Capítulo 24 El interior de la torre
La escalera de la derecha era distinta desde el primer peldaño.
Los escalones estaban más gastados por el centro, con esa curva que solo hacen los pies, y en algunos había manchas oscuras donde la humedad se había quedado durante décadas sin llegar nunca a secarse del todo. Pero no había derrumbes, ni bordes rotos, ni sombras que no correspondieran.
Dora apoyó una mano en el muro y empezó a subir. Ivor fue detrás, alumbrando por encima del hombro de ella.
Las luces se desplazaban sobre la piedra y deformaban las sombras a cada paso: una junta se convertía en una grieta, una grieta se convertía otra vez en junta.
Ninguno de los dos hablaba. El eco de sus pisadas llenaba el hueco entero y volvía por detrás con medio segundo de retraso, de manera que parecía que subía alguien más.
Unos metros más arriba llegaron a un rellano pequeño.
Había una puerta.
Dora la iluminó. La madera era más clara que la del sótano, casi rubia bajo el polvo, y estaba rodeada por un marco ancho de piedra labrada, con una moldura sencilla que se repetía a los dos lados.
Ivor se acercó.
—¿Abrimos?
Dora cogió el herraje y lo movió. No estaba cerrado.
Empujó. La puerta cedió un par de centímetros, se quedó agarrada un instante y después se abrió del todo con un quejido largo.
Dora dio un paso y se detuvo.
La luz de la linterna avanzó por delante de ella y no encontró pared. Siguió avanzando y siguió sin encontrarla.
Aquello no era otro corredor.
Ivor apareció a su lado y durante unos segundos ninguno de los dos dijo nada.
El espacio se abría mucho más de lo que habían podido imaginar desde la entrada principal: el vestíbulo era ancho, largo y tenía una altura que las linternas no alcanzaban a medir.
La oscuridad ocupaba casi todo, pero los dos haces empezaron a sacar de ella pedazos sueltos: un trozo de suelo, el pie de una columna, el borde de una mesa.
Dora apuntó hacia el frente.
Y allí estaban los pilares.
Los mismos dos pilares que les habían cerrado el paso desde la puerta principal.
Ahora los veían por el otro lado. Parte de la estructura había cedido y los enormes bloques se habían desplomado sobre el acceso; desde aquella perspectiva comprendían mejor la magnitud del derrumbe y la razón por la que había sido imposible atravesarlo. Ivor abrió los ojos:
—¡Lo conseguimos!
Su voz salió disparada hacia arriba, rebotó en la altura y volvió multiplicada por tres, tan fuerte y tan inesperada que los dos se quedaron quietos.
Después Ivor soltó una carcajada.
—¡Lo hemos conseguido!
Y esta vez el eco le contestó otra vez, y Dora terminó riéndose también.
Habían pasado media mañana bajo la lluvia, habían recorrido un sótano encharcado, se habían asustado con un ratón y con media docena de pájaros, habían subido una escalera que se acababa en un agujero sin fondo y habían tenido que volver por donde venían.
Y ahora estaban dentro.
Dora lo abrazó:
—Estamos dentro.
El chico se separó y volvió a recorrer el vestíbulo con la mirada, girando sobre sí mismo.
—No puedo creerlo.
—Yo tampoco.
Durante unos instantes quedaron atrás el cansancio, la lluvia, la pierna de Edwin y todas las advertencias que habían recibido; después Dora volvió a levantar la linterna y la celebración terminó.
Después Dora levantó otra vez la linterna, y la celebración se terminó sola.
La oscuridad era mucho mayor de lo que habían supuesto. El haz llegaba a cuatro o cinco metros y allí se desvanecía, sin alcanzar nunca el otro extremo del salón.
Había muebles contra los muros. Algunos estaban cubiertos con telas que en su día debieron de ser blancas y ahora tenían el color del polvo; otros habían quedado a la intemperie de los años, con la madera grisácea y las juntas abiertas.
Una mesa larga ocupaba buena parte de un lateral, con varias sillas todavía alrededor, ninguna apartada.
Más adelante distinguieron un armario oscuro de dos cuerpos, un escritorio enorme con las patas talladas y otros muebles cuyos detalles se perdían en la sombra.
Ivor avanzó unos pasos.
—Parece que alguien lo dejó todo y se fue.
Dora recorrió el salón con la luz.
—Hace mucho tiempo.
Una alfombra atravesaba parte del suelo; los colores se habían apagado y la humedad había dejado manchas en los bordes.
La linterna de Dora encontró entonces un cuadro.
Era enorme y ocupaba una parte considerable del muro; representaba a un hombre cuya ropa no podía identificar con precisión, y el marco estaba ennegrecido por los años.
Ivor iluminó las paredes.
—Hay más.
Había muchos más. Algunos eran retratos; otros, paisajes. Uno representaba una construcción que Dora no reconoció y que no era aquella torre. Otro estaba tan deteriorado que solo se distinguía una forma clara en el centro y nada alrededor.
—¿Quiénes serán? —preguntó Ivor.
—No lo sé.
—A lo mejor vivían aquí.
—A lo mejor.
Dora continuó.
Del techo colgaban varias lámparas de araña, grandes, con los brazos curvados hacia arriba. Los cristales estaban cubiertos de polvo y de algunas se habían desprendido piezas que debían de llevar años en el suelo, esperando a que alguien las pisara.
Ivor levantó la linterna hacia una de ellas y la luz se partió en veinte reflejos sucios.
—¿Crees que funcionaban?
—Alguna vez.
—¿Y ahora?
—Ahora no.
Y sin embargo fue gracias a aquellas lámparas —a saber que estaban ahí arriba, colgadas sobre sus cabezas— como empezaron a hacerse una idea del tamaño real del sitio.
—Dora. Mira esto.
La luz encontró un reloj de caja larga, el cristal estaba opaco y las agujas permanecían detenidas; más allá había otro reloj de pared que también estaba parado, y luego apareció un tercero. No todos eran iguales: algunos tenían cajas de madera tallada; otros eran sencillos relojes de pared.
Ivor iluminó una estructura pequeña y muy ornamentada, con un tejadillo y hojas talladas.
—¿Es un reloj de cuco?
Dora se acercó. Sí, era uno solo, pequeño en comparación con los relojes mayores que había en la estancia.
—Pensé que esas cosas eran alemanas.
—Puede que alguien lo trajera.
—¿Quién?
—No lo sé.
Dora lo miró un rato largo, y no lo tocó.
Una corriente de aire atravesó el vestíbulo y Dora sintió el frío en el rostro.
—¿Has sentido eso?
Ivor levantó la linterna; una de las telas que cubría un mueble se movió ligeramente y después volvió a quedar inmóvil.
—El viento —dijo Dora.
—¿De dónde viene?
No podían distinguir ninguna ventana abierta desde allí. Dora dirigió la luz hacia las partes altas: había varias aberturas estrechas y, en uno de los muros, una ventana cubierta por una cortina deteriorada; la tela volvió a moverse y el aire cruzó la estancia con un murmullo leve.
Ivor se acercó a ella.
—Quizá hay alguien.
Ella negó:
—No.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque la tela se está moviendo.
Ivor iluminó el rincón y no había nadie; Dora volvió a avanzar.
Rodearon una mesa grande y empezaron a distinguir marcas en el polvo del suelo. No sabían decir si eran huellas, o el rastro de un mueble arrastrado, o simples manchas dejadas por el agua; el polvo estaba removido en algunos sitios y liso en otros, sin ninguna lógica que ellos pudieran seguir.
Una de las paredes llamó la atención de Dora.
—Mira.
Varias placas estaban colocadas entre los cuadros e Ivor se acercó.
—Otra vez.
Dora limpió con cuidado una de ellas; la superficie metálica estaba ennegrecida y las letras apenas se distinguían.
—No puedo leerla.
Probó con otra. Tampoco.
Algunas tenían fechas, otras solo un nombre; el tiempo había deteriorado buena parte de las inscripciones.
—Necesitamos limpiarlas —dijo Dora.
Ivor miró alrededor.
—No tenemos con qué.
—Entonces tendremos que acordarnos de dónde están.
Encontraron más, pero ninguna les resultaba familiar.
Dora volvió hacia el acceso por donde habían entrado.
Ahora comprendía que, desde la puerta exterior, solo habían podido ver una fracción del vestíbulo, pues el derrumbe había ocultado buena parte de aquel espacio.
Ivor levantó la linterna hacia el centro del techo.
—Es enorme.
—Y solo hemos visto una parte.
Continuaron recorriendo el lugar: descubrieron un mueble con puertas de cristal, varias sillas agrupadas alrededor de una mesa menor y un perchero cubierto de polvo; algunas piezas estaban protegidas por telas, como si alguien hubiera preparado la estancia para permanecer cerrada durante un tiempo Y fue entonces cuando Dora reparó en lo otro.
No todos los muebles tenían la misma cantidad de polvo.
Se agachó.
—Mira.
Ivor se acercó. Junto a una de las paredes, en el suelo, había una franja limpia. Rectangular. Con los bordes rectos.
—Aquí han movido algo.
—¿Cuándo?
Dora acercó la linterna y examinó la marca. Alrededor de la franja el polvo formaba un pequeño reborde, como la arena junto a una piedra que se quita de la playa.
—No lo sé.
—Pero si estuviera desde hace mucho, se habría vuelto a llenar.
—Sí.
—Entonces es de hace poco.
—Puede.
Dora no quiso sacar ninguna conclusión.
Una corriente de aire volvió a cruzar el salón; esta vez fue más intensa y una puerta interior, perdida hasta entonces entre las sombras, produjo un pequeño crujido.
Ivor giró sobre sí mismo mientras que Dora levantó la linterna.
Esperaron.
La puerta no se volvió a mover.
—Cada vez me gusta menos esto —dijo Dora.
—A mí sí.
Ella lo miró. Ivor sonrió.
—Es como estar dentro de una aventura.
Dora le puso la linterna delante, no del todo en broma.
—Estamos dentro de una.
—Entonces sigamos.
Avanzaron un poco más.
Un golpe seco sonó desde el extremo opuesto del vestíbulo y los dos se volvieron a la vez. Dora apuntó hacia allí y la luz se perdió sin llegar.
Esperaron. No pasó nada.
Después llegó otro sonido, más leve: madera rozando piedra, despacio, una sola vez.
Ivor dio un paso en aquella dirección y Dora lo sujetó del brazo.
—No.
—Solo quiero mirar.
—Primero terminamos esta parte.
Ivor aceptó y continuaron: cada nueva zona revelaba algo distinto: otro cuadro, un mueble cubierto, un reloj detenido o una placa ilegible, pero ninguna respuesta.
Dora empezaba a entender que el tamaño verdadero de aquella torre no estaba fuera.
Desde el camino era una construcción severa, cerrada, casi vacía de aspecto.
Aquel vestíbulo contaba otra cosa completamente distinta: alguien había amueblado el sitio, alguien había colgado los retratos, alguien había puesto siete relojes en una pared y les había dado cuerda durante años, alguien había atornillado las placas una por una.
Y después, en algún momento, todo se había quedado quieto.
Ivor regresó hacia la puerta por la que habían entrado.
—Voy a comprobarla.
Dora fue detrás.
—No te alejes.
El chico cogió el herraje y lo bajó. Empujó. La puerta no se movió.
—Está atascada.
—Déjame.
Empujaron los dos a la vez. Nada. Ivor volvió a intentarlo solo, con el hombro.
—No abre.
Dora apoyó la palma en la madera y la recorrió hacia arriba.
—A lo mejor hay que levantarla.
Hicieron fuerza juntos, tirando del herraje hacia arriba y empujando al mismo tiempo. La madera crujió en toda su longitud y se quedó exactamente donde estaba.
—Otra vez.
Lo intentaron otra vez.
Ivor soltó el aire y dio un paso atrás. Cuando habló, ya no tenía la voz de la aventura.
—Estamos encerrados.
Dora miró hacia el interior del enorme vestíbulo: la lluvia llegaba como un rumor lejano desde el exterior y el aire seguía moviéndose entre los muebles y las cortinas.
Durante un instante sintió un verdadero temor: habían entrado, pero ya no podían salir por la misma puerta. Dora levantó la linterna.
Se obligó a respirar dos veces antes de hablar, porque Ivor tenía doce años y la estaba mirando.
—No estamos encerrados.
—¿Cómo lo sabes?
Dora levantó la linterna y empezó a recorrer las paredes con ella, despacio, de un extremo al otro.
—Porque una torre como esta no se construye con una sola salida. Y porque alguien ha movido un mueble ahí atrás hace poco, y ese alguien no ha salido volando.
—¿Y si no encontramos por dónde?
Dora siguió iluminando.
Y entonces, muy al fondo, entre los muebles y las columnas de sombra, la luz encontró una zona donde la oscuridad era más profunda que en el resto del salón. No era una pared. No era un mueble. Era un sitio.
Ivor lo vio al mismo tiempo que ella y sonrió.
—Entonces vamos a encontrarla.
Dora se ajustó la correa del bolso.
—Sí.
Se internaron unos pasos más; la puerta quedó detrás de ellos y, en aquel instante, ambos comprendieron que habían conseguido entrar en la torre, pero todavía no habían descubierto qué significaba realmente estar dentro.