La Tramontana de los muertos ⚓ 4. El Peso de la Placa
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⚓ 4. El Peso de la Placa

El subinspector Albert Torrent miraba el parpadeo lánguido del ordenador de la comisaría de Figueres, sintiendo que el zumbido de los fluorescentes le taladraba las sienes.

A sus cuarenta y dos años, el peso de su profesión ya no le cabía en los hombros.

La noche avanzaba a remolque de una tramontana salvaje que hacía crujir los ventanales del viejo edificio, un recordatorio constante de que L'Escala, su pueblo natal, estaba a tan solo unos kilómetros de distancia, sufriendo el mismo azote.

Para Albert, L'Escala no era un simple destino en un mapa de competencias policiales; era su sangre.

Su abuelo y su padre habían sido pescadores de palangre, hombres de manos agrietadas y rostros esculpidos por la sal que habían compartido cubiertas, tabernas y madrugadas de tormenta con el mismísimo Carles Joan.

En su infancia, Carles era aquel vecino respetado que le regalaba anzuelos viejos y le enseñaba a trenzar el cáñamo.

Ese arraigo profundo a la tierra era, al mismo tiempo, la mayor fuente de su amargura.

Cada vez que Albert regresaba al pueblo, el estómago se le encogía.

Su memoria albergaba la imagen de una costa limpia, pero la realidad actual le escupía en la cara un paisaje degradado por el turismo de masas y el incivismo más absoluto.

El paseo marítimo, antes un refugio de paz, ahora amanecía los fines de semana convertido en una estampa sucia y contaminada.

Papeles grasientos de comida rápida, cristales rotos incrustados en la arena donde jugaban los niños, y residuos plásticos flotando en las orillas de las calas.

La burocracia institucional y la codicia urbanística trataban el patrimonio del Empordà como un vertedero.

Albert sentía un sentido de la justicia muy desarrollado, pero la ley penal que juró defender a menudo le parecía un escudo inútil que solo protegía a los culpables con dinero mientras asfixiaba el entorno.

—Vaya noche de perros, subinspector. En mi ciudad, con este viento, ya habrían volado tres terrazas —comentó con desdén el agente Pablo Santana, rompiendo el silencio del despacho.

Santana era un chaval de veinticuatro años, recién titulado en la academia y destinado provisionalmente a la provincia.

Procedente de una gran urbe, no entendía, ni le importaba, el arraigo que Albert profesaba por aquellos pueblos costeros.

Para él, L'Escala era un aburrimiento de viejos en invierno y un nido de borrachos extranjeros en verano.

—Esto es la tramontana, Santana —respondió Albert sin apartar los ojos de la pantalla, con la voz cargada de cansancio—. No vuela terrazas, limpia las conciencias. O al menos lo intenta.

—Ya, bueno. Ojalá limpiara también las denuncias por ruidos. No veo la hora de que acabe la guardia para volver a Girona. Aquí la gente se toma las cosas demasiado a pecho. El otro día un viejo casi me monta un pollo porque un turista tiró una colilla al agua. Ni que el mar fuera suyo.

Albert apretó los dientes, sintiendo una oleada de rechazo hacia su joven compañero. Iba a replicar, a explicarle lo que significaba que el mar sostuviera la vida de generaciones enteras, cuando el estridente sonido de la emisora policial cortó el aire de la habitación.

«Atención, todas las unidades de zona. Aviso de emergencia en el sector de las ruinas arqueológicas de Empúries. Un ciudadano deambula por el perímetro del yacimiento. Presenta signos de violencia, va descalzo y ensangrentado. Solicita asistencia inmediata. Unidad médica en camino.»

Albert se levantó del asiento de un salto, ajustándose el arma reglamentaria al cinturón antes de que el mensaje terminara de reproducirse.

—Santana, coge las llaves del coche. Nos movemos —ordenó con tono severo.

—¿A las ruinas? Pero si eso está completamente a oscuras, subinspector. Será algún borracho que se ha despeñado por los acantilados.

—Mueve el culo, agente. Ahora.

✽✽✽

El coche patrulla devoró los kilómetros de la carretera secundaria bajo las rachas de viento que hacían bandear el vehículo.

Cuando cruzaron el arco de entrada al Yacimiento Arqueológico de Empúries, la escena se tornó fantasmal.

Los focos del vehículo iluminaron los pinos retorcidos y las siluetas de las piedras milenarias griegas.

En mitad del camino de tierra que bordeaba la antigua muralla, una figura humana avanzaba a trompicones, cayendo de rodillas y volviéndose a levantar, agitando los brazos con desesperación.

Albert frenó en seco y bajó del coche, seguido a regañadientes por Santana.

Al acercarse, las luces de sus linternas tácticas revelaron el horror.

El hombre vestía una camisa de seda hecha jirones, empapada en sudor y polvo de sal.

Sus pies desnudos estaban cubiertos de cortes profundos provocados por las piedras afiladas de las ruinas, dejando un rastro de sangre en la tierra.

Tenía una brecha sangrante en la cabeza y sus ojos, inyectados en sangre, denotaban un shock psicológico brutal.

—¡Sáquenme de aquí! ¡Me va a matar! ¡Ese puto viejo me quiere despellejar! —bramó el hombre, abalanzándose sobre Albert y agarrándolo por las solapas de la chaqueta con una fuerza animal nacida del puro pánico.

—Tranquilícese, está a salvo. Soy el subinspector Torrent. ¿Quién es usted? ¿Qué ha pasado? —preguntó Albert, sujetándolo por los hombros mientras Santana observaba la escena con la boca abierta.

—Soy... soy Aleix de Vilallonga —consiguió articular el hombre entre sibilancias, sufriendo una crisis asmática severa que le hacía pitar el pecho—. Me secuestraron... un almacén... latas... un mazo... ¡Iba a matarme!

Al escuchar el nombre, Albert sintió que el estómago se le congelaba.

Aleix de Vilallonga. El nombre del todopoderoso promotor inmobiliario que llevaba meses en los informes de delitos medioambientales por comprar a base de sobornos las licencias para hormigonar las dunas vírgenes de Sant Martí.

Un tipo corrupto, arrogante y despreciable que consideraba L'Escala su propiedad privada para hacer dinero.

Un rechazo visceral e inmediato recorrió el cuerpo del policía; por un instante, una parte muy oscura de su mente pensó que quienquiera que hubiera atacado a ese monstruo, le estaba haciendo un favor al pueblo.

Sin embargo, el deber y la placa pesaron más. La empatía como policía hacia la víctima era nula, pero el instinto profesional de Torrent se activó al instante. Había un criminal peligroso suelto en su territorio.

—Santana, trae la manta térmica del maletero y avisa a la ambulancia. Que traigan un inhalador —ordenó Albert, sentando a Vilallonga contra el tronco de un pino—. Señor Vilallonga, intente respirar despacio. ¿Quién lo hizo? ¿Le vio la cara?

—Era... era un pescador —gimió el empresario, temblando incontroladamente bajo el azote del viento—.

Un viejo... ojos claros... me durmió con cloroformo en el Club Náutico...

Me llevó a un almacén de pescado... Tenía cuchillos de carnicero...

Dios mío, su cara... parecía un abuelo normal, pero es un psicópata...

Albert escuchaba las palabras inconexas del constructor mientras examinaba los alrededores con la linterna.

El relato de Vilallonga sobre el almacén de salazón, el olor a pescado y la fisonomía del atacante comenzó a encender unas alarmas muy sutiles en su cabeza, unas alarmas que su mente se negaba a procesar por el respeto que le profesaba a la gente de su mar.

—Tranquilo —dijo Albert, con voz gélida, desprovista de cualquier calidez—. La ambulancia ya viene. Nadie va a hacerle daño aquí.

Santana regresó corriendo con la manta y el radioteléfono en la mano, con el rostro pálido por la excitación del momento.

—Subinspector, la central dice que el director general de la Policía ya está enterado.

Vilallonga es íntimo amigo del Conseller.

Nos ordenan blindar el pueblo. No quieren que esto trascienda a la prensa para no espantar el turismo del fin de semana, pero quieren al culpable antes del amanecer. Esto va a ser un puto infierno.

Albert Torrent miró hacia la negrura del Golfo de Roses, donde la tramontana seguía levantando olas invisibles en la noche.

El empresario corrupto lloraba a su lado, la policía de la gran ciudad exigía resultados políticos rápidos y, en mitad de la oscuridad, un vecino de L'Escala había decidido cruzar la línea de la cordura para defender la tierra.

La veda de la investigación criminal se había abierto oficialmente, y Albert sabía que el rastro de la sangre lo conduciría hacia un lugar del que quizás nunca podría regresar.