La torre de Rookmere Capítulo 20 El pasado
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Capítulo 20 El pasado

Edwin intentó levantarse antes de que comenzara a llover.

Había dormido varias horas y el dolor de la pierna parecía haberse reducido; no quería pasar otro día entero en la habitación de la hostería, menos aún sabiendo que Hobbs podía llevarlos nuevamente hasta la torre.

Se incorporó despacio, apoyó ambos pies en el suelo y esperó; luego se puso de pie.

Dora, que estaba junto a la ventana, se volvió al escuchar el movimiento:

—¿Qué haces?

—Quiero probar.

—Todavía no.

—Solo necesito saber si puedo caminar.

Edwin se apoyó en el respaldo de una silla y avanzó unos pasos; al principio pareció funcionar. Llegó hasta la puerta y regresó, pero en el segundo trayecto el pie derecho cedió ligeramente y tuvo que aferrarse al marco Dora llegó hasta él.

—Ya está bien.

—No me he caído.

—Porque te has sujetado.

Ivor, que hojeaba la revista sentado a la mesa, levantó la cabeza.

—Casi.

—Tú no ayudas.

Ivor cerró la revista.

—Solo estoy diciendo la verdad.

Dora acompañó a Edwin de vuelta a la cama:

—Necesitas descansar.

—No podemos retrasarnos demasiado.

Dora se quedó de pie delante de él.

—¿Por qué?

Edwin no contestó y la pregunta permaneció unos instantes entre ambos.

—¿Por qué tenemos que volver tan pronto? —insistió ella—. Y no me refiero a la torre. Te lo estoy preguntando a ti: ¿qué estás buscando exactamente?

—Ya te lo he explicado.

—No. —Dora no levantó la voz, y por eso salió mejor—.

Me has dicho que hay una promesa. Me has dicho que Maurice quería que viniéramos.

Me has dicho que el tío Elias sabe algo.

Eso no explica por qué un hombre que revisa tres veces una factura antes de firmarla cruza media Europa con su hija y con un crío de doce años para meterse en una torre de la que nadie de este pueblo quiere hablar.

Ivor dejó la revista sobre la mesa.

—Yo tampoco entiendo la mitad de las cosas.

Edwin lo miró.

—Ya lo sé.

—Y no me quejo. Pero mi padre me mandó aquí y todavía no sé a qué.

Aquello, viniendo de Ivor, tuvo un efecto que Dora no habría conseguido en tres días de discusión.

Ella se sentó en la silla, frente a la cama.

—Explícamelo.

Fuera empezaron a caer las primeras gotas, muy espaciadas, tan grandes que se oía cada una en el alféizar antes de que se juntaran todas.

Edwin miró la ventana un rato largo.

—No podemos quedarnos aquí indefinidamente.

—No te estoy pidiendo eso.

—Tengo el regreso marcado. Y tengo que recuperar los días.

—¿Por el trabajo?

—Por el trabajo. Por tu madre, que está sola. Por tu hermano. —Se pasó una mano por la cara—. Porque tengo obligaciones.

—¿Con quién?

Edwin tardó en contestar.

—Con Agnes. —Una pausa—. Con Elias. —Otra, más larga—. Y con Maurice.

Dora frunció el ceño.

—Maurice está muerto.

—Ya lo sé.

—Entonces ya no puedes prometerle nada.

—A él no. —Edwin se quedó mirándose las manos—. Lo que sigue en pie es lo que me prometí yo.

Dora esperó.

Había algo distinto en su padre aquella tarde y no era el cansancio, ni la pierna, ni la lluvia. Era otra cosa: parecía haber llegado por fin al punto en que callar cuesta más trabajo que hablar.

—¿Qué quieres saber? —preguntó él.

Dora casi se quedó sin respuesta, porque no esperaba la pregunta.

—Quiero saber para qué tenemos que entrar en esa torre.

Edwin bajó la mirada.

—Entonces voy a tener que contarte algo sobre Maurice.

—Sí.

Ivor se incorporó en la silla.

—Yo también quiero oírlo.

—Puede que haya cosas que no entiendas.

—Pues me las explicas.

Edwin sonrió apenas.

—Lo intentaré.

La lluvia empezó a golpear los cristales de verdad, ya toda junta, y en la habitación se hizo esa penumbra prestada de las tardes que se adelantan. Nadie encendió la luz.

Edwin cogió aire.

—Maurice nos sacó de donde estábamos.

Dora no se movió.

—Elias y yo éramos muy pequeños cuando apareció.

Nos adoptó. Nos crio. Se hizo cargo de nosotros y nos dio una vida que no habríamos tenido de ninguna otra manera.

—Hablaba despacio y sin énfasis, como quien lee un documento en voz alta para no equivocarse—.

Nos dio una casa, nos mandó a la escuela, nos pagó lo que hizo falta.

Y más adelante decidió mandarnos a Alemania.

Dora tardó un momento en encontrar la voz.

—¿Os adoptó.

—Sí.

—A los dos.

—A los dos.

Ivor se había quedado con la boca entreabierta.

—¿Entonces vosotros no erais alemanes?

—No. Nuestra vida empezó aquí. En este país y bastante cerca de esta habitación.

—¿Y Maurice os conoció aquí?

—Sí.

—¿Cómo?

Edwin se quedó callado.

—Esa parte no nos la explicó nunca del todo.

Dora se inclinó hacia delante en la silla.

—¿Dónde estabais antes de él?

—No lo recuerdo bien.

—¿Nada?

—Algunas cosas. —Edwin cerró los ojos un instante y Dora comprendió que no lo hacía para recordar mejor, sino porque le costaba hacerlo delante de ellos—.

Un edificio. Habitaciones grandes, muchas camas.

Otras personas. Un suelo frío. Recuerdo a Elias conmigo, siempre, y recuerdo que yo era el que le hablaba a él.

Éramos demasiado pequeños para entender lo que estaba pasando, que es lo que a uno le salva a esa edad y lo que le deja luego sin recuerdos.

Dora habló con mucho cuidado.

—¿Era un orfanato?

—No puedo asegurártelo.

—Pero Maurice os sacó de allí.

—Sí.

—Y os adoptó.

—Sí.

Dora se quedó callada.

Detrás de aquellas dos palabras había años enteros que su padre no había mencionado nunca: ni en una comida, ni en una navidad, ni en veinte años de conversaciones en la cocina de su casa.

Pensó en la biblioteca de Friedrichshafen, con los libros ingleses y los alemanes mezclados porque a nadie le había parecido necesario separarlos, y entendió de golpe que aquello no era desorden.

—¿Por qué os mandó a Alemania?

—Quería que tuviéramos otra vida.

—¿Tan distinta tenía que ser?

—Mucho. —Edwin apoyó la cabeza contra la pared—.

Maurice tenía contactos, tenía medios y tenía una idea muy clara de lo que nos esperaba aquí si nos quedábamos.

Un chico sin apellido y sin pasado, en un sitio pequeño, tiene el futuro escrito antes de cumplir los quince.

Allí no nos conocía nadie. Y no conocer a nadie, cuando no tienes de dónde venir, resulta que es una ventaja.

Dora se acordó de la casa donde había crecido: la fachada de ladrillo oscuro, el armario de segunda mano en el pasillo, la mesa que su madre quería cambiar y nunca cambió.

La seguridad de todos aquellos años. El trabajo de su padre, las facturas, los pedidos de septiembre.

La manera ordenada, casi aburrida, en que todo había ido ocurriendo.

Nunca se le había pasado por la cabeza que aquella vida entera fuera el resultado de una decisión tomada por un hombre al que no había visto jamás.

—Entonces Maurice hizo todo eso por ustedes.

—Sí.

—¿Y nunca les pidió nada?

Edwin negó:

—No durante muchos años.

Dora reparó en la frase:

—¿Después sí?

Edwin no respondió.

—Papá.

Él levantó la mirada:

—El día antes de que nos fuéramos nos pidió una cosa. A Elias y a mí. Estábamos los tres de pie, con las maletas hechas.

—¿Qué cosa?

—Nos hizo prometer que, si alguna vez volvíamos a saber de él, volveríamos a Rookmere.

—¿Para encontrarlo?

—No. —Edwin sostuvo la mirada de su hija—.Para descubrir de dónde veníamos.

Ivor dejó la revista.

—¿Nuestro pasado?

—Sí.

Dora sintió que las piezas empezaban a encajar todas a la vez y con demasiada fuerza.

—Entonces Maurice sabía que vosotros no conocíais vuestro origen.

—Eso está claro.

—¿Y sabía dónde estaba la respuesta?

—Creía saberlo.

—¿La torre?

—La torre.

Dora se levantó de la silla sin darse cuenta de que lo hacía.

—El segundo piso.

Edwin asintió despacio.

—Nos dijo que buscáramos allí.

—¿Y te explicó por qué?

—No.

—¿Nunca?

—Nunca de una manera que pudiéramos entender a esa edad.

—Edwin hizo un gesto vago con la mano—. Nos dijo que allí arriba había algo que nos diría quiénes éramos.

Teníamos diecisiete y quince años, teníamos los billetes en el bolsillo y teníamos toda una vida por delante en otro país.

¿Sabes cuánto le duró a un chico de diecisiete años aquella frase?

Dos semanas. A las dos semanas ya estaba aprendiendo alemán.

—¿Y nunca volvisteis?

—Nunca.

—¿Por qué?

Edwin tardó tanto en contestar que Dora llegó a pensar que no iba a hacerlo.

—Porque la condición era volver a saber de él —dijo al fin—. Y no volvimos a saber nada. Durante cuarenta años. Ni una carta, ni un aviso, ni una sola línea. —Se le quebró un poco algo, muy por debajo, y lo tapó enseguida—. Se aseguró de que no pudiéramos volver hasta que él quisiera.

Dora entendió entonces varias cosas a la vez, y la peor fue esta: que su padre llevaba cuarenta años esperando una carta y que la carta había llegado por fin, y venía de un abogado, y decía que el remitente había muerto.

—Papá.

—Estoy bien.

—No he dicho nada.

—Ibas a decirlo.

Ivor se levantó de la silla y se acercó a la cama, y se quedó allí de pie, sin saber qué se hace en esos casos, que es exactamente lo que hay que hacer.

—Entonces la respuesta está arriba —dijo.

—Eso esperamos.

Dora se acercó a la ventana. La plaza se había quedado vacía y el agua caía derecha, sin viento, formando charcos en los sitios donde llevaba años formándolos.

De repente todo el viaje se le reordenó.

La carta del abogado. La cara de Margaret al oír el nombre.

El sobre lacrado de Elias, y su frase de contraseña.

La caja cerrada que su padre no había soltado ni una noche.

Las placas del vestíbulo. Samuel Vey dicho en voz baja dos filas por detrás.

Jeremy Lawson con las fotografías, buscando en el mismo sitio.

Y, encima de todo, algo mucho más pequeño y que hasta aquel momento no había encajado en ninguna parte: su padre pronunciando «West Malling» en un automóvil de alquiler, sin sacar ningún papel y sin dudar en la primera sílaba.

Se volvió.

—Tú sabías adónde ibas desde antes de salir de casa.

Edwin no lo negó.

—Sabía adónde iba desde que tenía quince años.

—Y no nos lo dijiste.

—No.

—¿Por qué no? —Dora dio un paso hacia la cama—. Y no me digas que no era necesario, porque llevas tres semanas diciéndome eso y ya no te sirve.

Edwin la miró y, por una vez, contestó lo que le habían preguntado.

—Porque no sabía cómo se dice.

—¿Cómo se dice el qué?

—Que no sé de dónde vengo. —Lo dijo sin dramatismo, en voz baja, mirándose las manos—.

Llevo cincuenta y tantos años siendo el señor Rennick.

Tengo una casa, una mujer, dos hijos, un trabajo y una firma que vale para pagar facturas.

Y por debajo de todo eso no hay nada, Dora.

No hay un pueblo, ni una madre, ni un apellido.

Hay un edificio con muchas camas y un suelo frío y un hombre que apareció un día y se nos llevó.

Eso no se cuenta en una cena. Y cuanto más tiempo pasa, menos se cuenta.

En la habitación no se oía más que la lluvia.

—Yo no te he preguntado nunca de dónde venías —dijo Dora— porque daba por hecho que lo sabías.

—Ya. Eso es lo que hace todo el mundo. Es lo más descansado del mundo tener un padre.

Dora se sentó en el borde de la cama, al lado de él, cosa que no hacía desde que tenía once años.

—¿Y mamá lo sabe?

—Tu madre lo supo antes de casarse conmigo. Se lo conté en un banco, delante de la estación, y le dije que si quería marcharse lo entendería.

—¿Y qué te dijo?

Edwin sonrió de verdad, por primera vez en varios días.

—Me dijo que hacía frío y que entráramos.

Dora se rio y le salió mal, porque tenía la garganta cerrada.

Ivor, desde el otro lado de la cama, hizo la pregunta que hacía falta.

—¿Y mi padre? ¿Él se acuerda de más cosas?

—Elias era más pequeño que yo. Se acuerda de menos. —Edwin lo miró—. Y durante muchos años decidió que eso era una suerte.

—¿Y ahora?

—Ahora te ha mandado aquí.

Ivor asimiló aquello despacio, y a Dora le pareció que el chico crecía un poco delante de ella.

—Entonces no venimos a buscar un tesoro.

—No.

—Ni dinero.

—No buscamos dinero ni una herencia —dijo Edwin—. Aunque el abogado escribiera como si lo fuera.

Ivor se quedó pensando y después lo dijo él solo, con las manos en los bolsillos.

—Buscamos de dónde venimos.

—Exactamente.

La frase quedó suspendida en la habitación y Dora comprendió que el viaje ya no pertenecía únicamente a Edwin: hasta entonces había pensado que todo aquello era una obligación de su padre, una deuda con un hombre muerto y una promesa heredada de una época que ella no había vivido, pero ahora era otra cosa.

Maurice había cambiado la vida de Edwin y Elias: los había sacado de una situación que ellos mismos apenas recordaban, los había criado y les había dado la posibilidad de construir una existencia que de otro modo quizá nunca habrían tenido, y antes de separarse de ellos les había dejado una última tarea: descubrir quiénes eran.

Ademas, si su padre no sabía de dónde venía, ella tampoco. Aquella pared de placas era también su pared. Aquel edificio con muchas camas y el suelo frío estaba también debajo de su casa de Friedrichshafen, debajo de la mesa del comedor y de la biblioteca con los libros mezclados.

Dora miró a Edwin:

—Entonces tenemos que volver.

El rostro de su padre se relajó ligeramente:

—Cuando pueda caminar.

—Y cuando encontremos cómo pasar los pilares.

Ivor levantó una mano.

—Hay una escalera en el sótano.

—No sabemos adónde lleva.

—Pero está ahí. Y baja. Y el derrumbe está arriba.

Edwin se quedó pensativo.

—Eso lo veremos cuando podamos volver.

Dora se acercó otra vez a la cama.

—Una cosa más. ¿Maurice te habló alguna vez de Samuel Vey?

La expresión de Edwin cambió:

—Te he dicho que no.

—Pero su nombre está en esa pared, a cuatro dedos del suyo.

—Lo sé, lo ví.

—Jeremy también lo conocía.

—Lo sé, lo escuché igual que tú.

—Entonces están relacionados.

Edwin tardó un poco en responder:

—Probablemente.

—¿Y vas a seguir diciéndome que no sabes nada?

Edwin negó.

—No; ahora sé algunas cosas más.

—¿Cuáles?

—Que Samuel Vey estuvo en esa torre. Que Jeremy Lawson sabe quién fue y no quiere decirlo. Y que Maurice no quería que olvidáramos de dónde veníamos.

Dora lo observó.

—Eso sigue siendo muy poco.

—Sí.

—Pero es más que ayer.

—Bastante más.

La lluvia continuó golpeando los cristales mientras Ivor volvía a tomar la revista, aunque su atención ya no estaba en las palabras en inglés.

Edwin permaneció en reposo y durante un rato largo nadie habló, y no hacía falta, porque había cambiado lo único que importaba.

Hasta aquella tarde habían estado cumpliendo una obligación que pertenecía a Edwin. Ahora los tres querían saber lo mismo.

La torre podía contener una respuesta sobre el pasado de los dos hermanos y, ahora, también formaba parte del pasado que ellos mismos habían comenzado a reclamar.

Edwin miró hacia la ventana:

—Cuando vuelva a caminar, regresaremos.

Dora sostuvo su mirada:

—Sí.

Ivor cerró la revista:

—Los tres.

Edwin sonrió:

—Los tres.