Capítulo 25 La foto
Avanzaron hacia el fondo del vestíbulo, hacia la zona donde la oscuridad le había parecido a Dora más profunda que en el resto, y tardaron bastante más de lo previsto en llegar, porque el salón no dejaba de crecer por delante de ellos.
Empezaban ya a reconocer los elementos del sitio: sillas antiguas, mesas, armarios, alfombras deshechas por los bordes, cuadros enormes con el marco ennegrecido.
Algunos muebles seguían cubiertos con telas; otros habían quedado a la vista, como si alguien hubiera salido de la habitación a media tarde contando con volver antes de la cena.
En las paredes seguían apareciendo placas. Dora se paraba cada pocos pasos: frotaba el metal con los dedos, acercaba la linterna, inclinaba la cabeza.
—Aquí hay otra.
Ivor iluminó desde el otro lado.
—¿Dice algo?
—Dice que el polvo es más fuerte que yo.
Pasaron a la siguiente. Unas llevaban nombres, otras fechas; en una se distinguían dos líneas enteras, pero la corrosión había comido la mitad de las letras de la segunda y sin ellas no había manera de reconstruir nada.
Dora retiró la mano y se limpió los dedos.
—Habrá que volver. Con un cepillo. Y con mi padre.
—¿En ese orden?
—Probablemente no.
Ivor apuntó con la linterna hacia el extremo opuesto.
—Ahí hay algo.
Una pieza de mobiliario muy grande ocupaba buena parte de aquella pared. Se acercaron: era una vitrina alta, de madera oscura, con puertas de cristal cuyos vidrios estaban opacos de polvo por dentro y por fuera.
Dora pasó la luz por el interior y se detuvo.
—Espera.
Abrió una de las puertas. El chirrido de las bisagras sonó desproporcionado en aquella quietud y los dos se quedaron un segundo esperando a que se apagara.
Dentro había varias filas de fotografías, colocadas de pie, apoyadas unas contra otras.
—Hay muchas.
—¿Puedo mirar? —preguntó Ivor.
—Sí, pero con cuidado.
Dora comenzó a revisar las imágenes: había paisajes, casas, grupos familiares y personas que no reconocía; algunas fotografías estaban casi completamente descoloridas, mientras otras conservaban una nitidez sorprendente para su antigüedad.
Ivor tomó una.
—Mira esta.
Mostraba a varias personas de pie delante de una construcción. Dora la observó unos segundos, no reconoció nada y la dejó sobre el mueble.
Entonces encontró otra.
La cogió entre dos dedos y dejó de moverse.
—¿Qué pasa?
Ivor se acercó. Dora no contestó. Acercó la fotografía a la linterna, tanto que casi la tocó con el cristal.
Allí estaba Maurice.
Lo había visto antes, en el álbum escondido de la bodega de su casa, a dos mil kilómetros y tres semanas de allí. Pero en aquella no estaba solo. A su lado había dos niños.
Edwin y Elias.
Estaban los tres delante de un tramo de muro que Dora reconoció al instante, porque lo había tenido delante aquella misma mañana bajo la lluvia.
Y reconoció también, sin ninguna duda y sin necesidad de pensarlo, la cara de su padre: más flaca, más seria, con el mismo gesto exacto de estar pensando en otra cosa mientras alguien le hace un retrato.
—Son ellos.
Ivor se inclinó sobre la fotografía.
—Tu padre.
—Sí.
—Y el mío.
Dora asintió.
Ivor se quedó mirando la imagen mucho tiempo.
Maurice estaba detrás de los dos, con una mano apoyada cerca del hombro de uno de ellos.
Dora contempló también la foto durante varios segundos.
Hasta ese momento había escuchado a Edwin contar fragmentos de su historia y había intentado imaginar cómo habían sido aquellos años; aquella fotografía era diferente: no había recuerdos reconstruidos ni explicaciones familiares, los tres estaban allí, juntos, mucho antes de que ella naciera.
Ivor sonrió sin apartar los ojos del papel, y después cogió otra.
—Hay más.
También aparecían los tres: en una, Maurice estaba sentado mientras Edwin y Elias permanecían de pie junto a él; en otra parecían algo mayores. Dora las colocó sobre la mesa:
—Todo está aquí.
Ivor la miró:
—¿El qué?
—Su infancia. —Dora no levantó la vista de la fila de imágenes—. La parte que nadie nos contó nunca. Estaba aquí, dentro de un mueble, cerca de un pueblo donde nadie entra.
Se quedó mirándolas.
—Y Maurice sabía que algún día podían encontrarlas.
—¿Por eso las dejó?
—No lo sé.
—Pero están aquí —dijo Ivor—. Y no están tiradas. Están de pie y ordenadas. —Se encogió de hombros—. La gente no guarda las cosas para que no las vea nadie. Las guarda para la persona correcta.
Dora lo miró de reojo. A veces aquel chico decía la cosa más sensata de toda la jornada, y siempre justo cuando nadie se lo esperaba.
Siguieron revisando la vitrina. Algunas imágenes mostraban el pueblo con las calles vacías; otras, la torre desde ángulos distintos, incluido uno desde arriba que Dora no consiguió situar.
Había retratos de desconocidos. En una, Maurice aparecía muchísimo más joven, casi otro hombre.
En otra, Edwin y Elias estaban junto a alguien a quien Dora no reconoció y que no era Maurice.
Le dio la vuelta. Detrás había una fecha escrita a mano, y la letra era pequeña e inclinada.
Dora se quedó muy quieta. Era la misma letra del margen del álbum. La misma de Contigo por siempre . La misma del dorso donde había copiado un nombre a la luz de una vela.
—Esto puede ayudarnos —dijo, y le salió la voz rara.
Ivor iba a contestar cuando el codo se le enganchó en algo que había en el borde del mueble.
El objeto se desplazó. Dora alcanzó a verlo moverse.
—¡Cuidado!
Demasiado tarde. Un jarrón grande cayó al suelo y se hizo pedazos, y el estruendo cruzó el vestíbulo entero y volvió desde el techo multiplicado por todos los rincones a la vez.
Los dos se quedaron inmóviles.
—Yo no...
Ivor no terminó la frase, porque algo se movió por encima de ellos.
Dora levantó la linterna.
Una forma oscura salió de las alturas. Después otra. Después tres más, y después no pudo contarlas. Los murciélagos abandonaron algún rincón del techo y empezaron a cruzar el espacio sobre sus cabezas, sin ruido de alas al principio y con demasiado después.
Dora gritó y se cubrió la cabeza con los dos brazos.
—¡Ivor!
El chico retrocedió y uno de los animales le pasó rozando el hombro.
—¡Corre!
Dora lo agarró del brazo y corrieron los dos hacia la puerta por la que habían entrado. Ivor llegó primero, cogió el herraje y tiró con todas sus fuerzas.
—¡No abre!
Volvió a intentarlo.
—¡No abre!
—¡Apártate!
Dora empujó la madera con los dos brazos y con el hombro y con todo el peso del cuerpo. La puerta no se movió un milímetro.
Arriba, los murciélagos seguían cruzando la parte alta del vestíbulo, y el batir de las alas llenaba la oscuridad como un viento que viniera de dentro.
—¡Estamos encerrados!
Dora tenía exactamente el mismo miedo. Respiraba deprisa y no conseguía dejar de mirar hacia el techo.
Pero entonces miró a Ivor.
Y comprendió que él estaba mucho peor: tenía la cara blanca, la boca apretada y los ojos brillantes, y estaba a dos segundos de romperse.
Dora respiró hondo, dos veces, muy despacio, y se puso delante de él tapándole la vista del techo con su propio cuerpo.
—Mírame. A mí, no ahí arriba.
Ivor levantó la cabeza.
—Vamos a hacer una lista. —Dora oyó su propia voz y le pareció la de su padre—. ¿Qué sabemos?
—Que no podemos salir.
—Eso no lo sabemos. Eso es una cosa que todavía no hemos resuelto, que es distinto. ¿Qué sabemos de verdad?
Ivor tragó saliva.
—Que tu padre sabe dónde estamos.
—Eso. ¿Qué más?
—Que... —Buscó—. Que la puerta no está rota. Solo atascada.
—Eso también. ¿Qué más?
Ivor tardó un poco.
—Que la señora de la hostería dijo que si no volvíamos antes de que oscureciera mandaría a alguien.
Dora se quedó parada un segundo, porque se le había olvidado.
—Eso es lo mejor que ha dicho nadie en todo el día. ¿Qué más?
Ivor miró hacia arriba una vez, brevemente, y volvió a mirarla a ella.
—Que los murciélagos tienen más miedo que nosotros.
—Exacto. —Dora le puso una mano en el hombro—. Y mírate: ya estás pensando otra vez.
Ivor bajó la cabeza.
—Yo solo quería mirar.
—Lo sé.
—Y he roto eso.
Dora miró los pedazos del jarrón, esparcidos por medio metro de suelo.
—Y yo te he dejado acercarte con la mochila puesta. Así que el jarrón también es mío.
—¿Se lo vas a contar a tu padre?
—Le voy a decir que lo tiraron los murciélagos. —Dora se encogió de hombros—. Que es casi verdad.
Ivor soltó algo que se parecía bastante a una risa.
Se quedó junto a él hasta que su respiración recuperó un ritmo más tranquilo; los murciélagos habían desaparecido nuevamente entre las alturas y el vestíbulo comenzaba a recuperar su silencio.
—Vamos —dijo Dora.
—¿A buscar otra salida?
—A buscarlo todo. La salida la ponemos en la lista.
Regresaron al centro de la estancia y esta vez avanzaron mucho más despacio.
Dora sostenía la linterna delante de ellos e Ivor iluminaba los laterales; cada mueble adquiría una forma distinta bajo la luz: una mesa podía parecer una figura inmóvil y un retrato apenas visible daba la impresión de observarlos desde la pared.
Una cortina se movió con una corriente de aire y los dos se pararon en seco, hasta descubrir que venía de una abertura muy alta.
Ivor miró hacia arriba.
—La torre respira.
—No digas eso.
—¿Por qué?
—Porque ahora voy a pensarlo cada vez que sople el viento.
Continuaron. Pasaron junto a un escritorio cubierto de papeles y encontraron más cuadros, una pequeña mesa auxiliar y varios relojes de pared detenidos; más adelante, un reloj de caja larga ocupaba casi todo un tramo del muro. Dora iluminó la esfera:
—Todos están parados.
Ivor se acercó.
—Tal vez se detuvieron el mismo día.
Dora no respondió: la idea le produjo una sensación extraña y siguieron andando.
Encontraron un tramo de pared donde las placas eran mucho más numerosas, colocadas en cuatro hileras apretadas. Dora intentó leer algunas y no pudo.
—Hay demasiadas.
Ivor pasó los dedos por una, siguiendo el contorno de las letras hundidas.
—A lo mejor las pusieron para acordarse de la gente que estuvo aquí.
—¿De toda?
—No lo sé. —Retiró la mano—. A lo mejor cuando no puedes acordarte tú, pones una placa.
Dora avanzó unos pasos y volvió a detenerse.
Una gran pieza de mobiliario estaba pegada contra la pared y Dora se paró delante de ella porque había algo que no encajaba: todos los demás muebles del salón estaban separados del muro lo justo, como se colocan los muebles.
Aquel estaba aplastado contra la piedra.
—Ayúdame.
Entre los dos intentaron moverlo. Pesaba una barbaridad y consiguieron desplazarlo apenas unos centímetros, arrastrándolo por el suelo con un ruido horrible.
Fue suficiente.
Ivor acercó la linterna.
—Hay un hueco.
La luz recorrió un borde vertical, limpio, demasiado recto para ser una grieta.
Era una puerta.
Ivor abrió mucho los ojos.
—Otra. Esta torre tiene más puertas que todo Rookmere.
Retiraron con cuidado unas telas y apartaron parte del polvo; el marco estaba mejor conservado que otros sectores de la torre. Dora buscó el herraje y descubrió que no estaba cerrado: empujó, pero la puerta no se movió. Ivor se colocó a su lado.
—Otra vez. Yo empujo contigo.
Hicieron fuerza los dos a la vez, con los pies afirmados.
Esta vez la madera cedió unos centímetros y quedó una abertura estrecha por la que salió aire.
No olía como el resto de la torre. No olía a humedad ni a piedra fría.
Dora metió la linterna por la rendija.
Detrás no había otra habitación.
Había una escalera, y subía.
Los dos levantaron las luces al mismo tiempo. Se veían los primeros peldaños, bastante limpios. Después, nada.
—¿Sube? —preguntó Ivor.
Dora asintió despacio.
—Sí.
—¿Adónde?
Dora volvió a mirar los escalones; ya no necesitaba responder: habían seguido indicios, sorteado derrumbes, descendido al sótano y encontrado puertas que parecían haber sido olvidadas por todos; Maurice había dejado una indicación concreta y, después de todo lo que habían encontrado, ya no parecía una simple coincidencia.
La escalera estaba allí y el segundo piso también, por encima de ellos.
El segundo piso se abre con el código de nuestra infancia.
Aquella escalera no era una casualidad. Subía hacia el sitio que la nota señalaba.
Dora iluminó los primeros peldaños, pero no subió; Ivor se quedó a su lado. Durante unos segundos los dos miraron juntos la oscuridad que se extendía hacia arriba y que no terminaba en ninguna parte visible.
—Por fin… la hemos encontrado —dijo él.
—Sí.
Ivor se encogió de hombros, se colocó bien la mochila y puso un pie en el primer peldaño.
Dora mantuvo la luz fija sobre la escalera y el: habían entrado en la torre buscando respuestas, y ahora, por primera vez, tenían delante un camino que no dejaba lugar a dudas; subía hacia el lugar que estaba señalado desde el inicio del viaje, hacia el segundo piso.