La Tramontana de los muertos ⚓ 1. El Vigilante del Mar
3%
La Tramontana de los muertos

La Tramontana de los muertos

Por M. Cesar

© inepub.com

⚓ 1. El Vigilante del Mar

El aroma a café recién hecho y el olor a salitre estancado siempre se mezclaban a primera hora de la mañana en la plaza de la Iglesia.

Carles Joan apuró la última calada de su pipa, dejando que el humo denso y dulzón del tabaco de galera se disipara en el aire fresco de L'Escala.

Con un gesto pausado, se guardó la pipa en el bolsillo de su gastado pantalón de lona y se acomodó con el dedo el pequeño colgante de plata con forma de ancla que siempre llevaba al cuello.

Aquel amuleto era lo único que le quedaba de su juventud, un ancla que lo mantenía amarrado a la cordura.

—Buenos días, Carles. Qué airecito de tramontana nos viene hoy, ¿eh? —la voz de María, una vecina de toda la vida que volvía de la panadería con una bolsa de papel crujiente, interrumpió sus pensamientos.

Carles forzó una sonrisa. Su rostro, surcado por arrugas profundas grabadas por el sol y el reflejo del agua, adoptó de inmediato esa expresión pacífica y bonachona que todo el pueblo adoraba.

Nadie en L'Escala, ni la mismísima María que lo conocía desde hacía cincuenta años, habría podido adivinar jamás lo que se escondía detrás de aquellos ojos claros y cansados.

Para todos, Carles era el viejo marinero bonachón, un hombre callado pero comunicativo, de los que siempre tenían una palabra amable para los críos o una anécdota sobre cómo se pescaba la anchoa antes de los radares modernos.

—Buenos días, María. Sí, la tramontana limpiará el cielo, que buena falta le hace —respondió Carles con su tono pausado y melódico—. Aunque me temo que no limpiará las calles.

María suspiró, deteniéndose a su lado y mirando hacia la playa de las Barques, donde unos operarios municipales retiraban vasos de plástico y restos de botellas de la arena.

—Madre mía, Carles, ni que lo digas. Yo no sé en qué se está convirtiendo este pueblo. Cada año es peor. Ya no se puede ni pasear por los acantilados a partir de las doce de la noche. Qué pena de juventud, de verdad. Lo destrozan todo.

—El progreso, dicen algunos —comentó Carles, manteniendo la voz serena, aunque por dentro sintió una punzada de amargura que le recorrió el estómago.

La gente creía que su melancolía se debía a la soledad de la vejez o a la dureza de una vida entera dejándose la espalda en la cubierta de madera de los pesqueros, lidiando con temporales y redes congeladas en invierno.

Y en parte era verdad. Su vida había sido dura, ingrata y solitaria, pero la verdadera amargura que le corroía las entrañas era ver cómo el único rincón del mundo que había amado se estaba convirtiendo en el vertedero de aquellos que no sabían lo que significaba respetar la tierra.

—Bueno, Carles, me voy que se enfría el pan. Cuídate esas manos, ¿eh? —dijo María, despidiéndose con un gesto cariñoso.

—Buen día tengas, María.

Carles se quedó solo en el banco. Sus manos, duras como el cuero de una bota, se cerraron alrededor del bastón que usaba para disimular. Su mirada se desvió sutilmente hacia la terraza de un bar cercano. Allí estaban.

Un grupo de jóvenes ingleses, con la piel enrojecida por el sol del mediterráneo y camisetas de equipos de fútbol, reían a carcajadas mientras apuraban jarras de cerveza barata a una hora en la que los pescadores ya volvían de vender la captura.

Habían venido de fiesta a los macro-pueblos turísticos de los alrededores, pero utilizaban L'Escala como su dormitorio particular y su patio de recreo sin ley.

Carles los había estado vigilando durante tres días seguidos.

Conocía sus movimientos, pero sus ojos estaban fijos en uno en concreto.

El líder del grupo. Un tipo alto, con tatuajes borrosos en los brazos y una actitud de desprecio absoluto hacia todo lo que le rodeaba.

Carles lo había visto la tarde anterior en los acantilados de las Planasses.

El inglés no solo había esparcido cristales rotos de botellas de ginebra justo en una zona de paso, sino que se había dedicado a arrancar con saña plantas autóctonas de las dunas y a golpear con un palo a las aves marinas que anidaban en las rocas, riéndose mientras los animales huían heridos.

Ese chico era el peor. El más contaminante. Un parásito que devoraba el entorno sin aportar nada más que suciedad y ruido. Mientras lo miraba, Carles acarició el ancla de su cuello. La decisión estaba tomada. Ese individuo no merecía volver a pisar la tierra de L'Escala.

✽✽✽

La noche cayó sin luna, envuelta en un manto espeso de nubes negras que la tramontana arrastraba desde el golfo de Roses.

El paseo marítimo estaba desierto a las dos de la mañana, pero cerca de la zona del puerto deportivo, el joven inglés caminaba solo, tambaleándose ligeramente, apartado de su grupo.

Iba hablando a voces por el teléfono móvil, quejándose en su idioma de lo aburrido que estaba el pueblo y de que quería encontrar una fiesta "de verdad", un desmadre auténtico donde poder consumir y desfasarse sin el control de la policía local.

Carles Joan apareció entre la penumbra del muelle con una naturalidad pasmosa.

Vestía su chubasquero oscuro y cargaba con una caja de aparejos vacía.

Se detuvo a pocos metros del chico, simulando revisar los cabos de un amarre, y esperó el momento exacto en que el inglés colgó la llamada con un gruñido de frustración.

—¿Buscando la verdadera fiesta, amigo? —preguntó Carles en un inglés rudimentario pero perfectamente comprensible, suavizando la voz para adoptar el tono de un abuelo cómplice.

El joven se giró, sorprendido y a la defensiva, pero al ver el rostro amable y pacífico del anciano, relajó los hombros.

—¿Qué? Sí... Este sitio es una mierda. Mis amigos se han ido a dormir y aquí no hay nada abierto —escupió el inglés, arrastrando las palabras.

Carles sonrió de medio lado, señalando con la cabeza hacia el mar abierto, donde la negrura era absoluta.

—La policía vigila el pueblo, por eso aquí no hay nada. Pero ahí fuera, en una isla privada a veinte minutos en barco, hay una fiesta privada. Un desfase auténtico. Acabo de dejar allí a unos chicos franceses. Si quieres, te llevo. Mi barca está lista.

El inglés abrió los ojos, iluminados por la perspectiva del alcohol ilegal y las drogas sin control. Miró al viejo pescador, un anciano que apenas le llegaba al hombro, y no vio ningún peligro. Solo vio un billete gratuito hacia el descontrol.

—¿En serio, viejo? ¿Cuánto me vas a cobrar?

—Para un amigo que aprecia la noche de L'Escala, nada. Sube —dijo Carles, invitándolo a pasar al pantalán de madera.

Al final del muelle flotante aguardaba la embarcación de Carles.

Era una joya de la carpintería de ribera, un clásico laúd catalán de madera noble, impecablemente cuidado.

En la proa, pintado con letras blancas y elegantes, se leía su nombre: L'Estima , el nombre con el que Carles recordaba el amor de toda su vida, la única mujer que lo había comprendido antes de que el mar se la llevara décadas atrás.

El laúd cabeceaba rítmicamente sobre las aguas oscuras, como un animal dormido esperando a su presa.

El inglés subió a bordo de un salto torpe, sentándose en el banco de popa sin el menor cuidado, apoyando sus sucias zapatillas sobre la madera pulida.

Carles soltó las amarras en silencio, encendió el motor intraborda, cuyo ronroneo fue ahogado de inmediato por el silbido de la tramontana, y L'Estima se adentró en la boca del puerto, proa hacia la oscuridad total del Golfo de Roses.

✽✽✽

A tres millas de la costa, las luces de L'Escala se habían reducido a una hilera de luciérnagas distantes y moribundas.

El oleaje empezó a sacudir el laúd con violencia, levantando salpicaduras frías que golpeaban el rostro del turista.

El joven empezó a impacientarse, mirando a su alrededor sin ver rastro de ninguna isla ni de luces de fiesta.

—Oye, viejo... ¿Dónde coño está esa isla? Aquí no hay nada —dijo el inglés, con un tono que ya empezaba a tornarse agresivo y arrogante.

Carles Joan soltó el timón y giró el cuerpo despacio.

El motor seguía en marcha, manteniendo la barca a velocidad constante contra el viento.

El rostro del anciano ya no tenía rastro de la amabilidad de la mañana; bajo la luz tenue del cuadro de mandos, sus facciones parecían esculpidas en piedra fría.

—No hay ninguna isla —respondió Carles en su propio idioma, con una voz rotunda que cortó el viento.

—¿Qué dices? Habla en inglés, puto viejo —el chico intentó levantarse, pero un brusco bandazo de la barca lo obligó a sentarse de golpe, maldiciendo.

—Digo que tu viaje termina aquí —Carles lo miró fijamente, manteniendo una distancia prudencial—.

Te he estado observando, muchacho. Vi lo que hiciste ayer en las Planasses.

Rompiendo botellas donde caminan los niños, destrozando la vegetación, matando a las aves por pura diversión. ¿Te pareció divertido?

El inglés soltó una carcajada nerviosa, entre el desprecio y el desconcierto, asumiendo que el viejo solo quería echarle una bronca moralista.

—¿Me estás vacilando por unas putas plantas y unos pájaros? Vete a la mierda. Eres un puto viejo loco. Da la vuelta a esta barca ahora mismo o te romperé la cara aquí mismo, ¿me oyes? No tienes ni idea de quién soy yo. A nadie le importa este pueblo de mierda.

—A mí sí —susurró Carles.

Aquella frase fue la sentencia definitiva. El inglés no mostró ni un ápice de remordimiento, ni una pizca de decencia humana; solo la arrogancia del que se cree intocable. El joven se impulsó hacia delante para agredir al anciano, pero el alcohol y el movimiento del barco jugaron en su contra.

Carles, que se movía sobre la cubierta de madera con la agilidad de un gato a pesar de sus supuestos achaques, esquivó el embate con un paso lateral.

En su mano derecha ya no había un cabo, sino un pesado mazo de calafatear de hierro y plomo que había extraído del cofre de herramientas en un movimiento invisible.

El golpe fue rápido y brutal. El impacto del metal contra la sien del joven sonó como el crujido de una rama seca.

El inglés cayó a plomo sobre el suelo de la cubierta, inconsciente y sangrando por el oído.

Carles no dudó. Arrastró el cuerpo inerte hacia el centro de la embarcación.

Le despojó de todas sus pertenencias personales (cartera, teléfono móvil, reloj) y las metió en una bolsa con peso que arrojaría más tarde en otra zona para despistar a los rastreos satelitales.

Luego, utilizando un cabo de cáñamo grueso tratado con brea, ató las muñecas y los tobillos del chico por detrás de la espalda, conectándolos a dos pesados bloques de fundición de hierro que utilizaba como lastre de reserva en el laúd.

Cada nudo fue revisado dos veces. El inglés seguía respirando de forma débil, con estertores, ajeno al destino que le esperaba.

Con un esfuerzo supremo que hizo que las venas de sus brazos se tensaran como cables de acero, Carles empujó el cuerpo amarrado a los bloques hasta el borde de la regala de estribor. Miró el rostro ensangrentado del turista una última vez.

—El mar limpia lo que la tierra no puede —sentenció el pescador.

De un fuerte empujón, los bloques de hierro cayeron al agua, arrastrando el cuerpo del joven inglés con una velocidad espantosa hacia las profundidades del Golfo de Roses. El agua se tragó el cuerpo en un segundo, dejando apenas un remolino de espuma blanca que la tramontana borró de inmediato.

Carles Joan regresó al timón. Sacó un trapo con agua oxigenada y lejía de un cubo y limpió las pocas gotas de sangre de la madera con la misma tranquilidad con la que se limpia la cubierta tras una jornada de pesca.

El laúd L'Estima viró en redondo, regresando hacia el puerto de L'Escala.

En la superficie del mar ya no quedaba nada, pero en el fondo, la primera ofrenda de Carles Joan ya reposaba en el abismo.