La torre de Rookmere Capítulo 26 La puerta roja
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Capítulo 26 La puerta roja

La escalera subía delante de ellos, estrecha y recta.

Dora sostuvo la linterna sobre los primeros peldaños.

—Vamos.

Ivor se ajustó las correas de la mochila.

—Despacio.

Empezaron a subir.

Era mucho más larga de lo que ninguno de los dos había calculado.

Después de los primeros metros, el vestíbulo desapareció por completo a sus espaldas —no se veía ni el rectángulo de la puerta que habían dejado entornada— y no quedó más que el sonido de sus propios pasos sobre la piedra, uno detrás de otro, siempre igual.

La lluvia se oía al otro lado del muro, a veces con fuerza y a veces reducida a un murmullo, según por dónde pasara. El viento golpeaba alguna ventana de más arriba con una insistencia irregular que no llegaba a convertirse en ritmo.

De vez en cuando se desprendía un trozo pequeño de piedra. Uno cayó desde arriba y golpeó un escalón por debajo de ellos, y siguió rebotando un rato.

Ivor levantó la cabeza.

—¿Has oído?

—Sí.

Otro cayó más abajo.

No era suficiente para asustarse. Era suficiente para acordarse de que aquella torre llevaba décadas sosteniéndose por costumbre.

Siguieron subiendo. Al cabo de un rato Ivor empezó a respirar con la boca abierta.

—Dora.

—¿Qué?

—Tengo hambre.

Ella se paró.

—De todo lo que podía salir mal en esta torre, el hambre es lo único para lo que venía preparada.

Encontraron un rellano estrecho, poco más que un escalón doble. Dora abrió el bolso y sacó pan, algo de fruta y la botella de agua.

—Toma.

Ivor se sentó en el escalón, partió el pan por la mitad y le tendió un trozo sin decir nada. Dora lo cogió también sin decir nada.

Comieron unos minutos en silencio. Y durante aquellos minutos la escalera dejó de dar miedo: eran dos personas descansando a media subida, con los pies mojados y las linternas apoyadas en la piedra apuntando al techo, lejos del pueblo y de la hostería y de cualquier sitio donde alguien pudiera oírlos.

Dora bebió un poco y cerró la botella.

—No te la acabes.

—No pensaba hacerlo.

—Conociéndote...

—Llevo todo el día sin acabarme nada —protestó Ivor—. Ni la comida ni las frases.

Pero enseguida miró hacia arriba.

—¿Cuánto falta?

—No lo sé.

—Podría ser muchísimo.

Dora levantó la vista hacia la oscuridad.

—Ya hemos subido muchísimo. No puedes quedarte sin muchísimo a mitad de camino. Es la regla.

Ivor se quedó callado unos segundos.

—Podemos volver, ¿no?

Dora lo miró.

—¿Quieres volver?

El chico tardó en contestar.

—No. Pero quería saber que podemos.

—Podemos —dijo Dora—. Siempre podemos. Esa parte no cambia.

Ivor asintió, guardó lo que quedaba de pan y se levantó.

—¿Mejor?

—Mejor.

Continuaron.

A medida que subían, la escalera iba cambiando: la piedra estaba menos húmeda, las manchas de las paredes desaparecían y el aire se volvía más seco.

Había ventanas estrechas a los dos lados, algunas con el cristal entero y otras partidas, por donde entraba el viento con un silbido bajo.

Cada ráfaga hacía que Dora levantara la linterna, y cada vez no había nada: solo la lluvia y la oscuridad de fuera.

Más arriba empezaron a aparecer restos de yeso caído sobre los peldaños. Ivor los iba esquivando.

—Esto no estaba en el plano.

—El plano no podía enseñarlo todo.

—Entonces no sirve tanto.

—Sirve para saber dónde estamos.

—Sabemos dónde estamos. En una escalera.

Dora no consiguió discutírselo.

Le empezaron a pesar las piernas. Y se dio cuenta, además, de que no tenía ni idea de cuánto tiempo llevaban dentro de la torre.

Miró el reloj y el resultado le sentó mal: había pasado bastante más de lo que creía.

Su padre ya estaría preocupado, y la dueña de la hostería ya estaría mirando por la ventana.

Aceleró sin darse cuenta.

—Más despacio —dijo Ivor desde atrás.

Dora se paró.

—Tienes razón.

—Lo sé. No hace falta que me gaste en decirlo.

Recuperaron el ritmo anterior.

Y entonces, muy arriba, algo cayó.

No fue un trozo de piedra. Fue un estruendo, grande, que sacudió la escalera entera y bajó por el hueco pasándoles por encima.

Los dos se quedaron clavados.

Esperaron.

No pasó nada más.

—¿Qué ha sido eso?

—No lo sé.

Ivor miró hacia abajo, hacia donde no se veía nada.

—A lo mejor deberíamos volver.

Dora se volvió hacia él.

—Estamos demasiado cerca.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque la escalera ha cambiado. Mira las paredes: ya no hay humedad. Estamos por encima del nivel al que llega el agua, y eso quiere decir que estamos por encima de la primera planta.

Ivor se lo pensó.

—Eso no significa que estemos cerca.

—No. —Dora bajó dos escalones y se puso a su altura—. Entonces fíate de mí.

—La última vez que me fié acabamos encerrados con murciélagos.

—Y salimos.

—Todavía no hemos salido.

—Detalles.

Siguieron.

Cuanto más subían, más fuerte se hacía el viento. Las ventanas vibraban en sus marcos y una de ellas soltó un silbido agudo cuando una ráfaga encontró la grieta exacta.

Ivor se detuvo otra vez.

—No me gusta.

—¿El qué?

—Todo esto. La parte de arriba.

Dora volvió a bajar a su altura. Le puso la linterna de manera que no le diera en la cara.

—Escúchame. Hemos encontrado las fotografías.

Sabemos que Maurice estuvo aquí con mi padre y con el tuyo cuando eran de tu edad.

Sabemos que guardó todo esto durante cuarenta años sin decírselo a nadie.

—Señaló hacia arriba con la barbilla—. Nadie construye una escalera tan larga para guardar arriba una cosa sin importancia.

—Mi padre guarda las herramientas en el desván.

—Tu padre es una excepción en casi todo.

Ivor respiró hondo, y le salió una sonrisa a su pesar.

—¿Tú crees que estará ahí? Lo que sea que estamos buscando.

—No lo sé.

—¿Y si no está?

—Entonces seguiremos buscando hasta encontrarlo. Ya se nos da bien.

—Vale.

Continuaron.

Unos minutos después, la escalera empezó a ensancharse. Los peldaños se hicieron más anchos y menos altos, y la luz de la linterna alcanzó por fin una superficie distinta de la piedra.

Una puerta.

No era de madera oscura como todas las demás.

Era roja.

El color había sobrevivido de manera sorprendente, aunque estaba cubierto por polvo y pequeñas marcas; ocupaba casi todo el final de la escalera y, a ambos lados, unas pequeñas ventanas dejaban entrar el viento y la luz gris de la tormenta. Dora se detuvo.

—Ahí.

Ivor llegó a su lado:

—Es la puerta. —La observó durante unos segundos—: ¿Quién pintaría una puerta de rojo?

—No sé.

No había picaporte. En el centro de la hoja, empotrado en la madera, había un mecanismo de metal con tres ruedas y, en cada rueda, una serie de números grabados.

Dora lo comprendió de inmediato.

—El código.

Sacó de su mochila la libreta donde había copiado la información que Edwin le había dado antes de salir; la abrió bajo la luz y volvió a leer la anotación.

—Me dijo que eran estos números.

Ivor se acercó.

—¿Te acuerdas?

—Me los sé de memoria. Pero prefiero mirarlos.

Dora comenzó a girar el mecanismo: colocó el primer número, luego el segundo y después el tercero; esperó, probó: nada.

—No abre.

Ivor iluminó el mecanismo.

—A lo mejor los has puesto mal.

—No.

Dora volvió a revisar la nota: comprobó los números y volvió a introducirlos, esta vez con mayor cuidado; nada.

—Otra vez.

Lo hizo otra vez. La puerta no cedió.

Dora dio un paso atrás y se quedó mirando el mecanismo con las dos hojas colgando de la mano.

—No lo entiendo. Son estos.

—¿Seguro que son esos?

—Es lo que escribió él mismo.

Ivor se acercó al mecanismo. Como era más bajo que ella, tuvo que mirarlo desde abajo, con la linterna casi apoyada en la madera.

Y se quedó quieto.

—Dora.

—¿Qué?

—Ven aquí. Agáchate.

—Ivor...

—Agáchate.

Dora se agachó a su lado, molesta, y miró el mecanismo desde donde lo estaba mirando él.

La última rueda tenía grabado un nueve.

Desde arriba.

Desde abajo, mirándolo desde la altura de Ivor, aquel mismo grabado era un seis.

—Mi maestra dice que mis seises parecen nueves —dijo Ivor, sin apartar la vista—. Y que mis nueves parecen seises. Toda la vida me lo dice.

Dora no contestó. Estaba mirando la rueda y pensando muy deprisa.

—Entonces prueba con seis.

Dora volvió a incorporarse, cambió la última rueda y giró.

Tiró de la hoja.

El mecanismo hizo clic .

Los dos se quedaron completamente inmóviles.

—Ha funcionado —susurró Ivor.

Dora tomó aire y accionó la manija: la puerta comenzó a abrirse muy lentamente y un aire frío salió desde el interior; no olía a humedad, olía a papel viejo, madera y algo más que ninguno pudo identificar. Dora iluminó la abertura, pero no consiguió ver mucho; La puerta se abrió un poco más.

Y entonces una voz estalló abajo, en la escalera.

—¡NO ENTREN!

Dora gritó. Ivor se dio la vuelta de un tirón y casi pierde el equilibrio en el escalón.

Las dos linternas barrieron el hueco hacia abajo.

En los peldaños inferiores había dos figuras.

Un hombre y un niño.

Dora reconoció al hombre inmediatamente. Jeremy Lawson subía por la escalera con el abrigo empapado y el pelo pegado a la frente, y traía en la cara una alarma que no estaba haciendo el menor esfuerzo por disimular.

A su lado, agarrado a la manga del abrigo, estaba el chico de la chaqueta grande. El de la calle de Rookmere. El que había echado a correr.

Ivor se pegó a Dora.

Jeremy levantó una mano.

—No entren.

La puerta permanecía abierta detrás de ellos y Dora no podía apartar la vista de Jeremy:

—¿Cómo nos encontró?

—Eso ahora da igual. Ciérrenla.

Jeremy no respondió; el niño observaba a Ivor y parecía asustado.

La lluvia golpeó nuevamente las ventanas y el viento atravesó la escalera.

Dora volvió lentamente la cabeza hacia la puerta roja; después miró a Jeremy: la voz del hombre había cambiado, ya no era el pasajero tranquilo de la hostería, ahora había una alarma evidente en su rostro.

—Ciérrenla —dijo.

Dora volvió la cabeza hacia ella, despacio. Después miró otra vez a Jeremy.

—¿Por qué no debemos entrar?

Jeremy dio otro paso hacia ellos:

—Porque no saben lo que hay ahí dentro.

—¿Y usted sí?

Dora miró a Ivor, Ivor miró al niño y nadie se movió; la puerta seguía abierta.

Habían salido de una casa de ladrillo oscuro en Friedrichshafen por una carta de cuatro líneas.

Habían cruzado Europa por el aire, habían atravesado Inglaterra en tren, habían subido a un cerro bajo la lluvia dos veces y habían encontrado, en el orden equivocado y siempre a medias, un álbum escondido, una caja cerrada, una pared de nombres, un derrumbe, un agujero sin fondo, relojes parados a horas distintas y una fotografía de dos niños que iban a ser sus padres.

Por primera vez desde que habían llegado a Rookmere, estaban frente al secreto que Maurice había protegido durante toda una vida y, justo antes de descubrirlo, habían sido encontrados.

La luz de las linternas quedó suspendida en la escalera; detrás de la puerta roja, la oscuridad del segundo piso esperaba.