⚓ 3. El Error del Pescador
Aleix de Vilallonga pertenecía a esa estirpe de hombres que medían el valor de la tierra únicamente por los metros cuadrados edificables que se le podían arrancar al paisaje.
Heredero de una de las firmas patrimoniales más influyentes de la provincia de Girona, su nombre evocaba cenas benéficas, palcos de honor y llamadas telefónicas directas a despachos oficiales.
Para la prensa económica, era un visionario del desarrollo urbanístico; para Carles Joan, que lo observaba desde la barra del restaurante del Club Náutico de L'Escala, no era más que un virus bien vestido.
El restaurante estaba inusualmente tranquilo a esa hora de la noche.
La tramontana golpeaba los grandes ventanales acristalados con un silbido constante, haciendo que los mástiles de los yates amarrados en el muelle tintinearan como campanas lejanas.
Vilallonga cenaba solo en una mesa esquinera, apurando una botella de vino caro mientras repasaba unos planos en su ordenador portátil.
Tenía la voz lo suficientemente alta como para que sus palabras cruzaran el comedor, amparadas por la prepotencia del que se sabe intocable.
—Escúchame bien, Jordi —hablaba Vilallonga por su teléfono móvil, con un tono cortante y autoritario—.
Me da igual lo que digan esos muertos de hambre de la plataforma ecologista.
Las dunas de Sant Martí se van a mover. Ya he hablado con el concejal de Urbanismo.
La recalificación se aprueba en el pleno del próximo martes.
Le he transferido la segunda mitad de lo acordado a la cuenta de Andorra esta misma tarde.
Si esos hippies vuelven a encadenarse a las excavadoras, llamas a la empresa de seguridad privada y que los saquen a patadas.
El complejo hotelero se construye, ¿te queda claro?
En la barra, Carles Joan limpiaba con parsimonia un vaso de cristal con un trapo blanco.
El camarero habitual del club, un chico joven del pueblo que casualmente se había tenido que ausentar esa noche por una "repentina indisposición", le había cedido su puesto tras la barra sin hacer preguntas.
Carles escuchaba cada sílaba de la conversación.
Sentía el frío metal del ancla de plata apretado contra su pecho bajo la camisa.
La rabia, contenida y helada, se mezclaba con la certeza de que el destino del constructor estaba sellado.
Aquel hombre pretendía ahogar las dunas de su infancia bajo una mortaja de hormigón. No se lo iba a permitir.
✽✽✽
Burlar la seguridad del Club Náutico habría sido una tarea imposible para cualquier forastero.
El recinto estaba blindado con cámaras de alta definición que cubrían cada ángulo del aparcamiento privado y los accesos a los pantalanes.
Sin embargo, en L'Escala, los ojos electrónicos de la tecnología siempre dependían de las manos humanas que los gestionaban.
Cuando Vilallonga pagó la cuenta y se dirigió hacia la salida trasera que conectaba con el aparcamiento oscuro de la zona de los laúdes, las cámaras que vigilaban ese sector sufrieron un oportuno "parpadeo técnico" debido a un supuesto pico de tensión provocado por la tormenta de tramontana.
Nadie en la sala de control del puerto dio la alarma.
Vilallonga caminaba con paso firme, el cuello de su abrigo alzado para protegerse de las rachas de viento que levantaban remolinos de polvo y hojas secas. Al llegar a su lujoso coche, sacó las llaves del bolsillo. No llegó a introducirlas en la cerradura.
Una silueta oscura y compacta emergió de la penumbra del muelle adyacente.
Con una velocidad y una fuerza que desafiaban su apariencia de anciano, Carles Joan abordó al empresario por la espalda.
Antes de que Vilallonga pudiera emitir un solo grito de advertencia, el pescador le presionó la boca y la nariz con un paño de lona empapado en cloroformo industrial.
El forcejeo fue breve pero desesperado. Vilallonga intentó clavar sus zapatos en el asfalto mojado y golpear con los codos el pecho de su captor, pero el agarre de Carles era como un tornillo de banco, curtido por décadas de sujetar cabos y redes bajo la tempestad.
El químico penetró en los pulmones del constructor con la fuerza de un incendio gélido.
En cuestión de diez segundos, las piernas de Vilallonga se desmoronaron y el mundo se tiñó de negro para él.
✽✽✽
El despertar fue un descenso a los infiernos del pánico físico.
Atrapado en una negrura absoluta y asfixiante, Aleix de Vilallonga tardó varios minutos en comprender dónde se encontraba.
El espacio era minúsculo, el aire escaseaba y un traqueteo violento e incesante le golpeaba los hombros y la cabeza contra una superficie metálica rígida.
Estaba encerrado en el maletero de un coche en movimiento.
El olor a gasolina mal quemada, caucho viejo y salitre podrido impregnaba la lona que lo envolvía.
El cloroformo aún nublaba sus sentidos, provocándole una náusea violenta que amenazaba con ahogarlo en su propio vómito.
Intentó gritar, pero de su garganta reseca solo brotó un gemido ronco, apagado por el rugido del motor y el azote del viento exterior que hacía temblar la carrocería del vehículo.
El coche giraba bruscamente, ascendiendo y descendiendo por lo que parecían caminos de tierra llenos de baches.
Cada impacto contra la suspensión del coche le provocaba un dolor punzante en las costillas.
Con los dedos entumecidos, Vilallonga arañó el tapizado del maletero, buscando desesperadamente una palanca de emergencia, un cable, cualquier cosa que le permitiera escapar de esa caja metálica que se movía hacia su propia ejecución.
El miedo dejó de ser una emoción y se convirtió en una respuesta biológica: el pulso le latía con violencia en las sienes y un sudor frío y pegajoso le empapaba la camisa de seda.
El hombre que hacía temblar los despachos de Girona estaba reducido a un bulto aterrorizado en la oscuridad de un maletero.
✽✽✽
El traqueteo cesó de golpe. Vilallonga escuchó el crujido de unos neumáticos sobre grava, el sonido de una puerta metálica pesada deslizándose sobre sus raíles y, finalmente, el apagado del motor.
Unos pasos lentos y pesados se acercaron a la parte trasera del vehículo.
El maletero se abrió de golpe, permitiendo que una ráfaga de aire gélido y húmedo golpeara el rostro sudoroso del empresario.
Antes de que pudiera enfocar la vista, unas manos duras lo arrastraron hacia el exterior, dejándolo caer sobre el suelo de hormigón frío de un gran espacio cerrado.
Cuando Carles Joan lo sentó a la fuerza en una vieja silla de madera pesada y comenzó a pasarle unas cuerdas por el pecho, las prisas por asegurar el perímetro del almacén abandonado jugaron en contra del pescador.
Carles escuchó un ruido extraño en el exterior —el supuesto motor de una patrulla rural en la carretera cercana— y se vio obligado a realizar unas ligaduras rápidas, confiando ciegamente en que el cloroformo mantendría a la víctima sedada durante al menos una hora más.
Sin comprobar la firmeza de los nudos marineros, Carles le dio la espalda al empresario y se dirigió a toda prisa hacia el fondo del almacén de salazón para encender el flexo y preparar sus herramientas de despiece.
Aquel fue su gran error.
Lo que Carles desconocía por completo era que Aleix de Vilallonga padecía un asma crónica severa.
El efecto depresor del cloroformo en el sistema respiratorio, sumado a la humedad extrema y al polvo de sal del almacén abandonado, provocaron que el cuerpo del constructor entrara en un episodio de hipoxia aguda.
Los pulmones de Vilallonga se cerraron, negándose a procesar el aire.
Lejos de mantenerlo inconsciente, la asfixia inminente provocó un cortocircuito en su sistema nervioso.
Su cerebro, interpretando que estaba muriendo ahogado, liberó una descarga masiva y violenta de adrenalina pura directamente en el torrente sanguíneo.
Fue un estallido de energía biológica animal.
Los ojos de Vilallonga se abrieron de golpe, inyectados en sangre.
Desorientado pero guiado por el puro instinto de supervivencia, el empresario sintió el gélido ambiente y vio a lo lejos la silueta del viejo pescador de espaldas, afilando un cuchillo bajo el flexo parpadeante.
El sonido del metal chirriando contra la piedra despertó el terror definitivo en el constructor.
Con un esfuerzo sobrehumano, Vilallonga comenzó a retorcer las muñecas.
Las cuerdas, flojas y mal tensadas por las prisas de Carles, comenzaron a deslizarse sobre su camisa empapada en sudor.
Una de las ligaduras cedió con un chasquido.
Justo en el instante en que Carles Joan se giraba con el mazo en la mano, intuyendo que algo iba mal, Vilallonga ya estaba de pie. El empresario se abalanzó sobre el pescador con todo el peso de su cuerpo en un estallido de acción pura.
El impacto fue brutal. Ambos hombres rodaron por el suelo de hormigón, desatando un forcejeo violento y caótico en mitad de la penumbra.
Vilallonga, ciego de pánico y adrenalina, clavó sus dedos en el rostro de Carles, buscando sus ojos, mientras el pescador intentaba clavarle las rodillas en el estómago para recuperar el control.
En mitad de la pelea, los cuerpos chocaron con fuerza contra una gran estantería de hierro oxidado que se tambaleó durante un segundo eterno antes de desplomarse sobre ellos.
Decenas de viejas latas de conserva de salazón vacías y pesadas herramientas de hierro cayeron al suelo con un estruendo ensordecedor que resonó como una explosión en todo el almacén.
Una pesada barra de metal golpeó directamente la frente de Carles Joan.
El pescador quedó tendido de espaldas, aturdido, con la visión doble y un hilo de sangre brotando de su ceja izquierda.
✽✽✽
Vilallonga no esperó a ver si el anciano se levantaba.
Se puso en pie a trompicones, con la respiración sibilante y el pecho silbando por el ataque de asma.
Descalzo, habiendo perdido los zapatos en el forcejeo, y con la ropa hecha jirones, empujó la pesada puerta corredera del almacén, abriendo una rendija lo suficientemente ancha como para deslizarse hacia el exterior.
Se plantó en mitad de la noche, rodeado por la furia de la tramontana que le azotaba el rostro con fuerza.
El almacén de salazón se encontraba en la periferia desierta del municipio, en una zona donde la vegetación baja y los caminos de tierra se confundían con la negrura del paisaje.
Desorientado, sin saber hacia dónde ir y con el miedo de escuchar los pasos del pescador saliendo tras él, Vilallonga fijó la vista en unas siluetas imponentes y oscuras que se recortaban contra el cielo estrellado a unos cientos de metros.
Eran los pinos y las grandes murallas de piedra de las ruinas arqueológicas de Empúries.
Guiado por el único punto de referencia que reconocía, el empresario comenzó a correr de forma frenética hacia el yacimiento.
Sus pies desnudos se clavaban en las piedras afiladas del camino y las ramas de las plantas silvestres le desgarraban los tobillos, pero el dolor quedaba anestesiado por el terror de ser cazado.
Se adentró en el recinto fantasmal, cruzando el umbral de la antigua ciudad griega, buscando desesperadamente esconderse entre las sombras de los templos y los mosaicos milenarios antes de que el monstruo del puerto volviera a encontrar su rastro en la oscuridad.