La Tramontana de los muertos ⚓ 2. Cenizas en el Golfo
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⚓ 2. Cenizas en el Golfo

La silueta de las ruinas de Empúries de noche poseía una cualidad fantasmal que solo los hombres del mar sabían interpretar.

Los pinos mediterráneos, retorcidos por décadas de azote de la tramontana, recortaban sus copas contra el cielo estrellado, mientras el rumor del oleaje rompía con una cadencia hipnótica contra la vieja muralla griega.

Era un lugar sagrado, el lecho donde reposaban los cimientos de la civilización en la península.

Pero para algunos, solo era un campo de minas de oro esperando a ser saqueado.

Carles Joan lo había descubierto una semana atrás, mientras navegaba de madrugada a pocas millas de la costa a bordo de L'Estima.

Desde el agua, sus ojos acostumbrados a descifrar la más mínima anomalía en la oscuridad detectaron un destello parpadeante y artificial entre las columnas de los antiguos templos.

Una linterna. Carles viró en redondo y amarró en el viejo muelle helenístico en absoluto silencio, pero cuando llegó al lugar, la luz se había esfumado.

Solo quedaba el rastro de la profanación: una zanja reciente cerca de una necrópolis romana y, esparcidos por el suelo con un desprecio absoluto, los fragmentos de un esqueleto ancestral.

El intruso los había arrojado a un lado como si fueran mierda de perro, rompiendo los huesos a patadas para abrirse paso hacia los objetos de valor.Aquello no era un simple robo.

Era un sacrilegio contra la memoria de la tierra.

Durante las siguientes cuatro noches, Carles Joan no durmió. Montó una guardia silenciosa, camuflado entre las sombras de los muros de piedra que los romanos habían alzado dos mil años atrás. Esperó con la paciencia de un depredador marino hasta que, finalmente, el culpable regresó.

Se llamaba Narcís Dalmau, un anticuario clandestino muy conocido en los ambientes turbios de Figueres.

Narcís era un hombre corpulento, de sonrisa cínica, que se jactaba en privado de proveer a los coleccionistas más ricos de Europa con reliquias robadas en los yacimientos del Empordà.

Esa noche, Narcís llegó cargado con una mochila, una pala de titanio y un detector de metales de última generación.

Carles lo observó agacharse sobre una tumba recién localizada, tarareando una melodía vulgar mientras apartaba los restos óseos de un niño romano con el pie, ansioso por extraer una pequeña urna de cerámica intacta que brillaba bajo el foco de su linterna frontal.

Comenzó entonces un sutil y terrorífico juego de sombras.

Carles Joan no atacó de inmediato. Utilizó el eco de las olas y la estructura laberíntica de las ruinas para desestabilizar a su presa.

Hizo crujir una rama a la izquierda de Narcís, obligándolo a girar la linterna hacia la nada.

Luego, el roce de una lona contra la piedra a su derecha.

Narcís se levantó, apagando el detector, sintiendo por primera vez que el aire gélido de la noche se le congelaba en los pulmones.

—¿Quién anda ahí? —susurró Narcís, con la voz quebrada por el inicio del pánico, apuntando con la linterna hacia las columnas dóricas.

El haz de luz solo revelaba sombras alargadas que parecían cobrar vida.

Narcís dio dos pasos hacia atrás, tropezando con los mismos huesos que había profanado.

En el instante exacto en que se giró para huir hacia los pinos, buscando desesperadamente una vía de escape, Carles Joan surgió del vacío.

Fue un golpe sorprendente, surgido de la negrura más absoluta.

El mazo de calafatear impactó con un sonido seco en la base del cráneo del anticuario.

Narcís se desplomó hacia delante sobre la tierra removida, cayendo inconsciente justo al lado de la urna que pretendía vender en el mercado negro.

✽✽✽

Cuando Narcís Dalmau recuperó el conocimiento, el dolor en su cabeza era secundario comparado con el terror absoluto que le provocaba su entorno.

La oscuridad era casi líquida, densa y pesada.

Intentó mover las manos para tocarse la herida, pero el tintineo metálico de unas cadenas gruesas resonó en el espacio cerrado.

Estaba suspendido, anclado de pies y manos a las frías y húmedas paredes de hormigón de un antiguo búnker militar de la Guerra Civil, una galería de artillería subterránea excavada en las entrañas de los acantilados de las Planasses, un lugar que el tiempo y la maleza habían borrado de la memoria del mundo.

El ambiente era asfixiante. Olía a salitre estancado, a hierro oxidado, a moho y a una inquietante fragancia de desinfectante industrial.

El único sonido era el rugido monstruoso del oleaje que golpeaba la roca viva justo debajo del hormigón, un eco sordo que hacía vibrar el suelo y las cadenas rítmicamente.

Una chispa rompió la negrura. Carles Joan encendió un viejo quinqué de aceite de ballena, cuya llama parpadeante comenzó a dibujar sombras grotescas en las paredes rezumantes de humedad.

El pescador no vestía sus ropas habituales; llevaba un delantal de cuero grueso, endurecido por fluidos de ejecuciones pasadas, y sobre una mesa metálica de despiece había colocado con precisión milimétrica un juego de herramientas tradicionales de salazón: cuchillos de desollar, ganchos de hierro y sierras de hueso.

A un lado, reposaba la urna de cerámica romana que Narcís había desenterrado.

—Por favor... —gimió Narcís, con lágrimas mezclándose con la sangre seca de su rostro—. Tengo dinero. En Figueres... en mi tienda. Te daré lo que quieras. Déjame ir.

Carles Joan no respondió de inmediato. Se acercó a la mesa, tomó un afilador de piedra y comenzó a pasarlo por la hoja del cuchillo de desosar. El sonido del metal frotando contra la piedra rivalizaba con el rugido del mar.

—Has pasado años arrancando a los muertos de su descanso, Narcís —dijo Carles, con una voz calmada, casi pedagógica, desprovista de cualquier matiz de ira—.

Has esparcido sus huesos como si fueran basura.

Los trataste con desprecio para llenar tus bolsillos con el oro de los mercados negros.

No respetas el pasado de L'Escala. No respetas a quienes alzaron este pueblo.

—¡Lo siento! ¡No lo volveré a hacer, lo juro por Dios! —gritó el anticuario, forcejeando inútilmente contra los grilletes que le desgarraban las muñecas.

—Sé que no lo volverás a hacer —Carles se acercó a él, sosteniendo el quinqué cerca de la cara de Narcís para que pudiera ver la fría determinación en sus ojos—.

Tu castigo va a emular tu sacrilegio. Desmantelaste sus sepulcros; ahora tú serás desmantelado.

Tus restos rellenarán el vacío que dejaste en esa urna.

Es justicia poética. Justicia de la tierra.

Narcís abrió la boca para gritar, pero el sonido de sus súplicas fue devorado por el estruendo de una ola colosal que rompió contra el exterior del búnker. Carles Joan dejó el quinqué sobre la mesa, tomó la sierra de calafatear y se situó frente a su víctima.

Lo que siguió en las siguientes horas dentro de los muros de hormigón fue un proceso tétrico, quirúrgico y de una crueldad metódica.

Carles trabajó sin prisa, con la precisión de quien lleva toda la vida limpiando y despiezando las capturas del mar.

El búnker se llenó del olor acre de la sangre fresca mezclada con el salitre.

Los gritos de Narcís se fueron apagando poco a poco, transformándose en estertores y susurros de agonía a medida que el pescador extraía, fragmento a fragmento, los huesos pequeños y los dientes del anticuario, colocándolos uno a uno dentro de la urna romana de terracota.

Antes de que el corazón de Narcís dejara de latir de forma definitiva por el shock hipovolémico, Carles lo obligó a mirar el interior del recipiente cerámico.

—Ahora tú eres la pieza de la colección —susurró el viejo al oído del agonizante.

✽✽✽

Con el regreso del silencio absoluto al búnker, Carles Joan comenzó la fase de limpieza.

Toda la sangre y los restos biológicos que no cabían en la urna fueron recogidos con esponjas industriales y vertidos en contenedores estancos con lejía pura.

El hormigón quedó impoluto, lavado por el químico y el agua de mar que Carles subía en cubos.

Frente a él, sobre la mesa, se erguía la urna romana, ahora pesada y llena con los fragmentos triturados de Narcís Dalmau.

Con total frialdad y movimientos mecánicos, Carles preparó una mezcla de resina epoxi y polvo de piedra caliza.

Con una espátula de hierro, selló la tapa de la urna milenaria, asegurándose de que el cierre fuera hermético, una soldadura eterna que ni el agua del mar podría corromper en siglos.

Cargó el pesado artefacto arqueológico en una mochila de lona y bajó por el sendero oculto del acantilado hasta donde L'Estima aguardaba cabeceando en la oscuridad de las Planasses. El motor intraborda cobró vida con su rítmico ronroneo.

Carles navegó con rumbo noreste, adentrándose en la negrura del Golfo de Roses bajo el azote menguante de la tramontana.

Cuando el GPS analógico de la barca le indicó que se encontraba exactamente sobre la fosa marina más profunda del cabo, donde las corrientes submarinas eran tan potentes que nada de lo que cayera allí regresaba jamás a la superficie, apagó el motor.

Se colocó en la popa, sostuvo la urna sellada entre sus manos curtidas y contempló el abismo líquido.

—Regresas a la historia del mar, Narcís. De donde nunca debiste intentar robar —pronunció en voz baja.

Dejó caer la urna. El pesado objeto de terracota rompió la superficie del agua con un chapoteo seco y se hundió a una velocidad pasmosa, descendiendo hacia las profundidades del golfo.

No quedaron burbujas, ni manchas de aceite, ni rastros de ADN flotando en el agua.

Al igual que el joven turista, el anticuario clandestino de Figueres se había desvanecido por completo de la faz de la tierra.

Para el mundo, Narcís simplemente habría huido del país para escapar de alguna deuda del mercado negro.

Carles Joan encendió su pipa, aspiró el humo dulzón bajo las estrellas y puso proa de regreso a L'Escala. Su obra avanzaba, perfecta y sin cabos sueltos.