Capítulo 19 Jeremy
Jeremy Lawson esperó a que estuvieran los dos sentados. Después apartó la taza unos centímetros y movió el periódico a un lado, como quien despeja un tablero antes de empezar una partida.
—¿Han llegado hoy?
—Ayer.
—¿Y ya conocen la torre?
Dora cruzó una mirada con Ivor.
—Hemos estado allí esta mañana.
Jeremy dejó la taza sobre el plato.
—Rápidos. Esa torre lleva sesenta años esperando y ustedes no han podido aguantar ni una mañana.
—¿La conoce?
—Sí.
—¿Ha entrado?
—No. La he visto suficientes veces.
—¿Usted también ha venido por la torre?
Una sonrisa apenas visible le cruzó la cara.
—No.
—Entonces, ¿qué hace aquí?
—Un asunto personal.
Dora se calló a propósito. Jeremy entendió para qué era el silencio y lo aceptó como se acepta una jugada.
—También familiar —añadió.
—¿Familiar de quién?
—Mío.
La respuesta era tan exacta como inútil: una puerta cerrada con buena cerradura.
Ivor, mientras tanto, tenía la vista puesta debajo de la mesa.
—Es la misma.
Jeremy bajó los ojos.
—¿El qué?
—La cartera del Zeppelin.
—Sí.
Ivor señaló con la barbilla, sin levantar el dedo, el borde de una fotografía que asomaba por la abertura.
—Y esa foto también estaba.
Jeremy la empujó hacia dentro con un dedo, despacio, sin disimular que lo hacía.
—Sí.
Dora no apartó la vista.
—¿Puedo preguntarle por ella?
—Puede.
—¿Por qué la llevaba encima?
—Porque es mía.
—Eso ya lo sé.
—Entonces la pregunta ya tenía respuesta. No todo el mundo tiene esa suerte a la primera.
Dora se inclinó un poco hacia delante.
—Se parece muchísimo a una que tenemos en casa.
Jeremy la miró y no contestó, y en aquel silencio había algo que se parecía bastante a la atención.
—La vi cuando le recogí las cosas del suelo —siguió ella—. No me dio tiempo a mirarla bien.
Ivor levantó una mano.
—Yo sí.
Jeremy se volvió hacia él.
—¿Y qué viste?
—Personas.
—Eso suele salir en las fotografías. Los paisajes salen peor.
Dora estuvo a punto de sonreír y se aguantó.
—¿Siempre contesta así?
—Cuando no conozco a quien pregunta. Y en este pueblo eso me ocupa casi todo el día.
La respuesta fue educada, pero marcaba una distancia clara. Dora pensó en Edwin: si él hubiera estado allí, probablemente habría sabido qué preguntar primero; ella, en cambio, tenía demasiadas preguntas y ninguna manera de decidir cuál podía abrir una puerta. Eligió una:
—¿Conocía usted a Maurice Ellery?
Jeremy dejó de dar vueltas a la cucharilla. El cambio fue pequeño y Dora lo vio entero.
—¿Por qué me pregunta eso?
—Porque su nombre está en la torre.
Jeremy le sostuvo la mirada.
—No sabía que hubieran encontrado eso.
—Entonces conoce el nombre.
—Lo conozco.
—¿Lo conoció en persona?
Jeremy se tomó unos segundos.
—Pregunten lo que quieran. Yo elegiré lo que contesto. Es el único juego que se me da bien.
Dora no insistió enseguida, y fue Ivor quien habló antes que ella.
—¿Y Samuel Vey?
Jeremy se quedó completamente quieto. Durante un instante —Dora lo habría jurado— consideró seriamente levantarse y marcharse.
—¿Quién les ha hablado de ese nombre?
—Lo oí en el Zeppelin —dijo Dora.
Jeremy la miró primero a ella y después al chico.
—Entonces tienen muy buen oído. O alguien fue muy descuidado.
—También lo hemos visto esta mañana. En la pared.
El hombre no contestó, y Dora comprendió que aquella falta de respuesta era, en sí misma, información.
—¿Estaban relacionados?
Jeremy llevó la mirada hacia la ventana. Fuera pasaba un carro cargado de cajas mal atadas; dos niños cruzaron la calle corriendo y una mujer salió de una tienda sacudiéndose el delantal.
—Hay muchas cosas que parecen relacionadas cuando se las mira de lejos y treinta años después.
—¿Qué significa eso?
—Que la memoria no archiva. Amontona. Y después uno se pasa la vida buscando dónde dejó cada cosa.
Dora se quedó quieta. Aquello no sonaba a una evasiva cualquiera. Jeremy no estaba esquivando: estaba midiendo, con bastante cuidado, cuánto podía decir sin soltar algo que prefería guardarse.
Ivor señaló la cartera.
—¿Estaba buscando algo en el Zeppelin?
—No.
—¿Y por qué llevaba las fotografías encima?
—Porque son importantes para mí.
—Mi tío también lleva encima una carta desde Alemania —dijo Ivor—. Y no la enseña.
Jeremy se volvió del todo hacia él, y por primera vez pareció interesado en algo que no fuera controlar la conversación.
—¿Tu tío?
—El padre de ella.
—Ya.
Dora aprovechó el hueco.
—¿Y por qué ha venido usted a Rookmere?
—Por asuntos familiares.
—Eso ya lo ha dicho.
—Entonces ya sabe la respuesta.
Ivor se encogió de hombros.
—No parece una buena respuesta.
Y entonces, por primera vez, Jeremy se rio de verdad, con un sonido corto y sorprendido.
—No lo es. Pero es la única que tengo hoy.
Dora reparó en el cambio: aquel hombre era mucho menos distante cuando hablaba con Ivor. Probó por ahí.
—Esa fotografía también es importante para nosotros.
Jeremy bajó los ojos hacia la cartera.
—Me lo imagino.
—¿Qué aparece en ella?
—Personas.
—Sé reconocer a una persona cuando la veo.
—Entonces ya sabe lo que hay.
Ivor se rio por lo bajo y Dora tuvo que mirarse las manos para no imitarlo.
—¿Qué hay en la torre? —preguntó.
Jeremy tardó.
—Una torre.
—Ya sé eso.
—Entonces sabe bastante. Más que muchos historiadores.
Dora no sonrió esta vez.
—No estoy jugando.
—Yo tampoco. —Jeremy entrelazó las manos sobre la mesa—. ¿Hasta dónde han entrado?
—Muy poco. Hay un derrumbe.
—Eso es mejor.
Dora frunció el ceño.
—¿Mejor?
Jeremy no contestó.
—¿Por qué mejor?
El hombre dejó pasar unos segundos.
—Porque hay sitios que conviene conocer despacio. Esa torre se ha tomado mucho tiempo en guardar lo que guarda. No va a entregarlo de golpe porque alguien entre corriendo.
—¿Usted sabe qué hay dentro?
—He oído historias.
—¿De quién?
—De gente que estuvo. Y de gente que dice que estuvo, que no es lo mismo y suele contarlo mejor.
—¿Y usted?
Jeremy le sostuvo la mirada.
—Yo he leído cosas.
—Eso no quiere decir que sean verdad —dijo Ivor.
—No.
—Entonces no sirven.
—Sirven para saber qué preguntas hacer. —Jeremy se volvió hacia él—. Las mentiras son útiles para eso. Siempre señalan lo que alguien quiso esconder.
Dora miró al chico y después otra vez al hombre. Acababa de conceder algo sin querer, o queriendo: detrás de cada una de aquellas respuestas había más información que dentro.
—La torre está cerrada —dijo ella.
—Hace muchos años.
—Pero nosotros hemos entrado.
—Eso no significa que debieran. —Jeremy volvió a mover la taza un centímetro—. Las puertas viejas se abren para cualquiera. Lo que cuesta es salir.
Dora se quedó callada.
—No podía quedarme arriba preguntándome qué estaba pasando aquí.
Cuando llegó a la mesa, Jeremy se puso de pie.
—Entonces será mejor que no les quite más tiempo.
—Espere.
Jeremy se detuvo.
Edwin lo estudió unos segundos con una atención que a Dora le recordó a la manera en que revisaba una factura: buscando la cifra que no cuadra.
—¿Nos conocemos?
—No personalmente.
—Pero usted estaba en el Zeppelin.
—Sí.
—Y ahora está en Rookmere.
—Sí.
—¿Por qué?
Jeremy se acomodó el abrigo sobre el brazo.
—Por asuntos personales y familiares.
Edwin reconoció la respuesta antes de terminar de oírla.
—Esa frase no vale gran cosa.
—Es la que hay.
—¿Conoce a Maurice Ellery?
—Conozco el nombre.
—¿Y a Samuel Vey?
Esta vez Jeremy levantó los ojos.
—También.
Dora observó a su padre. Era la primera vez en tres semanas que Edwin recibía aquellas dos respuestas seguidas sin intentar llamarlas casualidad.
—¿Qué relación tenían? —preguntó él.
Jeremy negó despacio con la cabeza.
—No creo que me corresponda a mí contarlo.
—¿Y a quién le corresponde?
—A alguien que haya decidido hablar.
—¿Y usted no lo ha decidido?
Jeremy cogió la cartera.
—Hoy no.
Edwin dio medio paso y la pierna se lo cobró.
—La torre está bloqueada por dentro.
—Lo sé.
—Entonces puede que sepa algo que nos ayude.
Jeremy le miró la pierna y después la cara.
—Primero recupérese. La torre no se va a mover.
—No tenemos mucho tiempo.
—Siempre parece que no hay tiempo cuando uno acaba de llegar a un sitio así. —Jeremy se echó el abrigo sobre el hombro—. Después resulta que el tiempo era lo único que había.
Edwin no contestó.
—¿Se va? —preguntó Dora.
—Sí.
—¿Ahora?
—Tengo cosas pendientes.
Ivor señaló la cartera.
—Todavía tiene la fotografía.
Jeremy bajó la vista hacia ella.
—Sí.
—¿Y no nos la va a enseñar?
—No. —Miró al chico un instante más de lo necesario y se le ablandó algo en la voz—. Pero me gusta que preguntes sin rodeos. Es más de lo que hacen los adultos.
Dora se puso de pie.
—¿Volveremos a vernos?
—Es posible.
La respuesta fue distinta a las anteriores: no prometía nada, pero tampoco cerraba la puerta. Jeremy caminó hacia la salida y, antes de atravesarla, se volvió:
—Les voy a dar un consejo.
—¿Cuál? —dijo Edwin.
—No fuercen la torre.
Dora se acordó de los pilares.
—Ya estábamos dentro.
—No me refiero a la entrada.
—¿Entonces a qué?
Jeremy miró hacia la ventana, hacia el lado donde la torre quedaba escondida detrás de los árboles.
—A lo que todavía no han encontrado.
Nadie habló. Jeremy apoyó la mano en el picaporte.
—Por lo que he oído y por lo que he leído, aquella torre se clausuró hace muchos años.
—¿Quién la clausuró? —preguntó Edwin.
—No lo sé.
—¿Y por qué?
Jeremy se detuvo.
—Hay varias historias.
—¿Cuál es la verdadera?
—Eso es exactamente lo que no sé. —Una pausa—. Si lo supiera no estaría en Rookmere.
Edwin lo miró de otra manera.
—Entonces, ¿qué nos recomienda?
—Quédense.
—¿Para qué? —preguntó Dora.
—Pregunten. Escuchen. Hablen con la gente que lleva aquí toda la vida. —Jeremy abrió la puerta y entró el ruido de la calle—. Los pueblos pequeños tienen mala memoria para las caras y muy buena para los apellidos.
—¿Y después?
—Después decidan.
Dora permaneció en silencio; no era la recomendación que esperaba. Jeremy salió y Dora lo siguió hasta el umbral: el hombre avanzó por la calle sin apresurarse, pasó junto a la plaza, después dobló una esquina y desapareció.
Edwin llegó hasta la puerta apoyándose en el marco.
—Quería hablar con él un poco más.
—No podías —dijo ella.
—Lo sé.
Ivor miraba hacia la calle vacía.
—Sabía muchas cosas.
Edwin observó el lugar por donde Jeremy se había marchado:
—Sí.
Dora volvió a entrar:
—Tenía la fotografía.
—Sí.
—Y conocía los dos nombres. Los dos, papá. No uno.
—Sí.
—Y sabía que la torre estaba clausurada —añadió Ivor—. Y sabía desde cuándo.
Edwin se quedó unos segundos más en el umbral, mirando la esquina por donde el otro se había ido.
—Ese hombre nos ha contestado varias veces con la misma frase —dijo— y aun así ha dicho más que nadie en este pueblo.
—Hay demasiado que no nos está contando.
—Hay una cosa que sí nos ha contado, y no creo que quisiera. —Edwin se apartó del marco—. Ha dicho que si supiera cuál de las historias es la verdadera, no estaría en Rookmere. Eso quiere decir que él también ha venido a averiguar algo.
Dora se quedó quieta con aquello.
—Entonces está buscando lo mismo que nosotros.
—No necesariamente lo mismo. —Edwin empezó a subir el primer escalón y se agarró a la baranda—. Pero está buscando en el mismo sitio.
—Tendremos que averiguarlo.
Edwin apoyó lentamente el peso sobre su pierna lesionada y el dolor volvió a recordarle que, por el momento, no podían regresar a la torre.
Se hizo un silencio en el que los tres comprendieron lo mismo a la vez, y ninguno lo dijo en voz alta: que hasta aquella tarde habían creído que la torre era un asunto de la familia, y que acababan de descubrir que había alguien más, con fotografías casi iguales a las suyas, que llevaba semanas haciendo el mismo camino.
Dora miró hacia la ventana.
Fuera, sobre los tejados del otro lado de la plaza, se estaba poniendo gris el cielo.
—Va a llover —dijo.
Finalmente, Jeremy se había llevado consigo la fotografía y también una parte de las respuestas que habían viajado desde Alemania para encontrar.