, cambiando el peso de un pie a otro, pero Torrent ni parpadeó. Dio un paso hacia la cama, apoyando las manos sobre la barandilla metálica, acortando la distancia física con el constructor.

—Mi trabajo, señor Vilallonga, consiste en rellenar este informe con datos que sirvan para una orden judicial —respondió Torrent, bajando el tono de voz hasta volverlo una amenaza sutil—.

El Conseller puede llamarme si quiere, pero él no va a patear los caminos de tierra de L'Escala esta noche.

Yo sí. Así que deje de amenazarme y empiece a hablar. ¿Qué recuerda del secuestrador?

El empresario apretó los dientes, conteniendo la respiración mientras el monitor cardíaco aceleraba su pitido rítmico.

Al verse coartado por la dureza implacable del policía, comprendió que no tenía más remedio que ceder si quería ver al agresor capturado.

Se recostó en la almohada, cerrando los ojos para forzar a su memoria a regresar al almacén.

—Estaba oscuro... muy oscuro —comenzó Vilallonga, y un leve temblor involuntario delató que el pánico seguía ahí, agazapado—.

No recuerdo cómo era su ropa, solo que era ropa oscura, pesada, como la que usan los marineros cuando faenan.

Pero hubo un momento... cuando me ataba.

Escuché el tintineo de una cadena. Al levantar la vista, entre la penumbra, vi que llevaba algo brillante colgado del cuello.

Un destello metálico, de plata, justo encima de su pecho.

No pude distinguir la forma, la luz del almacén era pésima y todo se movía, pero era algo metálico que brillaba con cada movimiento que hacía.

Torrent anotó la palabra plata en su libreta.

Una imagen acudió a su mente de forma instantánea: el pequeño colgante con forma de ancla que Carles Joan llevaba siempre al cuello, el mismo que le había visto limpiar con el pulgar mil veces en la plaza de la Iglesia.

El subinspector sintió una punzada de frío en la boca del estómago, pero la ocultó de inmediato bajo su máscara profesional.

—¿Algún olor? ¿Alguna marca de tabaco, desinfectante, colonia? —insistió Torrent, manteniendo la voz firme.

—Tabaco —afirmó Vilallonga con rotundidad, abriendo los ojos—.

Un olor fortísimo, denso, como a tabaco de pipa viejo que se te pega en la garganta y te hace toser.

Apestaba a eso. El cloroformo me nubló los sentidos, pero ese olor...

ese olor se me quedó clavado en la nariz antes de desmayarme. Un olor a tabaco rancio y salitre.

El bolígrafo de Torrent se detuvo un milisegundo sobre el papel.

Tabaco de pipa. El tabaco de galera que Carles fumaba a primera hora de la mañana y al caer la tarde.

Las alarmas en la cabeza del policía ya no eran simples sospechas; eran una evidencia que apuntaba directamente al viejo amigo de su padre.

Sin embargo, no dijo nada. Se guardó la libreta en el bolsillo interior de la chaqueta y miró a Santana.

—¿Y el almacén? —preguntó Torrent, cambiando de tercio—. Mencionó latas de conserva, humedad, sal. ¿Cómo era el suelo? ¿Había ventanas?

—No había ventanas —dijo Vilallonga, bajando la voz—.

El suelo era de hormigón viejo, agrietado.

Y olía... Dios, olía a salmuera vieja, como si hubieran estado pudriendo pescado allí dentro durante cincuenta años.

Cuando tiré la estantería, escuché el estruendo de cientos de latas vacías rodando.

Era un sitio grande, con vigas de madera en el techo que crujían con el viento de la tramontana.

Estaba cerca de la costa, escuchaba el oleaje golpear las rocas de fondo de forma muy nítida.

Albert Torrent cerró los ojos durante un segundo, procesando la descripción.

En la periferia de L'Escala, de cara a los acantilados que daban a la zona de las ruinas y con acceso directo para camuflar un coche, solo había un edificio que cumpliera con todas esas características: el antiguo secadero de la cooperativa de salazón de los años setenta, abandonado desde la crisis de la anchoa.

Un lugar aislado, rodeado de maleza, cuyas llaves solo tenían los viejos socios de la cofradía pesquera. Los hombres como Carles Joan.

—Suficiente —sentenció Torrent, dándose la vuelta—. Santana, vámonos.

—¿Nos vamos? ¿Y mi protección? —gritó Vilallonga desde la cama, intentando incorporarse—. ¡No me pueden dejar aquí solo! ¡Ese viejo sabe quién soy!

—Habrá una patrulla de seguridad ciudadana en la puerta del hospital en diez minutos, señor Vilallonga —respondió Torrent desde el umbral de la puerta, sin mirarlo—. Disfrute del descanso. Nosotros vamos a buscar su almacén.

✽✽✽

El viaje de regreso a L'Escala se hizo en un silencio sepulcral, roto únicamente por el rugido del motor del coche patrulla y el silbido del viento que golpeaba la carrocería.

Santana conducía con la vista fija en la carretera, de reojo miraba a su superior, intuyendo que la dureza del subinspector ocultaba algo mucho más complejo que el simple cansancio de la guardia.

—Subinspector... —se atrevió a decir el joven agente mientras tomaban el desvío hacia la zona norte del municipio—. Ese detalle del tabaco de pipa y el colgante de plata... ¿Le suena de algo? En el pueblo casi todo el mundo es mayor, pero...

—En este pueblo la mitad de los viejos fuman en pipa y llevan medallas de la Virgen del Carmen o amuletos de plata que les regalaron sus madres al salir a la mar, Santana —le cortó Torrent con un tono cortante, casi agresivo—.

No saques conclusiones de la declaración de un civil que estaba bajo los efectos del cloroformo y sufriendo un ataque de asma. Concéntrate en el terreno.

Santana asintió, intimidado por la reacción, y volvió a guardar silencio.

El coche patrulla apagó las luces largas al adentrarse en el camino de tierra batida que bordeaba los acantilados de la periferia.

A lo lejos, recortada contra la negrura del mar embravecido, se alzaba la silueta imponente y destartalada del antiguo almacén de salazón.

Las planchas de zinc del tejado vibraban con violencia por la tramontana, produciendo un quejido metálico y constante que ponía los pelos de punta.

Torrent bajó del vehículo, desenfundando su linterna.

Santana lo siguió de inmediato, con la mano apoyada preventivamente en la culata de su arma reglamentaria.

Al acercarse a la gran puerta corredera del almacén, el haz de luz de la linterna iluminó la rendija de la entrada.

La puerta estaba entornada, desencajada de su carril inferior por el impacto del cuerpo del empresario en su huida.

En el suelo de la entrada, mezclado con la arena del camino, Torrent localizó la primera prueba física irrefutable: una mancha de sangre fresca, ya coagulada por el frío de la noche, y las marcas de unos pies descalzos que se dirigían de forma frenética hacia la maleza en dirección a las ruinas de Empúries.

—Está aquí —susurró Santana, tragando saliva mientras apuntaba con su linterna hacia el interior oscuro del edificio—. Este es el sitio.

Albert Torrent empujó la puerta metálica con el guante puesto, provocando un chirrido ensordecedor que se perdió en el rugido del viento.

El haz de luz entró en el almacén, revelando una estampa caótica: una vieja silla de madera volcada en el centro, cuerdas cortadas por el suelo y, al fondo, la gran estantería de hierro caída con cientos de latas de conserva oxidadas esparcidas por el hormigón.

El olor a salmuera vieja, desinfectante y tabaco rancio inundó las fosas nasales del policía.

Torrent dio un paso al frente, pisando el interior del matadero improvisado, sabiendo que cada pista que encontrara allí dentro lo alejaría un paso más de la ley penal y lo acercaría irremediablemente al hombre que su familia consideraba un hermano.