Capítulo 22 El segundo viaje
Edwin pasó buena parte de la mañana junto a la ventana.
La fiebre había disminuido, pero seguía congestionado y la pierna le dolía cuando apoyaba demasiado peso; la lluvia de los días anteriores había dejado Rookmere húmedo y gris, aunque hacia el mediodía las nubes comenzaron a abrirse y una claridad tenue entró en la habitación.
Dora apareció con el plano bajo el brazo.
—Ivor está abajo.
—¿Ya?
—Lleva un rato. Ha desayunado dos veces.
—Entonces dile que suba.
Ivor apareció poco después: llevaba una pequeña mochila colgada de un hombro y una expresión que intentaba ser seria, aunque el entusiasmo se le escapaba por los ojos. Edwin señaló la mochila:
—¿Qué llevas ahí?
—Cosas.
—¿Cuáles?
—Una libreta, un lápiz, comida y una cuerda.
Edwin lo miró:
—¿Una cuerda?
—Por si hace falta.
Dora intervino:
—La dejó preparada anoche.
—La dejó preparada anoche —dijo Dora—. Y enrollada. Y atada con un nudo.
—Esto no es una expedición para bajar a un sótano.
—Quien sabe lo que encontremos ahí abajo.
—Eso no mejora mucho la situación.
Ivor dejó la mochila sobre una silla:
—¿Ya puedes andar?
Edwin se puso de pie con cuidado. Avanzó hasta la ventana y volvió. El movimiento seguía siendo lento y desigual, pero esta vez no tuvo que pararse a mitad de camino ni agarrarse a nada.
Dora lo observó.
—Mejor.
—Sí. Pero no estoy para subir una cuesta con barro, y menos para bajarla después.
Volvió a sentarse en el borde de la cama y se quedó un momento con las manos sobre las rodillas, mirándolas.
—Iréis vosotros.
Dora no pareció convencida.
—No vamos a dejarte solo.
—Hay gente abajo y la dueña sabe que estoy aquí; además, vosotros podéis hacer algo que yo ahora mismo no puedo.
—Podemos esperar dos días.
—Podemos. Y en dos días tendremos que empezar a pensar en el viaje de vuelta, y entonces no habremos entrado y no habremos esperado: habremos perdido dos días.
Ivor cogió el plano de la mesa.
—Entonces hay que prepararse.
—Antes quiero explicaros una cosa.
Dora lo entendió enseguida.
—El código.
Edwin asintió.
Alargó la mano hacia la mesa, cogió una hoja suelta y el lápiz de Ivor, y escribió tres números, separados, uno al lado del otro. Después giró la hoja hacia ellos.
Dora la leyó y levantó la cabeza.
—¿Eso es todo?
—Para nosotros era suficiente.
—Son tres números.
—Son tres números y una frase que sirve para acordarse de ellos —dijo Edwin—.
Elias y yo teníamos una manera de decirnos dónde había que buscar sin decirlo delante de nadie.
Se contaba siempre igual: la hilera, la piedra y las juntas.
Tercera hilera. Cuarta piedra contando desde el ladrillo partido. Y nueve juntas hasta el hueco.
Ivor lo entendió antes que Dora.
—El escondite del muro.
—Ese mismo.
—Pero tú lo encontraste tocando.
—Lo encontré tocando porque las manos se acordaban antes que yo. —Edwin señaló la hoja—. Si me hubieras dado esto el primer día, habría tardado cinco minutos en vez de media hora. Elias me lo mandó en el sobre porque sabía perfectamente que yo no me acordaría.
Dora miró los números otra vez y después a su padre.
—El sobre no decía nada de esto. El sobre hablaba del segundo piso.
—Sí.
—Entonces la frase del sobre y estos números son la misma cosa.
—Son el mismo sistema —dijo Edwin—. Tu tío no sabía dónde estaba el escondite, porque el escondite lo elegí yo. Lo que sabía era cómo lo contábamos. Y le bastó con recordarme que allí arriba se cuenta igual.
Dora se quedó un momento sin decir nada, con la hoja entre los dedos, y por primera vez entendió por qué aquel papel iba lacrado.
—Voy a copiarlos.
—No.
Ella levantó la vista:
—¿Por qué?
—Porque quiero que lo recuerdes tú.
Dora sostuvo la hoja.
—Precisamente por eso quiero anotarlos. —Dora no bajó la hoja—. Si me los aprendo de memoria y me caigo por una escalera, se pierden. Si están escritos y me caigo por una escalera, alguien los lee.
Edwin la observó unos segundos y cedió.
—Entonces guárdala bien. Y no la lleves en el mismo sitio que el plano.
Dora copió la frase en su libreta y la revisó una segunda vez:
—La tengo.
Edwin miró a Ivor:
—Y tú también vas a tener que sabértelos.
Ivor los repitió en voz baja, una vez y otra, y a la tercera cerró los ojos.
—Ya.
—Dímelos.
Ivor se los dijo.
—Otra vez, y al revés.
Ivor se los dijo al revés.
Edwin se permitió media sonrisa.
—Bien.
Sobre la mesa reunieron lo demás: una segunda linterna eléctrica que habían comprado aquella mañana en la ferretería, un paquete de cerillas envuelto en papel encerado, una navaja, unas vendas, algo de comida y dos botellas de agua.
Edwin quiso añadir una palanqueta pequeña que había visto en la misma tienda y Dora lo paró.
—No podemos cargar media ferretería.
—Si os encontráis una puerta cerrada...
—Encontraremos otra solución.
Ivor levantó la cuerda.
—Esto sí.
—Eso sí —concedió Dora.
Guardaron el resto en un bolso de viaje pequeño y en la mochila del chico. En un momento de descuido, Edwin metió un objeto en la mochila por si algo no resultaba, ninguno de los dos muchachos lo notó.
El plan cabía en dos frases: volver a la torre, encontrar el acceso que aparecía en el plano y comprobar adónde llevaba.
Y aun así, ninguno de los tres lo tomaba por una excursión.
Habían llegado a Rookmere buscando una respuesta; ahora tenían un plano antiguo, un código de infancia, una entrada oculta y una torre donde los nombres de Maurice Ellery y Samuel Vey permanecían grabados en las paredes, mientras el tiempo seguía avanzando y el pasaje de regreso se acercaba.
Dora cerró el bolso.
—Vamos.
Edwin no se movió de la cama.
—No voy con vosotros.
—Ya lo sabemos.
—Y no quiero que hagáis más de lo necesario.
Ivor se colgó la mochila.
—Eso dependerá de lo que encontremos.
Edwin levantó una ceja.
—Por eso precisamente te lo digo a ti y no a ella.
Bajaron juntos hasta el rellano. Edwin los acompañó hasta allí y se quedó de pie, con una mano en la baranda, viéndolos bajar. Dora se volvió a mitad de la escalera y lo encontró exactamente así, y comprendió que para su padre quedarse era bastante peor que la pierna.
La dueña de la hostería los vio prepararse junto a la puerta.
—¿Otra vez a la torre?
—Sí.
La mujer salió al escalón y miró el cielo, que se había vuelto a cerrar por el norte.
—Hoy el tiempo va a empeorar.
—Volveremos antes.
—Eso espero.
No añadió nada más.
Afuera el aire estaba más frío que el día anterior, aunque la lluvia había cedido por el momento.
En la calle principal encontraron un automóvil parado con el motor apagado y un hombre dentro, de mediana edad, con un abrigo oscuro y una gorra que había conocido varios inviernos. Dora se acercó a la ventanilla.
—Buenos días. ¿Puede llevarnos?
—¿Adónde?
—A Rookmere Tower.
La cara del hombre cambió antes de que ella terminara la frase.
—¿A la torre?
—Sí.
—No.
Dora pensó que no la había entendido bien.
—¿Perdone?
—Que no llevo pasajeros a ese camino.
—Solo necesitamos que nos acerque. Podemos bajarnos en la explanada.
—Puedo llevarlos a cualquier sitio del pueblo. A ese camino, no.
—¿Por qué?
El hombre miró hacia donde la carretera se metía entre los árboles y tardó un momento en contestar.
—Porque no me interesa.
—Estuvimos allí anteayer.
—Entonces ya saben ir.
Ivor se adelantó.
—Le pagamos más.
—No es cuestión de dinero, chaval.
Dora cerró la puerta:
—Increíble.
El coche arrancó y se fue calle abajo sin prisa, lo cual todavía la molestó más.
Ivor, que se había quedado mirando hacia el otro lado de la calle, le tocó el brazo.
—Dora. Mira.
A cierta distancia, junto a una pared baja, había un niño: estaba quieto y los observaba; Dora lo vio con claridad.
No parecía tener más de diez años; llevaba una chaqueta demasiado grande y el cabello oscuro, desordenado por la humedad; no estaba jugando, solo los miraba.
Ivor dio un paso hacia él y el niño retrocedió.
Dora levantó una mano.
—Espera.
El muchacho permaneció inmóvil unos segundos más; entonces fijó los ojos en Ivor y salió corriendo.
—¡Oye! —gritó Ivor.
El niño dobló la esquina y desapareció; Ivor comenzó a avanzar, pero Dora lo sujetó del brazo:
—Déjalo.
—Nos estaba mirando.
—Ya lo sé.
—¿Por qué?
Dora miró la esquina vacía, donde ya no había nada.
—No tengo ni idea.
Ivor se quedó pensando, con el ceño apretado.
—Sabía quiénes éramos.
—Eso no lo sabemos.
—Entonces, ¿por qué ha salido corriendo?
Dora levantó la vista hacia las nubes:
—Puede que se haya asustado. Hay niños que se asustan.
Ivor no pareció convencido.
Un segundo automóvil paró unos minutos después. El conductor era bastante mayor que el anterior, con las manos manchadas y una bufanda metida por dentro del abrigo. Escuchó el destino y puso la misma cara de duda, aunque no llegó a negarse.
—¿La torre?
—Sí.
Miró el cielo por encima del parabrisas.
—Puedo llevarlos.
Dora soltó el aire que llevaba un rato conteniendo.
—Gracias.
—Pero no espero.
—¿Por qué no?
—Porque está volviendo a llover y no quiero quedarme allí arriba con el coche parado en ese barro. —Una gota golpeó el cristal, y otra—. Si quieren volver al pueblo, tendrán que buscarse otro transporte.
Dora miró a Ivor. Ivor se encogió de hombros.
—Nos parece bien.
—Entonces suban.
El trayecto comenzó y la lluvia aumentó poco a poco: primero fueron gotas aisladas, luego el agua empezó a extenderse por el cristal y el conductor redujo la velocidad. Dora llevaba el mapa abierto sobre las rodillas mientras Ivor revisaba la mochila:
—Linterna.
—Sí.
—Agua.
—Sí.
—Cuerda.
Dora lo miró:
—Sí, capitán.
Ivor sonrió:
—También tengo comida.
—Eso sí es importante.
—¿Y esto? —preguntó Ivor extrañado. —¿Lo pusiste tú en la mochila?
—No, debe haberlo colocado mi papá —respondió Dora—. Le dije que no nos hiciera llevar más de lo necesario.
El chico pareció darse por satisfecho y cerró la mochila.
Las últimas casas de Rookmere quedaron atrás; los árboles fueron cerrando el camino y la torre todavía no aparecía. Dora volvió a leer la frase que Edwin les había dado.
Ahora le parecía distinta; no era una contraseña, era un recuerdo transformado en instrucciones.
En algún momento de su infancia, Edwin y Elias habían aprendido a reconocer aquellos lugares y a esconder allí ciertas cosas; Maurice había confiado en que uno de ellos regresaría algún día, y ahora ellos estaban siguiendo ese rastro.
El automóvil redujo al meterse en el camino estrecho. La lluvia golpeaba con fuerza el techo.
El conductor miró por el espejo.
—Ahí está.
Ivor se incorporó en el asiento. Entre los árboles apareció la parte alta de Rookmere Tower, oscura y brillante de agua.
Dora cerró el mapa y la construcción volvió a ocupar el horizonte. Esta vez no llegaban por curiosidad. Iban a buscar una entrada que quizá nadie había utilizado en muchos años. El conductor disminuyó la velocidad.
—Ya estamos cerca.
Edwin no estaba allí para acompañarlos; la torre se acercaba y, con ella, la parte de la historia que todavía permanecía oculta.