La torre de Rookmere Capítulo 21 El mapa antiguo #2
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Capítulo 21 El mapa antiguo #2

—Hay documentos antiguos. Casi todos del pueblo, no de la torre, pero la torre sale en muchos porque está en medio de todo.

—Se agachó detrás del mostrador y sacó una caja de cartón con las esquinas reforzadas con cinta—.

Tendrán que revisarlos ustedes. Yo hace veinte años que los muevo de sitio y nunca los he leído.

Dora le dio las gracias y abrieron la caja sobre la mesa más larga.

Pasaron más de una hora. Había actas, listados de contribuciones, recortes de prensa local sobre cosas que ya no le importaban a nadie, dos cuadernos con letra apretadísima y varios planos doblados en cuatro, con los pliegues tan gastados que se abrían solos por donde querían.

De Maurice Ellery no encontraron nada. De Samuel Vey, tampoco. De Jeremy Lawson, menos aún.

Y entonces Ivor extendió uno de los planos sobre la mesa y lo alisó con las dos manos.

—Mira esto.

Rookmere aparecía dibujado con muchísimo más detalle que en ningún otro papel que hubieran visto: la plaza, la iglesia, la estación antigua, las calles con sus nombres, las casas una a una, el camino que subía y, al final del camino, la torre.

Dora acercó la cara. En un margen, escrita a mano y casi borrada, había una anotación.

Ivor pasó un dedo por encima, con cuidado, y la tinta perdida apareció un poco más.

—¿Qué dice?

Dora la leyó dos veces antes de decirla en voz alta.

—«Acceso de servicio.»

Se miraron.

—¿Dónde está? —preguntó Ivor.

La encargada se había acercado sin que se dieran cuenta.

—Ese plano es antiguo.

—¿De cuándo?

—No lo sé exactamente. De hace varias décadas, por lo menos. Ahí todavía sale el puente de madera.

—¿Conoce usted ese acceso?

—No.

—¿Sale en otros planos?

La mujer se lo pensó, volvió al mostrador y estuvo un rato revolviendo hasta que trajo otro papel, mucho más pequeño y en peor estado.

Era un dibujo de la torre sola: no mostraba el interior, pero sí los laterales y la parte de atrás, con alturas anotadas al margen en una unidad que Dora no reconoció.

Ivor comparó los dos, con un dedo en cada uno.

—Aquí. —Señaló una zona detrás de la construcción—. Hay algo.

Dora acercó el plano pequeño a la luz de la ventana.

—Parece una puerta.

—Sí.

—Pero nosotros encontramos una entrada en el lateral.

Ivor negó con la cabeza, muy seguro.

—No es la misma.

La diferencia era pequeña, pero evidente al comparar ambos dibujos: en el plano antiguo, el acceso estaba desplazado unos metros y parecía comunicar con una estructura más baja, adosada, que en el plano grande aparecía dibujada con línea discontinua.

Dora sintió que el pulso se le aceleraba:

—¿Y eso qué podría ser?

La mujer de la biblioteca se encogió de hombros:

—Quizá un antiguo acceso de mantenimiento.

—¿Sigue existiendo?

—No lo sé.

Ivor miró a Dora:

—Tenemos que comprobarlo.

Dora dobló cuidadosamente el plano:

—Primero se lo enseñamos a mi padre. —Levantó la vista hacia la mujer—. ¿Podemos llevárnoslos?

—El grande no. El pequeño, si me lo devuelven antes del sábado, sí.

Agradecieron la ayuda y salieron; el cielo había comenzado a aclararse.

Mientras regresaban a la hostería, Dora ordenó mentalmente lo que habían averiguado: la torre había sido cerrada deliberadamente; el motivo conocido era protegerla de visitantes y daños; el cartel de prohibición desapareció años después; nadie sabía quién lo había retirado; la responsabilidad sobre la torre había pasado de unas manos a otras y actualmente nadie parecía saber con exactitud quién estaba a cargo; el pueblo, sin embargo, seguía considerándola un símbolo, y existía al menos un antiguo acceso que ya no figuraba en las rutas conocidas.

Cuando entraron en la hostería, Edwin estaba despierto; parecía cansado, pero más despejado.

—¿Qué encontraron?

Dora dejó el mapa sobre la mesa:

—Mucho.

Ivor lo extendió y Edwin se incorporó con dificultad.

—Explicadme.

Dora señaló primero la torre.

—La cerraron a propósito. No por peligro, no porque se estuviera cayendo. Para protegerla de la gente.

—Eso tiene sentido.

—Y el cartel que prohibía la entrada desapareció hace años.

Edwin frunció el ceño.

—¿Quién lo quitó?

—Nadie lo sabe. Nadie lo vio. Nadie recuerda cuándo.

—Eso no es nadie —dijo Edwin—. Eso es alguien que eligió bien el día.

Ivor señaló el plano.

—Hay más.

Edwin acercó el papel a la luz de la ventana.

—Encontramos un acceso de servicio que no conocíamos —dijo Dora—. Está ahí, en el margen.

Edwin siguió la anotación con la vista y su expresión cambió.

—Esto no lo recuerdo.

—¿Nada?

—Nada. —Se quedó mirando el dibujo—. Y no es que se me haya olvidado. Es que no lo vi nunca. Elias y yo rodeábamos la torre por el lado del camino y volvíamos por el mismo sitio. Por detrás no íbamos.

—¿Por qué no?

Edwin tardó.

—Porque por detrás no se veía el camino. Y si no se ve el camino, no ves venir a nadie. —Levantó la vista—. Éramos dos críos de un sitio donde te podían echar de cualquier parte. Eso se aprende sin que nadie te lo enseñe.

Dora se quedó callada un momento. Empezaba a entender que casi todos los recuerdos de su padre venían con una explicación así debajo.

—¿Está cerca de la puerta que encontramos ayer? —preguntó él.

Ivor negó.

—No. Está desplazada. Y da a otra cosa, no al muro.

Edwin pasó el dedo por la línea discontinua.

—Entonces puede llevar a una parte distinta.

—Eso pensamos.

—Y puede llevar hacia abajo.

Dora se acordó de la escalera del sótano y del aire frío que salía por la rendija.

—¿Hacia el sótano?

—No necesariamente. Pero si hay algo debajo, y si esa escalera baja, las dos cosas tienen que encontrarse en alguna parte. —Edwin tosió, dos veces, y la segunda le dobló el cuerpo—. Una torre no tiene tantos sitios donde esconder un pasillo.

Dora esperó a que se recuperara.

—No puedes ir mañana.

—No he dicho que vaya.

—Lo estabas pensando.

—Pensarlo es gratis.

—Contigo nunca lo es.

Edwin se apoyó otra vez en la almohada y no discutió, que era su manera de darle la razón.

Ivor cogió el plano y lo giró hacia sí.

—Mientras tanto podemos estudiar esto.

—Sí. Estúdialo tú, que ves cosas.

El chico se llevó el papel a la mesa, encendió la lámpara aunque todavía había luz y se quedó allí, con la barbilla apoyada en los brazos.

Dora miró el reloj: el día avanzaba y el pasaje de regreso se acercaba; no podían permanecer indefinidamente en Rookmere, pero tampoco podían regresar todavía. La torre había comenzado a entregarles pequeñas respuestas, y cada una abría una pregunta nueva. Dora dobló el mapa con cuidado:

—Cuando puedas caminar, regresaremos.

Edwin la miró:

—No quiero que corráis riesgos.

—Ya estamos aquí.

Ivor levantó la cabeza:

—Y ahora sabemos dónde buscar.

Edwin dejó escapar una risa que se le quedó a medias en la tos.

—Eso siempre es más fácil de decir que de hacer.

Dora guardó el plano. En el exterior, las campanas de la iglesia marcaron la hora y Rookmere continuó con su vida; dentro de la hostería, en cambio, la siguiente visita a la torre ya había comenzado a tomar forma.

Esta vez no iban a ir a ciegas.