La torre de Rookmere Capítulo 23 Las escaleras
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Capítulo 23 Las escaleras

El automóvil se detuvo delante de la explanada de grava.

La lluvia había arreciado durante el trayecto y caía ahora con una constancia gris, sin viento, derecha sobre los árboles y sobre la piedra. El conductor miró la torre a través del parabrisas unos segundos más de los necesarios y después se volvió a medias hacia el asiento de atrás.

—Aquí es.

Dora cogió el bolso.

—Gracias.

El hombre mantuvo una mano en el volante.

—No puedo esperar.

—Lo sabemos.

—Cuando quieran volver al pueblo, tendrán que buscarse otro coche. Y a esta hora y con esta agua, no va a ser fácil.

—Está bien.

Ivor abrió la puerta y, antes de que bajara, el conductor lo detuvo con la voz.

—No se entretengan mucho.

Ivor le sonrió desde el estribo.

—No pensábamos hacerlo.

Bajaron los dos. El automóvil maniobró con dificultad en la grava mojada, dio la vuelta en tres movimientos y se metió otra vez entre los árboles. Dora esperó a verlo desaparecer, y después esperó un poco más, hasta dejar de oírlo.

Entonces se volvió hacia Ivor.

—Estamos solos.

—Eso quería.

—No empieces.

La torre se levantaba delante de ellos; la lluvia oscurecía las piedras y hacía que las ventanas superiores parecieran aún más profundas.

Ya no producían la misma impresión que durante la primera visita: habían escuchado el sonido de la puerta, habían visto los nombres de Maurice Ellery y Samuel Vey, conocían el derrumbe del vestíbulo y sabían que existía otra entrada.

Dora sacó el plano sin desdoblarlo del todo, para que no se mojara.

—Vamos por el costado.

Ivor asintió. Avanzaron por el mismo sendero que habían utilizado dos días antes: el terreno estaba más húmedo y las ramas pesaban por el agua acumulada; Dora tuvo que apartar varias para evitar que le golpearan el rostro. La entrada apareció entre los arbustos, tal y como la habían dejado.

—Aquí.

Ivor retiró unas ramas. El herraje seguía en el mismo estado: tomado por el óxido, con la marca clara donde Edwin había forzado el pestillo.

Dora empujó la puerta y el olor salió de golpe. Con la humedad era mucho más intenso que la otra tarde: tierra mojada, piedra fría y madera vieja, todo junto y todo debajo, como el olor de una bodega que nadie abre.

Ivor encendió su linterna. Dora encendió la otra. Las dos luces llegaban apenas a los cuatro primeros escalones.

—Vamos despacio.

—Sí.

Descendieron. El ruido de la lluvia fue desapareciendo a medida que bajaban; cada paso producía un eco corto que parecía regresar desde las paredes. Dora apoyó una mano sobre la piedra: estaba helada. En el cuarto escalón algo pequeño cruzó por delante de ellos e Ivor dio un respingo.

—¿Qué ha sido eso?

Dora bajó la luz al suelo y no encontró nada. Un segundo después, un ratón salió de entre dos piedras, cruzó el escalón sin prisa ninguna y se metió en la oscuridad.

Ivor lo siguió con la linterna.

—Un ratón.

—Te dije que no te asustaras.

—No me he asustado.

—Has saltado.

—Porque ha aparecido de repente.

Dora sonrió:

—Claro.

Continuaron bajando. A cada pocos pasos encontraban telarañas adheridas a los muros: algunas eran finas y casi transparentes; otras se habían acumulado en los ángulos formando manchas oscuras.

Dora apartó una con la mano y se limpió los dedos en el abrigo.

—Esto no estaba en mis planes.

—¿El qué?

—Que una investigación sobre mi familia acabara llena de telarañas.

—A mí me gusta.

—Ya me había dado cuenta.

Llegaron abajo. El suelo del sótano estaba cubierto por una capa irregular de humedad, con zonas secas y zonas donde el agua se había quedado quieta y reflejaba la luz de las linternas.

Una gota cayó del techo. Después otra. Ploc. Ploc.

Dora levantó la linterna: varias manchas oscuras cubrían la piedra superior y, en algunos sectores, el agua se había acumulado sobre el suelo.

—Hay goteras.

Ivor observó el siguiente tramo.

—Habrá que saltar.

—¿Saltar?

—No quiero mojarme los zapatos.

—Ni yo.

Empezaron a avanzar buscando las zonas más secas; Ivor pasó de una piedra a otra y Dora lo siguió. Una pequeña poza ocupaba parte del camino: Ivor la saltó, Dora tomó impulso y cayó al otro lado.

—Esto parece un juego —dijo Ivor.

—No lo conviertas en uno.

—Podríamos ir contando los saltos.

—No.

Siguieron avanzando. El sótano resultó más grande de lo que habían imaginado desde la puerta; las linternas no alcanzaban las paredes opuestas y cada sonido adquiría allí abajo una dimensión propia: un golpe seco en algún sitio, un roce, un crujido largo de madera que estaba haciendo lo que hace la madera desde hace cien años.

Dora se paraba cada vez. Ivor también. Esperaban. No pasaba nada.

—¿Has oído eso?

—Sí.

—¿Qué era?

—No lo sé.

Continuaron.

Un ruido bastante más fuerte llegó entonces desde arriba y los dos levantaron la cabeza a la vez.

Varios pájaros acababan de entrar por una abertura alta, huyendo de la lluvia.

Batieron las alas con nerviosismo dentro de aquel espacio que multiplicaba todo, y uno pasó por encima de Dora tan cerca que ella notó el aire.

Soltó un grito y se agachó con las dos manos en la cabeza.

Ivor se echó a reír.

—¡No te rías!

—Creía que la valiente eras tú.

—Lo soy.

—Ya lo veo.

Otro pájaro pasó rozando el haz de la linterna y se metió en la parte más oscura; el ruido de las alas se quedó unos segundos rebotando por el techo y después desapareció, como si se hubiera ido apagando solo.

Dora se incorporó y se recolocó el abrigo con toda la dignidad que pudo reunir.

—Muy gracioso.

Ivor dejó de reírse.

—Ellos también estaban asustados.

—Eso espero.

Avanzaron unos metros más y entonces la linterna de Dora encontró algo en la pared.

—Mira.

No eran letras ni dibujos. Eran marcas, trazadas sobre la piedra con algo duro y con bastante fuerza, porque seguían ahí después de todo aquel tiempo y de toda aquella humedad.

Ivor se inclinó.

—¿Qué significan?

—No lo sé.

Había tres marcas alineadas en vertical y, un poco más abajo y separada, una cuarta.

Dora comparó la posición con el plano, acercando el papel a la luz y protegiéndolo con el cuerpo.

—Aquí no salen.

—¿Serán nuevas?

—No. Mira la piedra alrededor: está igual de gastada dentro de la marca que fuera. Si las hubieran hecho hace poco, el corte sería más claro.

Continuaron. La humedad aumentaba y, en un tramo, el agua cubría casi todo el suelo; tuvieron que avanzar por un borde estrecho de piedra. Dora se apoyó contra el muro y una gota cayó directamente sobre su cabeza.

—¡Ah!

Ivor se volvió.

—¿Te mojaste?

—Sí.

Él sonrió.

—Ahora ya eres parte del sitio.

—Sigue andando.

El pasillo terminó de repente y delante apareció un espacio mucho más amplio: no parecía una habitación, era una especie de cruce desde el que partían tres escaleras: una descendía ligeramente antes de perderse hacia la izquierda; otra se abría directamente frente a ellos y ascendía en línea recta; la tercera partía hacia la derecha. Ivor abrió los ojos:

—Tres.

Dora sacó el plano y lo abrió sobre el suelo seco, sujetándolo por las esquinas con la linterna y con la rodilla.

—Exactamente tres.

Iluminó las paredes del cruce y comparó la distribución con el dibujo antiguo, girando el papel dos veces hasta que las orientaciones coincidieron.

—Aquí es donde tendría que estar el acceso de servicio.

Ivor señaló la escalera de la izquierda.

—¿Esa?

Dora siguió las líneas con el dedo.

—No creo. Esa baja, y el acceso estaba a nivel de tierra.

Desplazó la luz hacia la derecha.

—Y esa tampoco cuadra. Sale demasiado abierta.

Quedaba la del centro: la más estrecha, la que subía recta.

—Tiene que ser esta.

Ivor sonrió.

—Entonces vamos.

Dora dobló el plano y se lo volvió a guardar dentro del abrigo.

—Sí.

Empezaron a subir.

Los primeros escalones estaban cubiertos de polvo y humedad; en algunos lugares pequeñas raíces habían penetrado por las juntas de la piedra.

Ivor iba detrás de Dora. La escalera se estrechaba a medida que ascendían y ya no podían caminar uno al lado del otro; Dora avanzaba primero y su linterna iluminaba un tramo reducido de pared cada vez.

Escucharon otro ruido; esta vez sonó como algo golpeando madera y los dos se detuvieron.

—¿Otra vez? —susurró Ivor.

Dora levantó la linterna y no había nada:

—Debe de ser el agua.

Siguieron subiendo; a medida que ascendían, el aire cambiaba, pues había menos humedad. Levantó la vista.

Arriba, al final del tramo, había una puerta.

—Ahí está.

Ivor soltó el aire.

—Lo hemos conseguido.

—Todavía no.

Subieron unos escalones más y la puerta se fue acercando: madera oscura, muy marcada por los años, con un herraje ancho en el centro. No parecía que la hubiera usado nadie en mucho tiempo.

Ivor avanzó, adelantándose por el lado.

Dora levantó la linterna hacia el marco.

—Espera.

El chico se paró en seco.

Había algo que no encajaba. La sombra bajo la puerta era distinta —demasiado profunda—, y el tramo final estaba más oscuro de lo que le correspondía estando la luz tan cerca.

Dora dio un paso. Luego otro.

Y vio el borde.

—¡Cuidado!

Agarró a Ivor por la cintura y tiró de él hacia atrás. El chico perdió el equilibrio y chocó de espaldas contra la pared.

—¿Qué pasa?

Dora dirigió la luz hacia delante, con la mano temblándole tanto que el haz se movía.

La escalera había desaparecido.

No faltaba un peldaño. Faltaban varios. Un agujero enorme atravesaba la estructura y ocupaba casi todo el tramo que llevaba hasta la puerta; el suelo había cedido por el centro y solo quedaban unos bordes irregulares de piedra alrededor de la abertura, algunos de un palmo, otros de menos.

Debajo no se veía nada.

Ivor se quedó completamente inmóvil.

—No lo había visto.

—Yo casi tampoco.

Dora se acercó con cuidado hasta el borde; la luz descendió varios metros antes de perderse en la oscuridad.

—No podemos saltarlo.

Ivor miró la puerta; estaba muy cerca.

—Está ahí.

—Sí.

—Podríamos usar la cuerda.

—No sabemos dónde termina el agujero.

—Podemos atarla.

—¿A qué?

Ivor recorrió el sitio con la linterna, buscando de verdad: el muro era liso, no había argollas, no había vigas, no había nada. Se le fue apagando la cara mientras miraba.

Dora volvió a iluminar el vacío. Una piedrecilla se desprendió del borde por su propio peso y cayó.

Los dos se quedaron escuchando.

No oyeron el golpe.

Ivor retrocedió un paso.

—Es muy profundo.

—Sí.

La puerta seguía allí, cerrada, tan cerca que podrían haberle tirado algo. Y no había ninguna manera razonable de llegar hasta ella.

Dora bajó la linterna y respiró hondo dos veces, para que no se le notara en la voz.

—Tenemos que volver.

Ivor no apartaba los ojos de la puerta.

—No hemos venido hasta aquí para volver.

—Tampoco hemos venido para caernos.

El muchacho no discutió. Durante unos momentos permanecieron frente al agujero, escuchando únicamente el agua que caía desde alguna parte del sótano. Ploc, ploc, ploc.

Dora volvió la mirada hacia las otras dos escaleras.

—Tenemos que encontrar otra.

Ivor siguió su mirada:

—La del medio parecía la correcta.

—Lo era.

—Pero no podemos pasar.

—No.

—Entonces una de las otras debe llevar a la misma zona.

Dora lo miró. A veces aquel chico decía cosas que le costaba creer que salieran de alguien de doce años, y después se asustaba de un ratón.

—Eso vamos a averiguar.

Ivor guardó silencio. Empezaron a bajar, y esta vez lo hicieron mucho más despacio, probando cada escalón con el pie antes de cargarlo.

Cuando volvieron al cruce, Dora se detuvo.

Las tres escaleras ya no le parecían lo mismo que un cuarto de hora antes. Habían dejado de ser tres caminos dentro de una construcción vieja. Eran tres posibilidades, y una de ellas acababa de descartarse.

Ivor iluminó la escalera de la derecha:

—¿Probamos esa?

Dora miró primero la derecha y después la izquierda:

—Primero esta.

Señaló la escalera de la derecha e Ivor sonrió:

—Sabía que dirías eso.

Dora tomó aire:

—Vamos a ver adónde lleva.

Empezaron a subir por la de la derecha.

Detrás de ellos, la escalera central permanecía en la oscuridad y, en algún punto por encima de sus cabezas, la puerta cerrada seguía esperando.