Capítulo 21 El mapa antiguo
El tiempo cambió durante la noche. La lluvia había dejado de golpear los cristales, pero el frío había ganado terreno en la habitación.
Edwin despertó antes que los otros y tardó unos instantes en comprender que no era solamente la pierna lo que le molestaba: tenía la garganta áspera y la cabeza pesada Cuando intentó incorporarse, un escalofrío le recorrió la espalda entera y tuvo que volver a recostarse.
Dora abrió los ojos:
—¿Te sientes peor?
—No.
La respuesta salió más débil de lo que él pretendía. Ella se levantó, cruzó la habitación descalza y le puso la mano en la frente.
—Estás caliente.
—Hace frío.
—Eso no explica que estés así.
Ivor empezó a moverse en la otra cama.
—¿Qué pasa?
—Nada —dijo Edwin.
Dora lo miró:
—Tienes un resfriado.
Edwin intentó quitarle importancia:
—He tenido cosas peores.
—No puedes seguir forzándote.
—Tampoco pienso quedarme aquí para siempre.
Una tos seca le partió la frase por la mitad. Ivor terminó de incorporarse y se quedó sentado en el borde de la cama, con los pies colgando.
—Deberíamos quedarnos otro día.
Edwin lo miró:
—Eso es precisamente lo que estoy intentando evitar.
Dora abrió un poco la ventana, pero el aire frio entró de inmediato y tuvo que cerrarla.
—Hace más frío que ayer.
—Rookmere ha decidido recibirnos bien —dijo Edwin.
Dora no encontró la broma especialmente graciosa.
Dora no le encontró la gracia, y se lo dejó claro sin decir nada.
Abajo, la hostería empezaba a despertarse: cubiertos, pasos, una puerta de servicio, dos voces que discutían amistosamente sobre algo relacionado con la leña.
Al otro lado de la ventana, los tejados estaban oscuros de humedad y una neblina baja se había quedado enganchada en la parte de abajo de la calle, donde la plaza hacía pendiente.
Edwin cerró los ojos.
—Id vosotros.
—¿Adónde?
—A desayunar. Y después, a averiguar algo. Ayer nos dijeron dónde había que preguntar y todavía no lo hemos hecho.
—¿Mientras tú te quedas aquí?
—No necesito que me cuiden cada minuto.
Ivor sonrió:
—Eso es lo que diría alguien que quiere que lo cuiden.
Edwin abrió un ojo:
—Y eso es lo que diría alguien que todavía no ha cumplido trece años.
Ivor soltó una risa y la tensión de la habitación disminuyó.
Bajaron a desayunar un rato después. La mujer de la hostería les sirvió pan, huevos y café en una mesa junto a la chimenea, que estaba encendida desde primera hora, y preguntó por Edwin.
—Tiene un resfriado, además de la pierna —explicó Dora.
La mujer hizo una pequeña mueca:
—El clima cambia rápido por aquí.
—Ya lo hemos notado.
—Y vienen ustedes de Alemania.
—Sí.
—Peor. —Dejó la cesta del pan en el centro de la mesa—. Del sur de Alemania viene la gente muy convencida de que sabe lo que es el frío. Y luego llega aquí y descubre que el nuestro es distinto: no baja tanto, pero se mete dentro.
Dora se sirvió café.
—¿Cuánto suele durar?
—Un resfriado, tres días. Una pierna, lo que quiera la pierna. —La mujer se secó las manos en el delantal—. Iba a preguntarles una cosa. ¿Van a tener que marcharse pronto?
Dora levantó la vista.
—Tenemos el pasaje de vuelta. Pero todavía no es inmediato.
—¿Cuántos días?
—Unos cuantos. No muchos.
—Entonces les dejo las habitaciones hasta que ustedes me digan.
—No sabemos cuánto será.
—Por eso se lo digo. —La mujer recogió una taza vacía de otra mesa—. Si tuviera la casa llena, tendríamos que hablarlo. Pero este mes no se ha llenado todavía, y prefiero tres habitaciones ocupadas por gente que sube la escalera despacio que tres habitaciones vacías.
Dora tardó un momento en darse cuenta de que acababan de resolverle un problema.
—Gracias.
—No hay de qué. Y avísenme si al señor le sube más la fiebre.
Se fue hacia la cocina.
Ivor partió el pan por la mitad.
—Es simpática.
—Es práctica. Que es mucho mejor.
La posibilidad de permanecer en Rookmere un tiempo más resolvía una preocupación inmediata: Edwin podía descansar y ellos no tendrían que decidir todavía cómo regresar, pero el pasaje de vuelta seguía acercándose.
Cuando terminaron, Edwin volvió a subir apoyándose en la baranda, un escalón cada vez, y Dora e Ivor salieron al pueblo.
Rookmere parecía distinto bajo la luz fría de la mañana. Un carro descargaba sacos frente a una tienda, un hombre barría la entrada de su negocio y, en la plaza, dos mujeres conversaban junto a un banco mientras un niño perseguía una pelota. Dora caminaba despacio.
—¿Por dónde empezamos?
Ivor llevaba las manos en los bolsillos.
—Por la gente.
—Eso es muy general.
—Podemos preguntar por la torre.
—¿A quién?
Ivor observó las fachadas, una por una, con verdadera atención.
—A quien parezca que lleva aquí mucho tiempo.
—Muy científico.
—Funciona.
Entraron en una pequeña tienda donde vendían alimentos, herramientas y artículos para la casa; el propietario era un hombre delgado, de cabello completamente blanco y las manos de alguien que ha cargado cajas toda la vida. Dora esperó a que terminara de atender a una mujer antes de acercarse.
—Perdone. ¿Podría preguntarle una cosa sobre la torre?
El hombre levantó la vista.
—¿Rookmere Tower?
—Sí.
—¿Por qué?
—Estuvimos allí ayer.
El hombre dejó una bolsa sobre el mostrador y la alisó con la palma.
—Ah.
—Nos habían dicho que está cerrada.
—Lo está.
—¿Desde cuándo?
—Desde hace mucho.
—¿Por qué?
—Para protegerla.
—¿De qué?
—De la gente.
Ivor se adelantó medio paso.
—¿De nosotros?
El anciano sonrió.
—De todos.
—¿De turistas?
—Turistas, curiosos y muchachos con demasiado tiempo libre.
—Apoyó los antebrazos en el mostrador—. Hubo una época en que subía gente todas las semanas.
Querían entrar, querían subir arriba, querían llevarse un trozo de piedra, querían escribir su nombre en algún sitio.
Todo el mundo quiere dejar el nombre en algún sitio.
Dora se quedó muy quieta al oír aquello, aunque el hombre no podía saber por qué.
—¿Y entonces la cerraron?
—Eso tengo entendido.
—¿Quién?
—No sabría decirle.
—¿Y cómo la cerraron?
—Bloquearon los accesos.
—¿Todos?
El hombre la miró un momento.
—Los que conocían.
Dora e Ivor se miraron.
—¿Había algún cartel? —preguntó ella.
—Uno grande. Al lado de la verja.
—¿Qué decía?
—Lo que dicen todos. Prohibida la entrada.
—¿Todavía está?
El anciano negó con la cabeza.
—Desapareció hace años.
Ivor levantó una ceja.
—Alguien tuvo que quitarlo.
—Eso parece.
—¿Y nadie sabe quién?
—Nadie que yo conozca.
—¿Ha entrado alguien desde entonces? —preguntó Dora.
—Que yo sepa, no.
—¿Seguro?
—Seguro no puedo estar. —El hombre se encogió de hombros—. Pero en un pueblo como este la gente acaba enterándose de todo. A veces tarda quince años, pero se entera.
Ivor miró a Dora.
—Nosotros entramos.
El anciano soltó una risa breve y sincera.
—Entonces ya han hecho algo que casi nadie hace en esta comarca.
Dora aprovechó que estaba de buen humor.
—¿De quién es la torre?
La cara del hombre cambió un poco.
—Eso es más complicado.
—¿No tiene dueño?
—Claro que tiene dueño. Todo tiene dueño.
—¿Quién?
—Ha ido cambiando. Propietarios, administradores, encargados. No siempre ha sido el mismo.
—¿Y ahora?
—Ahora no lo sé.
—¿Nadie lo sabe?
—En el pueblo sabemos que alguien tiene que hacerse cargo, porque los tejados no se arreglan solos y ese se ha arreglado alguna vez. Lo que no sabemos es quién es hoy.
Ivor frunció el ceño.
—¿Y no os importa?
El hombre miró hacia la ventana, hacia donde la calle subía.
—La torre es del pueblo aunque legalmente no sea nuestra.
—¿Por qué?
—Porque cuando alguien vuelve a Rookmere después de veinte años, lo primero que busca es la torre. Antes que su propia casa. —Recolocó la bolsa del mostrador—. Eso la hace nuestra bastante más que un papel.
Dora dudó antes de la última pregunta.
—Nos han dicho que si buscábamos nombres antiguos preguntáramos a los más mayores. A los que ya no bajan a la plaza.
El hombre la miró con otro interés.
—¿Se lo ha dicho Hobbs?
—Sí.
—Tiene razón Hobbs, aunque no le dé la razón usted delante de él, que se crece. —Se lo pensó un momento—. Hay uno. Vive al final del camino de arriba, en la casa que tiene el muro caído por el lado del huerto. Pero hoy no vayan.
—¿Por qué?
—Porque lleva dos semanas malo y su hija no deja pasar a nadie. Y hace bien.
—¿Y otro día?
—Otro día, pregunten en la puerta y digan que van de mi parte. No prometo nada.
Dora le dio las gracias de verdad.
Salieron. Ivor anduvo unos pasos antes de hablar.
—Es el primero que nos manda a alguien.
—Sí.
—Y el primero al que no podemos ir.
—También.
Siguieron caminando. En una herrería preguntaron lo mismo y allí la historia era ligeramente diferente, pero no contradecía la anterior; el herrero recordaba haber oído que la torre fue cerrada después de que un grupo de visitantes dañara parte de una pared interior, aunque no sabía en qué año había ocurrido.
Más tarde, una mujer que llevaba décadas viviendo en Rookmere contó que su padre hablaba de las mismas medidas de seguridad y aseguraba que la torre permanecía cerrada desde entonces.
En una tienda donde vendían periódicos, tabaco y postales, un hombre les enseñó un plano viejo del pueblo colgado en la pared y les explicó que la torre aparecía en algunos mapas antiguos con rutas para visitantes que hacía décadas que no existían.
Nadie sabía qué había pasado después. Pero todos coincidían en una cosa, y esa cosa era la importante: la clausura había sido deliberada.
Dora comenzaba a comprender que la torre no estaba perdida sino que había sido apartada.
A media mañana llegaron a una pequeña biblioteca o sala de lectura vinculada al municipio; era modesta, con estanterías de madera, mesas estrechas y periódicos apilados sobre una mesa larga. Ivor miró los estantes.
—¿Crees que aquí habrá algo?
—Tiene que haberlo.
La mujer encargada, que los había oído entrar y los había estado observando por encima de unas gafas pequeñas, se acercó.
—¿Buscan algo sobre la torre?
—Sí.